Cuando recibió aquella carta de confirmación, cuando firmó el contrato con aquel bolígrafo grabado con su nombre que su padre le había regalado al terminar la carrera, o incluso cuando leyó con detenimiento las cláusulas de privacidad que había junto a la letra pequeña, sabía que su vida cambiaría. Daría un giro de ciento ochenta grados, drástico; sería algo tan brusco que no tendría tiempo para asimilarlo. Habría sido inútil intentar negarlo, y menos cuando él era plenamente consciente de que aquello acabaría pasando. Quizás se pasaría el resto de su vida en el laboratorio, jugando con haces de luz y rendijas con el objetivo de estudiar — de nuevo — la naturaleza ondulatoria de la luz o usando un estroboscopio para determinar la frecuencia de un sistema en rotación. Sin embargo, nunca imaginó que su vida cambiaría tanto, y mucho menos de aquella forma.
— ¿Qué haces?
En un abrir y cerrar de ojos, su brazo le sostuvo la cintura, tirando de él hacia el interior de un pequeño cubículo de paredes brillantes. La puerta se cerró a sus espaldas de una forma excesivamente suave, emitiendo un sonido demasiado leve, una caricia que podría haber simplemente imaginado.
— ¿Puedes callarte de una vez por todas? — el contrario se acercó un poco más, acorralándole contra una de las esquinas del lugar.
Sus ojos se posaron primero en su pecho, y fueron ascendiendo poco a poco por su cuello, observando cómo sus músculos se iban tensando poco a poco, pero cuando sintió cómo sus mejillas comenzaban a sonrojarse debido a la cercanía de sus cuerpos, apartó la mirada. Fue ahí cuando por fin pudo apreciar dónde se encontraban. Había soñado cientos de veces con ver aquello de cerca; quizás, que la película que más veces había visto cuando apenas era un niño fuese Interstellar, no ayudaba en absoluto. Se había imaginado a sí mismo nadando por el espacio con un traje de astronauta cubriendo su cuerpo más veces de las que podría contar con los dedos de sus manos. Y ahora estaba allí, solo que con la persona que más detestaba en aquellos momentos.
— ¿Sabes que está prohibido entrar en el módulo de una nave espacial sin autorización, verdad?
— Eso es si te pillan. — se acercó un poco más, posando sus manos a ambos lados de su cintura, apenas sin rozarlo. — Y como no te calles, van a hacerlo.
Un ruido se filtró a través de aquella puerta metálica, seguramente alguien al final del módulo ultimando los últimos detalles para la misión.
— Nos van a pillar y nos van a despedir.
— Soy Juanjo Bona. — aquello le hizo reír, elevando su cabeza, permitiendo que el contrario pudiera verle mejor.
— ¿Acaso eso te exime de ser despedido después de saltarte todas las normas de la NASA? — hablaba demasiado rápido.
— Eso me permite hacer algunas cosas interesantes.
— ¿Cómo cuáles? — Estaban demasiado cerca, sus pechos entraron en contacto, pudiendo notar el corazón de Juanjo latir contra su propio pecho.
— Cállate, Martin. — inclinó su cabeza hacia abajo, haciendo que le mirara directamente a los ojos. — O nos van a pillar. — repitió sus palabras, pero su voz era apenas un susurro, y no supo diferenciar si aquello se debía a la situación en la que se encontraban o al mismo nerviosismo que recorría todo su cuerpo.
— No quiero que me despidan por tu culpa porque, a diferencia de ti, a mi sí me importa mi trab...
— Te he dicho que te calles.
Nunca se habría imaginado lo que pasaría algunos instantes después.
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La ley de la atracción
RomanceMartin siempre había albergado un sueño desde pequeño: trabajar en la NASA. Desde su juventud, su mente había orbitado alrededor de ese anhelo, como una partícula atrapada en la gravedad de una estrella lejana, y no iba a dejar que Juanjo le destroz...
