Prólogo

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Dieron las ocho en punto cuando Celine terminó su ensayo. Dio click en la computadora y soltó un grito ahogado. Se levantó de su asiento, guardando sus cosas. Afuera ya era de noche, y las instalaciones de la universidad ya estaban a oscuras, a excepción de esa computadora.

Celine bajó las escaleras y caminó por el edificio a la salida, con una tarea menos sobre sus hombros. Estaba tan feliz, e incluso cuando recibió una llamada de su novio, se puso aún más contenta.

-Hola, amor -respondió alegremente ella al teléfono.

-Voy a pasar por ti, vayamos a cenar -le contestó él del otro lado.

-¿En serio? Justo terminé mi ensayo sobre la historia de la moda.

-Hey, me alegro por ti, Lin, ya voy llegando a tu escuela.

-¿Cómo te ha ido en tus investigaciones geológicas? -dijo Celine, sonriendo-. Ya quiero verte.

-Me ha ido muy bien, gracias a que me apoyas siempre -musitó su novio-. Justo pensaba que...

Dejó de hablar de pronto. Celine se extrañó.

-¿Hola? -no hubo respuesta.

La chica lo llamó varias veces, frustrada ante el silencio. Corrió a la salida, y cuando llegó al jardín, se paralizó ante la escena.

El cielo estaba inminentemente oscuro, pero en el horizonte se distinguía un tono rojizo intenso. Algo que se asemejaba a un meteorito era visible entre las estrellas; a primera vista, parecía estático. Sin embargo, al fijarse con atención, se percibía que descendía a una velocidad considerable. Se notaba un halo de incandescencia o estelas brillantes a su alrededor, una imagen impresionante y ligeramente inquietante.

-Celine -escuchó que la llamaba su novio. Por fin.

Ella se llevó el teléfono a la oreja con lentitud, sin dejar de ver el cielo.

-¿Estás viendo eso?

-Sí, lo veo. Tengo que irme, no podremos cenar hoy -colgó sin decir nada más.

Celine sabía que él iría al lugar donde cayera. Era muy arriesgado, pero era un chico aventurero que no perdería esa oportunidad, el peligro lo llamaba, y era algo que Celine aceptó antes de empezar a salir con él.

Corrió por la calle, llegando a una cafetería cercana donde había una televisión, la cual siempre pasaban noticieros. Al llegar, ya había varia gente reunida allí, viendo lo que anunciaban. El locutor decía que un meteorito se acercaba a la tierra, por lo que estaban evacuando un área de la ciudad para evitar catástrofes. Era una cuidad lejana, y el objeto no era detectado grande, por lo que el impacto sería menor y no debían evacuar todo el país.

...

El meteoro cayó (por gran suerte) en una parte retirada de la civilización, por lo que los daños fueron casi mínimos, y se hizo un cráter de trescientos metros a la redonda. Tras el impacto, las autoridades se mantuvieron a la espera durante la noche para asegurarse de que la zona se estabilizara. A primera hora de la mañana siguiente, una vez disipada la humareda y confirmada la seguridad del perímetro, los equipos de investigación y especialistas pudieron desplegarse y comenzar las labores de análisis del sitio y la recuperación de posibles restos."

Cormac llegó derrapando su auto. Se bajó y vio la cinta amarilla alrededor del cráter.

Mostró su identificación de geólogo a los oficiales para que lo dejaran pasar, y allí se encontró con sus dos mejores amigos.

-Llegas tarde -le dijo Gary, con el ceño fruncido.

-No me dejaban pasar porque la gente estaba desesperada por salir de la cuidad -se excusó Cormac-. ¿Qué descubrieron?

-Es un fragmento de roca de unos quince centímetros, composición silicácea común. A simple vista, nada especial. -Hizo una pausa y levantó la mirada-. Sin embargo, tres miembros del equipo de investigación se han desmayado por síntomas de vértigo y náuseas al estar demasiado cerca. No tenemos ni idea de su origen o qué está provocando esto.

Cormac, con una curiosidad que rozaba la imprudencia, se dirigió al punto indicado. Sintió cómo la presión ambiental se volvía notablemente más densa y opresiva con cada paso. El fragmento había sido acordonado; no había nadie en el perímetro inmediato.

A pesar de las advertencias de los demás que investigaban cerca, Cormac ignoró las llamadas de precaución.

-¿Qué se supone que vas a hacer? -inquirió Gary, apareciendo justo detrás de él.

Cormac no se giró.

-Nadie ha podido acercarse lo suficiente para manipularlo sin consecuencias. Quiero saber exactamente qué es y por qué reacciona así.

-¿Y qué te hace pensar que tú eres la excepción? -preguntó Gary, con una mezcla de escepticismo y preocupación genuina.

Sin responder, Cormac se calzó un par de guantes de nitrilo de alta resistencia. El zumbido agudo en sus oídos se intensificó dolorosamente a medida que acortaba la distancia. Decidió que la rapidez era su mejor estrategia, avanzó resueltamente y tomó el fragmento entre sus manos.

Esperaba el colapso, el vértigo predicho, pero no sucedió nada. La presión atronadora que sentía en la cabeza se disipó al instante. La roca era ligera. Al examinarla, notó unas finas grietas cristalinas en el costado. En la mente de Cormac, el patrón de las fisuras parecía sugerir una forma, una posible palabra: Krto, quizás Krito.

El resto del equipo observó, asombrado, cómo Cormac sostenía la roca sin inmutarse. Se acercaron cautelosamente, ansiosos por ver de cerca el objeto que los había enfermado, justo cuando el fragmento comenzó a vibrar con un zumbido audible y a emitir destellos de colores brillantes, como un corazón energético.

-Cormac, arroja eso -exclamó Gary. El otro no se movió. Tenía la mirada fija en aquella cosa, totalmente hipnotizado. Tanto Joe como Gary, se lanzaron al mismo tiempo para quitarle la roca de las manos, pero justo un segundo después, un fuego color verde explotó desde dentro de la piedra.

Y el caos empezó.

ProdigiosaWhere stories live. Discover now