En la tarde larga y tibia de un verano larvario, incesantes vuelos de vencejos cruzan el cielo con sonidos breves y agudos. La luz indecisa anuncia un crepúsculo sereno y lento en su travesía hacia el anochecer. Camina hacia ella, se miran, se perciben y se intuyen en una intimidad muda. La ciudad acalla su ruido y ellos deciden desde la discreción que les brinda su edad sentados en un banco, quién será su próxima víctima.
