Era un día común en el Roller. El sol brillaba radiante desde las ventanas del centro de patinaje, y la pista estaba llena de vida. Las risas, los giros, las caídas y los gritos de ánimo formaban una melodía constante que se mezclaba con la música. Como siempre, yo estaba allí, buscando perderme en las ruedas de mis patines y dejar que mi mente se despejara. Pero hoy, algo estaba fuera de lugar, algo que no podía identificar del todo, aunque lo sentía profundamente.
Llevaba varias semanas sintiendo esa incomodidad que no sabía cómo explicar. No era solo una sensación pasajera, sino algo que me rondaba la cabeza a todas horas del día. Pensaba en Luna, por supuesto. Ella era, sin lugar a dudas, la razón de muchas de mis distracciones. Pero había algo más. Algo que tenía que ver con Gastón.
Gastón, mi mejor amigo desde que éramos niños. Era fácil para mí hablar con él de casi todo, incluso de cosas que no entendía completamente. Siempre había sido así entre nosotros, una complicidad sin barreras. Pero últimamente, incluso su presencia me desconcertaba. Su forma de mirar, de reírse de mis bromas, de estar ahí siempre, cerca de mí, parecía tomar una nueva dimensión en mi mente. Algo que no sabía cómo enfrentar.
Me estaba empezando a dar cuenta de algo que no quería ver. No podía ser. Yo nunca había pensado en esas cosas, no de esa manera. Pero de alguna forma, los gestos de Gastón, sus bromas y las miradas entre nosotros me hacían sentir algo que no podía identificar. El hecho de que me sentía a gusto con él no me parecía extraño, pero la manera en que mi cuerpo reaccionaba a su cercanía, ese cosquilleo inexplicable, sí me incomodaba. No quería pensar que podría estar sintiendo algo por mi amigo. Era imposible, ¿verdad?
Mientras patinaba por la pista, me costaba concentrarme. La música se mezclaba con mis pensamientos, pero mi mente no dejaba de divagar hacia esos momentos con Gastón. Cómo, cuando menos lo esperaba, sentía que se acercaba más de lo normal. Esa sonrisa suya, tan característica, como si supiera algo que yo no entendía. ¿Qué pasaba conmigo?
De repente, una voz familiar me sacó de mis pensamientos. Era Gastón, acercándose con su andar relajado.
–Ey, Mateo, ¿te pasa algo? –su tono era suave, pero tenía un matiz de preocupación que me hizo sentir más incómodo aún.
Lo miré por un segundo. Él estaba patinando a mi lado, haciendo trucos como siempre, con la misma facilidad de siempre. Gastón era naturalmente bueno en todo lo que hacía, especialmente en el patinaje. Y en su vida, todo parecía fluir sin esfuerzo. A veces me molestaba un poco esa facilidad con la que todo le salía bien. Pero en el fondo, admiraba esa parte de él. ¿Cómo podría no admirarlo?
–No, todo bien –respondí de inmediato, como si fuera lo más natural del mundo. Pero en mi voz había una ligera vacilación. Sabía que Gastón podía notar cualquier cosa que no fuera 100% sincera, y este era uno de esos momentos.
–¿Estás seguro? –insistió, manteniendo su mirada fija en mí. Siempre sabía cuando no estaba bien. Gastón tenía esa habilidad de leer a las personas, de ver más allá de las palabras y los gestos. Lo que me sorprendía, sin embargo, era que no se apartara tan fácilmente, a pesar de mi intento de ocultar la verdad.
–Sí, solo estaba pensando en algunas cosas –respondí rápidamente, aunque la respuesta no me convenció ni a mí mismo. Traté de sonreír, pero fue una sonrisa que se quedó atrapada en mi rostro. No era auténtica.
Gastón no se alejó. Sabía que algo no estaba bien, y no tenía miedo de preguntarlo hasta obtener una respuesta genuina. De alguna manera, esa insistencia me agradaba y me asustaba a la vez. ¿Cómo podía hablarle de lo que sentía? ¿Cómo podía explicar que la razón de mi incomodidad no era sólo la confusión que sentía por Luna, sino la forma en que mi mente comenzaba a asociar sentimientos por él también?
–Mateo, ¿qué pasa? –volvió a insistir, esta vez con más suavidad en su tono, como si realmente quisiera ayudarme a sacarlo. No entendía que yo no sabía cómo hacerlo. No entendía que lo que estaba pasando conmigo no tenía sentido. No entendía que la confusión en mi cabeza no solo se trataba de Luna. Me sentía atrapado entre mis propios sentimientos, y la última persona a la que quería involucrar en eso era a él.
