Capítulo 1 - De más a menos

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Inmerso en un sueño inquieto y poco conciliador se remueve con frecuencia en su cama. Una fuerte tormenta eléctrica azotaba las calles de la ciudad, llenando de charcos de agua cada una de sus calles y haciendo que la temperatura de la noche baje más de lo normal.

El sueño vívido de Lowis Placio era tan inquietante que despertó con un grito ahogado justo cuando un relámpago partía el cielo en dos, iluminando su habitación con un destello azulado. Se quedó sentado en su cama haciendo algunas respiraciones profundas y entendiendo que estaba a salvo. Estás a salvo, se repitió. Se levantó y, con los pies descalzos sobre el suelo frío, caminó hasta el ventanal panorámico.

El vidrio estaba empañado por el choque térmico entre el aire acondicionado interior y la humedad tóxica del exterior. Lowis limpió un círculo con la palma de la mano.

El joven de 28 años observó cómo la lluvia golpeaba los rascacielos. Era una imagen extrañamente tranquilizante comparada con el horror de su pesadilla: Nelson Manrique lo perseguía en algo que parecía ser un laberinto de espejos, tenía un cuchillo en la mano, ¿o era una pistola? De pronto cae del laberinto contra un suelo oscuro mientras que el dictador le pisaba la cabeza y sonreía con esa mueca digitalizada y tétrica que proyectaban los hologramas de la ciudad, a punto de dispararle con el arma.

Se pasó una mano por el cabello, frustrado. La pesadilla no era gratuita; era un residuo de las noticias del día. Hoy, el hombre que había secuestrado el futuro de Venezzia había decidido ejecutar a seis ciudadanos en cadena nacional obligatoria. No hubo juicio. Solo hubo espectáculo. La Autoridad de Comunicaciones había secuestrado cada pantalla, cada implante ocular y cada dispositivo móvil del país para transmitir el castigo.

Seis personas estaban arrodilladas ante seis agentes del SIT (Servicio de Inteligencia Tecnológica). Sus rostros, capturados en ultra alta definición, eran un mapa de terror crudo. ¿Su crimen?

—Nuestro algoritmo de Lealtad Ciudadana ha identificado patrones disidentes en sus nubes personales —había tronado la voz de Manrique, amplificada por los altavoces de la ciudad—. Estas personas que ven aquí han contaminado la red con mensajes de odio. En este país no hay espacio para ningún terrorista rebelde que quiera perturbar nuestra paz —fueron las palabras del dictador que se hacía pasar por Presidente.

Sin pruebas, sin defensa y solo la acusación de un algoritmo manipulado Manrique ordenó disparar, seis disparos láser silenciados atravesaron la cabeza de las víctimas. Seis cuerpos desplomándose. Y luego, la frase de cierre, tan fría como el metal:

—Vivan sus vidas con normalidad. La Patria los observa para protegerlos.

Recordarlo en la soledad de la madrugada era un veneno lento. Lowis sentía los músculos tensos, esperando casi por instinto que los drones de vigilancia que patrullaban las fachadas se detuvieran frente a su ventana. Se suponía que su título de Comunicador Social era una herramienta para la verdad, pero en la práctica, era una diana en su espalda. Había aprendido a sobrevivir siendo una sombra. Trabajando como voice over para anuncios inofensivos, animando eventos corporativos, y enterrando su instinto periodístico bajo capas de prudencia.

Venezzia. El nombre sabía a ceniza en su boca. Había nacido en lo que prometía ser el Edén del siglo XXI. Una nación que había descifrado la fusión fría y la cura para el cáncer de mama antes que las potencias del norte. Recordaba, como en un sueño lejano, las calles donde los vehículos solares zumbaban silenciosamente y los jardines verticales purificaban el aire. Un país donde la pobreza era una estadística del 1%, una anomalía histórica.

Todo eso murió hace once años. En el dos mil trece, año en que el apocalipsis maya anunciado para finales del dos mil doce no llegó, pero sí llegó el fin de la prosperidad. Las elecciones que debían ser un trámite democrático se convirtieron en la partida de nacimiento de la tiranía. El Presidente saliente Manuel Fraiz en una entrevista realizada por el canal de televisión más importante del país dijo que habían candidatos con tendencias dictatoriales disfrazados de demócratas que querían hacerse con el poder, no señaló en específico a ninguno de los 6 candidatos que se disputaban el poder pero quienes lo seguían sabían que se estaba refiriendo al grupo de personas que intentaron un golpe de estado contra su gobierno en su primer mandato, pero nadie imaginó la magnitud del desastre cuando Nelson Manrique ganó a pesar de tener todas las encuestas en su contra.

