Prólogo

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Estaba exhausto, sin motivación, sin una pizca de humanidad, sin una pizca de inocencia.

Ya lo había perdido todo, y yo mismo me lo arrebaté. Merecía cualquier fatalidad. Tal vez lo único bueno que pude vislumbrar, fue aquel árbol en la colina, aquel abedul antiguo con rayones. Luego, los recuerdos volvieron, la nostalgia y la tristeza se apoderaron de mi mente, otra vez.

La radiación del sol era potente, vi todo borroso mientras me acercaba somnoliento hacia aquel abedul. Sentí que me iba a desmayar en cualquier momento y caería rondando por toda la colina, a pesar de eso, seguí avanzando con las últimas fuerzas que me quedaban.

¿Por qué?
¿Por qué tuve que hacer todo eso?

Acaso, después de haber hecho todo lo que hice, ¿sigue existiendo el antiguo yo, o será que ya lo destrocé y no volverá a hacer lo mismo?

Eso ya no importaba, me recosté en las raíces de aquel abedul, y pensé «¿De qué me sirve pensar en todo eso si, ya no tendré tiempo de hacer nada?»

Y eso era una realidad. La dura realidad que debía enfrentar. Estaba falleciendo. Entreveía las aves rojas que volaban libremente cerca de mí. Yo deseaba eso, esa libertad de la que me privaron.

Cerré los ojos, y por primera vez en mucho, mucho tiempo, solté una lágrima. Quien diría que esa pequeña lágrima sería la última.

Luego. Nada. Solo hubo oscuridad, esa nada se sentía tan pacífica al no sentir nada, absolutamente nada, es como si una parte de mí se esfumara. Yo no era nada. Yo no signifiqué nada. Pero ser esa nada… fue la paz que tanto deseaba.

Pero la paz no existe, no importa en dónde la busques, nunca, pero nunca la encontrarás.

¿Quién diría que en la misma muerte, nada duraría para siempre?

Por otra parte, nadie te ha dicho cómo es la muerte, ¿o sí?

Alone ©Where stories live. Discover now