Parte I. El error

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Se estaba muriendo. Otra vez. Hacía tiempo que había dejado de contar las veces en las que un combate lo dejaba al borde de la muerte. Ya no tenía sentido. Su vida, al fin y al cabo, siempre había estado rodeada del hedor y la podredumbre de la muerte. Desde el momento en el que su madre murió en el parto de su hermana, cuando él apenas era un niño, supo que ese destino, esa sensación helada de ver a otros morir a su alrededor, lo iba a acompañar para siempre.

Lo constató cuando no tuvo más remedio que matar a su propio padre. Pero ¿qué más podía hacer? Debía salvar a su hermana de sus tenebrosas garras, pues a fin de cuentas ella era el único resquicio de bondad pura, de luz brillante que había en su lúgubre existencia.

No imaginaba que, años después, la muerte lo seguiría a él directamente tan de cerca, de forma continua y constante. Hacía poco más de un año que había estado a punto de morir en otra batalla similar, ardua como ninguna hasta ese momento, pero que no tenía nada que ver con las del futuro, como siempre sucedía. Esa batalla, sin embargo, tuvo algo distinto. Entre las sombras de la seminconsciencia, Yami vio el rostro de Charlotte cerca de él. Pero lo veía borroso, sin formas concretas. Le decía algo con insistencia, casi con rabia. Sin embargo, en ese punto no oía nada, casi no sentía, no podía hablar. Más tarde, descubrió que la implacable y distante Charlotte Roselei había proclamado delante de todos los que estaban allí presentes el amor que le profesaba.

A Yami le costó mucho aceptar la idea de que una persona que aparentemente lo odiaba estuviera enamorada de él. Sin embargo, también sabía que quería seguir indagando en esos sentimientos, descubrir qué pasaría si se daba la oportunidad de tener cerca el calor de alguien que lo amaba. Pero parecía que no iba a poder suceder.

Sentía los dedos de las manos fríos. Pronto dejaría de poder ver, escuchar y hablar. No era de extrañar. Las heridas que le cruzaban el pecho eran profundas, tenía el gusto metálico propio de la sangre en la boca. Empezó a alucinar. A pesar de que su último pensamiento había sido sobre Charlotte, vio a su hermana pequeña delante de sus ojos, justo como la recordaba: pequeña, menuda, frágil, asustadiza.

Parpadeó un par de veces con cansancio, despacio, pesadamente. La seguía viendo, pero al segundo parpadeo ya no era una niña indefensa que necesitaba su protección, sino que se había convertido repentinamente en una mujer. Sintió su ki y entonces comprendió que Ichika, en efecto, estaba allí, junto a él.

La observó con las pocas fuerzas que le quedaban. Había crecido mucho. Se parecía extraordinariamente a su madre, incluso llevaba el mismo peinado, con la trenza oscura recogiendo su cabello que ella se solía hacer. Era una imagen tan hermosa con la que morir que se sintió agradecido con el destino y con los dioses por haberle permitido verla antes de que su vida llegara a su fin.

Le preguntó qué estaba haciendo ahí, a su lado, porque no entendía bien cómo era posible que hubiese llegado de repente. Ichika le dijo que había sido gracias a sus idiotas, que Asta estaba vivo, y se le infló el pecho de orgullo. Aquellos chicos sin sitio en el mundo eran increíbles. Todos los que los habían rechazado no los merecían, no sabían la clase de personas que eran. Él había tenido la suerte de encontrarlos por el camino y, a pesar de que todos pensaban que Yami les había dado refugio, fueron ellos los que verdaderamente lo habían salvado.

Ichika continuó entonces hablando. Con las lágrimas pendiéndole de los ojos y la voz temblándole, le pidió perdón, porque lo había odiado durante años por algo que él no había hecho. Pero ese era el propósito, en realidad. Yami quería que su hermana viviera una vida tranquila, pacífica, sin culpa, aunque para ello tuviera que pensar que él era un asesino despiadado y sanguinario capaz de matar a todo su clan.

Iba a morir. Estaba a punto de hacerlo. Pero entonces Ichika le mostró una píldora diabólica, como la que su padre le había dado a ella, muchos años atrás. Era de parte de Ryū, así que no titubeó ni un instante, pues si él pensaba que podría soportar el poder descomunal y destructor que implicaba tomarla, confiaría en su criterio.

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