El pueblo sorprendido se preguntaba cómo el hombre del que todos temían había logrado la victoria, quizás fue por su estrategia de división que creó con mentiras bien pensadas para impactar en la emotividad del electorado y girar algunos errores del gobierno saliente a su favor.

Lo que vino después fue el principio de lo peor en cámara lenta. Primero subieron los impuestos a los datos y la energía. Luego, la inflación devoró el Vezz* hasta convertirlo en código basura. Para cuando Lowis entró a la universidad en el año dos mil trece, el paraíso ecológico se había convertido en la mayor chimenea de carbono del hemisferio. Las refinerías, operadas sin mantenimiento para maximizar el lucro de la élite, escupían veneno al cielo, creando la bruma perpetua que ahora cubría la ciudad. El país que alguna vez fue un ejemplo en protección climática se convirtió en la mayor amenaza mundial para la lucha contra el cambio climático.

Lowis se apartó de la ventana y se dirigió a la cocina.

—Luces al veinte por ciento —ordenó en voz baja.

Comando no reconocido —respondió la voz sintética de la casa—. Su perfil de ciudadano indica un consumo excesivo. Acceso lumínico restringido hasta las 06:00 horas.

Lowis apretó los dientes en la oscuridad. Ahí estaba: el peligro de saber, o incluso de existir. La domótica de su propio hogar era un espía. Si intentaba acceder a portales de noticias extranjeros, su conexión se caía "accidentalmente". Si hablaba demasiado alto sobre política, ¿quién le aseguraba no ser escuchado?

Esa opresión invisible había comenzado en el dos mil catorce, el año en el que el hambre se convirtió en un juego de supervivencia real. Largas filas físicas, sudorosas y desesperadas frente a supermercados con estantes vacíos comenzó a ser parte de la cotidianidad de los Venezzianos. Lowis recordaba haber visto a gente pelearse a puñetazos por un paquete de harina, mientras los drones de la policía grababan sin intervenir.

Dos años después, desapareció el dinero en efectivo. Los bancos cerraban sus puertas digitales y la gente mendigaba créditos. Y en el dos mil dieciocho, el colapso fue total. Agua racionada por zonas, electricidad intermitente decidida por el capricho del gobierno, y un internet —alguna vez el más rápido del mundo— ahora censurado y lento como un caracol.

Las protestas de aquel año fueron un grito desesperado. Lowis, recién graduado, vio cómo sus compañeros eran arrastrados a camiones blindados por exigir libertad. El mundo gritó con ellos, Estados Unidos amenazó, la Unión Europea condenó, los Presidentes vecinos lloraron de rabia ante las cámaras.

No aceptaremos la injerencia de imperios obsoletos —había respondido Manrique, rodeado de generales con exoesqueletos de combate—. ¡Ocúpense de sus miserias! ¡Si tocan suelo Venezziano, activaremos el Protocolo Tierra Quemada!

Y así, Venezzia se vació.

No eran viajes de placer. Eran éxodos. Lowis había despedido a tantos amigos en el Aeropuerto Internacional, bajo la mirada burlona de los carteles holográficos del gobierno. El dolor de esas despedidas era una herida abierta; familias rotas, madres llorando a hijos que huían a pie cruzando las fronteras digitales, buscando un futuro donde trabajar no costara la vida.

Lowis miró su reflejo en la pantalla apagada de la nevera. Tenía 28 años, un título universitario y vivía con sus padres porque su sueldo de tres Vezz no le alcanzaba ni para llegar a quince días. Se sentía atrapado, un pájaro en una jaula de oro oxidado. La frustración le quemaba la garganta. ¿Debía irse él también? ¿Unirse a la diáspora y olvidar que este país alguna vez fue grande?

Pero entonces pensó en los seis muertos de hoy. En la sonrisa de Manrique. En la oscuridad de su cocina impuesta por un software.

Muchos habían intentado derrocar al tirano. Militares valientes, políticos astutos. Todos habían desaparecido en las mazmorras del SIT o sufrido "accidentes" oportunos. Manrique, con su ejército de fanáticos y su control absoluto de la tecnología, parecía un dios intocable. El dios de Venezzia.

Lowis apretó el puño sobre la encimera fría. La pregunta no era si alguien podía vencer a ese criminal. La pregunta que empezaba a formarse en su mente, peligrosa y prohibida, era: ¿Qué pasa si la única forma de apagar al sistema es desde adentro?

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