–Es solo que... –comencé, pero las palabras se me quedaron en la garganta. No sabía cómo seguir. No quería que mi voz se quebrara. No quería que él pensara que algo no estaba bien, pero lo estaba. –Es complicado.
Gastón me observó en silencio durante unos segundos, como si estuviera esperando que me decidiera a decir algo más. No me presionó, pero su mirada era como un recordatorio constante de que estaba ahí, dispuesto a escucharme. Por alguna razón, esa presencia me hacía sentir más vulnerable.
Suspiré profundamente, sin saber si debía seguir hablando. Parte de mí deseaba dejarlo ir, seguir con mi vida como si nada estuviera pasando, como si no hubiera un conflicto interno desgarrándome. Pero la otra parte sabía que no podía seguir así, que debía enfrentarme a esto de alguna manera, incluso si no entendía qué estaba pasando.
Gastón me dio una palmada en el hombro, un gesto que normalmente encontraría reconfortante, pero que en ese momento me hizo sentir más desorientado que nunca. Era un gesto de consuelo, pero lo que me preocupaba era que, por alguna razón, no era suficiente. No era suficiente porque lo que realmente necesitaba era encontrar las palabras para decirle que algo había cambiado en mí. Algo relacionado con él.
–Si no quieres hablar ahora, está bien –dijo, con una sonrisa despreocupada, como si estuviera dispuesto a dejarme en paz. Pero al mismo tiempo, sus palabras me hicieron sentir aún más atrapado. –Pero si en algún momento decides hablar, ya sabes dónde encontrarme.
Le di una leve sonrisa en respuesta, pero me sentía como si estuviera fingiendo más que nunca. ¿Por qué no podía ser honesto? ¿Por qué no podía decirle que lo que sentía por Luna era confuso, pero que había algo más en mí? Algo que no quería enfrentar.
Gastón patinó unos metros hacia adelante, y mi mirada lo siguió por un momento. Él era libre, ligero, sin complicaciones. Yo en cambio, me sentía atrapado entre lo que no podía comprender y lo que no quería aceptar.
La pista de patinaje estaba llena de risas y conversaciones, pero todo eso me parecía distante. Luna, por supuesto, estaba allí también, patinando como siempre con su grupo de amigos. Pero mi mirada no podía dejar de volver hacia Gastón. ¿Por qué? ¿Por qué sentía que no podía dejar de pensar en él de una manera tan... diferente?
De repente, sentí la presencia de Luna cerca de mí. Escuché su risa primero, esa risa que siempre lograba iluminar mi día. Al mirarla, todo lo demás parecía desvanecerse, como si el mundo se hubiera reducido a ese instante, a su sonrisa.
–Hola, Mateo. ¿Todo bien? –su voz, siempre tan cálida, me hizo sonrojar un poco. Intenté sonreírle, aunque mi corazón latía más rápido de lo normal.
–Sí, todo bien, solo un poco distraído –respondí, tratando de sonar natural. Pero la verdad era que mi mente no estaba en el presente. Estaba pensando en lo que Gastón había dicho, en lo que no había dicho, en lo que significaba todo esto.
Luna se acercó un poco más, y sentí que mi corazón se aceleraba aún más. Ella era todo lo que había querido durante tanto tiempo. Pero ahora... ahora sentía que había algo más que no podía ignorar. Algo que tenía que ver con Gastón.
Gastón pasó cerca de nosotros y me lanzó una mirada rápida, una mirada que no pude leer del todo, pero que me hizo sentir incómodo. ¿Había notado algo? ¿Había visto lo que yo estaba tratando de esconder? No lo sabía, pero sus ojos me decían que algo había cambiado entre nosotros. Y no sabía si estaba listo para enfrentar eso.
Luna seguía mirándome, esperando una respuesta más. Yo solo podía pensar en la idea de hablar, de enfrentar lo que estaba pasando en mi mente. Pero no podía hacerlo, no podía decirle a ella, ni a Gastón, lo que sentía. Ni siquiera a mí mismo.
Gastón tenía razón en algo. Yo tenía que hablar. Tenía que enfrentar esto. Pero no sabía si estaba preparado para hacerlo.
El primer día del resto de mi vida había comenzado, y no tenía idea de cómo seguir adelante.
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Más allá de una amistad
RomanceA veces, la amistad es un lugar seguro, una zona de confort donde todo tiene su lugar. Pero, ¿qué pasa cuando esa línea se difumina? Mateo siempre creyó que la amistad con Gastón era inquebrantable, algo claro, sólido. Pero ahora, cada mirada, cada...
