En un reino lejano, donde las montañas se elevaban hacia el cielo hasta rozar las nubes y los ríos fluían como venas vivas sobre la tierra, una poderosa secta se alzaba orgullosa sobre las aguas turbulentas de Yunmeng.
El murmullo de los lagos era constante en Muelle Loto.
De día, las corrientes brillaban bajo la luz dorada del sol como espejos fragmentados; de noche, el agua parecía tragarse el reflejo de la luna y devolverlo convertido en sombras temblorosas. Hermoso. Inquietante. Igual que el hombre que gobernaba aquellas tierras.
Jiang Wanyin era conocido en los otros clanes como un líder implacable.
Orgulloso. Severo. Difícil de leer.
Las historias sobre él atravesaban reinos enteros junto con las caravanas comerciales y los cultivadores errantes: que blandía Zidian como si la furia misma hubiese tomado forma, que su mirada bastaba para hacer callar discípulos, que jamás toleraba errores y que su temperamento era tan impredecible como las tormentas de verano sobre Yunmeng.
Nadie hablaba, sin embargo, del silencio.
Del pesado y sofocante silencio que llenaba los salones de Muelle Loto cuando las reuniones terminaban. Del eco hueco que quedaba en los corredores al caer la noche. Del modo en que Jiang Cheng permanecía solo frente a montañas enteras de pergaminos y documentos hasta altas horas de la madrugada, como si el trabajo interminable pudiera llenar algo mucho más profundo que el cansancio.
Porque algunas ausencias jamás abandonaban realmente un lugar.
Aprendían a vivir en él.
La noche era tibia.
El viento húmedo atravesaba las ventanas abiertas del despacho principal arrastrando el delicado aroma de las flores de loto en pleno florecimiento. Las velas ardían despacio, iluminando la habitación con una luz dorada y tenue que apenas alcanzaba los extremos del gran escritorio de madera oscura.
Jiang Cheng recargó la espalda contra el respaldo de su silla.
El peso del día todavía permanecía sobre sus hombros.
Con el codo apoyado sobre la mesa, sostuvo su sien entre los dedos y cerró los ojos por un instante, respirando lentamente. Su agudo olfato reconoció enseguida cada aroma suspendido en el ambiente.
Papiro fino.
Tinta negra.
Madera antigua.
El dulzor húmedo de los lagos.
El viento tibio entrando desde el exterior.
Familiar.
Monótono.
Vacío.
Abrió los ojos finalmente y dirigió una mirada cansada hacia la enorme pila de correspondencia pendiente frente a él.
Invitaciones diplomáticas.
Acuerdos comerciales.
Peticiones de otras sectas menores.
Quejas absurdas escritas por nobles incapaces de resolver problemas por sí mismos. Como siempre, los grandes líderes espirituales dedicaban la mitad de su vida a combatir resentimientos sobrenaturales y la otra mitad a soportar gente insoportable con sellos oficiales.
Jiang Cheng soltó un leve resoplido por la nariz.
Tomó una carta cualquiera y la dejó a un lado sin abrir. Luego otra.
Hasta que un sello en particular detuvo el movimiento de sus dedos.
Su expresión se endureció apenas.
Una carta.
Simple.
Sin adornos exagerados ni ostentación innecesaria. No pertenecía a alguien vulgar, pero tampoco a alguien desesperado por llamar la atención. El sobre era elegante de una forma silenciosa, delicada, casi demasiado sobria.
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Alexitimia|XiCheng
FanfictionLas emociones son un lujo inútil. Las palabras, todavía peores. Sin embargo, entre incontables cartas selladas con oro, promesas diplomáticas y nombres sin importancia, hay una sola misiva capaz de perturbar la calma del Líder de Yunmeng Jiang. Una...
