Me encuentro aquí, sentado en el borde de este décimo piso, mirando hacia abajo. La ciudad se extiende ante mis ojos como un océano de luces, vehículos y personas que parecen diminutos desde esta altura. La brisa nocturna me acaricia el rostro, pero no es suficiente para calmar la tormenta que llevo dentro. Todo parece tan distante, tan irreal, como si yo fuera un espectador más en una película que ya no quiero seguir viendo. Estoy a punto de saltar, de dejar todo esto atrás, de liberarme de esta carga que se ha vuelto insoportable. Pero, aún no encuentro el valor suficiente para hacerlo. ¿Es cobardía? ¿O es que, en el fondo, todavía queda algo de mí que se aferra a la vida?
Miro hacia abajo una vez más. Los autos se mueven como si fueran hormigas, sin rumbo fijo, siguiendo caminos preestablecidos. La gente camina apresurada, sin saber que en este momento, a pocos metros por encima de ellos, hay alguien que está a punto de tomar la decisión más importante de su vida. O tal vez la más trivial. ¿Quién sabe?
Cierro los ojos por un momento y, en la oscuridad, comienzo a recordar. Recuerdo un tiempo en el que todo era diferente. Un tiempo en el que la vida no parecía tan complicada, tan dolorosa. Pienso en un niño que nació un 3 de agosto de 2006 en el "Hospital Regional Universitario José María Cabral y Báez" en Santiago de los Caballeros, República Dominicana. Ese niño era yo, Jason.
Nací en una familia humilde, muy pobre, pero éramos felices, al menos eso creo recordar. Mis padres hacían lo que podían para mantenernos, para darnos una vida digna, aunque fuera con las limitaciones de la pobreza. Mi padre era un ingeniero, pero no era como los ingenieros que uno suele imaginar, con trabajos estables y bien remunerados. No, él era haitiano, y en una ciudad donde la xenofobia y el racismo todavía existían en formas sutiles, encontrar trabajo era una batalla diaria para él. A veces tenía suerte, a veces no. Pero siempre salía cada mañana, con la esperanza de encontrar algo que le permitiera alimentar a su familia, aunque fuera poco.
Mi madre, por otro lado, era una mujer sencilla, una mujer que no había tenido la oportunidad de aprender a leer o escribir. Nació en un pequeño pueblo donde la educación era un lujo que pocos podían permitirse. Pero eso no la detenía. Ella vendía frituras en las calles, y con lo poco que ganaba, lograba estirar los días, hacer milagros para que en la mesa siempre hubiera algo de comer. A pesar de todo, ellos me dieron lo que podían, y yo sabía que lo hacían con amor.
Recuerdo cuando nació mi hermano menor, Nelson. Fue tres años después de mí. En esa pequeña casita que apenas nos albergaba a los cuatro, Nelson llegó para completar nuestra familia. Éramos pobres, sí, pero en esos primeros años no recuerdo sentirme infeliz. Mis padres nos enseñaron a ser fuertes, a enfrentar las adversidades con la cabeza en alto, aunque a veces el peso era demasiado para nuestros jóvenes hombros.
Pero las cosas cambiaron. La vida se volvió más dura, más oscura, y esa felicidad simple que solíamos tener se desvaneció como una neblina al amanecer. ¿Cuándo fue que todo comenzó a ir mal? ¿En qué momento perdí el control, el deseo de seguir adelante? Esas son las preguntas que me atormentan ahora, mientras sigo aquí, en el borde, mirando hacia abajo, tratando de encontrar alguna razón para no saltar, o quizás, tratando de encontrar el valor para hacerlo.
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Salto De Fe
РазноеLa historia narra la vida de Jason, un joven que se encuentra al borde de un abismo emocional y físico, debatiéndose entre la vida y la muerte. Desde la cornisa de un décimo piso, Jason observa la ciudad bajo sus pies mientras los recuerdos de su in...
