Dulces Jacintos

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—Bien. Max, Checo… agradezco que hayamos podido hablar de esto. Me parece que quedó más que claro que no fue nada personal contra ti, Checo.

—Sí —responde Sergio sin levantar la mirada.

—Y que Max trabajará más en equipo para los intereses de la escudería.

—Ya dije tres veces que sí —responde Max con el ceño fruncido.

Christian suspira, pero asiente.

—Perfecto. Dicho esto, me gustaría que empiecen a compartir más tiempo como antes. Desde hoy. No vamos a esperar a la primera carrera. Pónganse de acuerdo en dónde reunirse, y hagan algo relajado. No sé, jueguen Play o salgan a comer algo.

Checo levanta una mano con gesto calmo.

—Aclaro… no es personal, Max, pero prefiero que si hacemos esto, sea en un lugar donde me sienta tranquilo. No me gustaría ir a tu departamento. Además, salí apurado cuando vinieron a buscarme, no preparé ni una mochila.

—Por mí no hay problema —dice Max encogiéndose de hombros—. Siempre cargo lo necesario en la mochila.

—Yo también suelo hacerlo, pero llegué en la mañana desde México y necesitaba descansar.

Antes de que el intercambio se vuelva más tenso, Christian interviene.

—Está bien. Van al lugar de Checo. Ya están de acuerdo, eso basta.

Los tres suben a la camioneta que los había llevado a casa del mexicano. Al llegar, Christian se despide de ambos, dejándolos en la puerta. Max y Checo ingresan en silencio.

—Si quieres, puedo cocinar. Ya es casi hora de almuerzo… ¿o prefieres pedir comida? —ofrece Max.

Checo intenta enfocarse en lo que se supone que es un primer paso para recuperar la armonía del equipo. Inspira hondo, tratando de convencerse de que puede con esto. Justo entonces, el aroma amaderado de Max lo alcanza, cálido, dominante, familiar.

—Haz lo que prefieras, Max. Tienes todo en la cocina. Yo... ya vengo.

Sergio se aleja rápidamente. Max lo observa con el ceño fruncido, desconcertado por la urgencia con la que su compañero abandonó la sala. No tarda mucho en encontrar los ingredientes necesarios y decidir qué preparar. Pero antes de empezar, algo en su pecho le dice que algo no está bien.

Deja todo y regresa a la sala. Entonces, lo huele. Ese dulce y embriagador aroma a jacintos que le ha enloquecido desde hace años, ese olor que ha reconocido sin falla desde su primer día en la Fórmula 1.

Lo sigue.

Empuja con cuidado una puerta entreabierta. Lo que ve lo deja helado: Checo está de rodillas, apoyado en el borde de la cama, el rostro escondido entre los brazos.

—¿Sergio? ¿Estás bien? —pregunta Max, alarmado.

—Max, no te acerques. Por favor… vete.

—¿Te duele algo? No te ves bien, Checo.

—Te lo digo en serio, vete.

—No voy a irme dejándote así. Dime qué necesitas.

Sergio levanta la cabeza, revelando un rostro sonrojado, con los ojos vidriosos. Max ata los cabos al instante.

—Perdón, Max. Pensé que tenía más supresores. Siempre tengo de sobra, pero los agoté en México. Y… se supone que mi celo no debería llegar aún. No sé por qué se adelantó.

—Por eso hueles tan bien—dice Max, casi en un suspiro.

El cuerpo de Checo tiembla al oírlo. Su lobo interior ruge, hambriento, clamando por la cercanía de ese alfa que siempre ha deseado.

Olor a jacintosStories to obsess over. Discover now