VI. MERCHE

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En la cocina sólo se escucha el roce de las cucharillas del café contra sus respectivas tazas. Un silencio incómodo y taciturno invade todo el ambiente, y ninguno de los miembros de esa peculiar escena abre la boca para decir nada. Ambos tienen el ceño fruncido, y una mueca de incomodidad en el rostro, sobre todo Merche. Está seria, sus ojos son los pilares de hielo más grandes que se han visto en ese hogar, y no pronuncia palabra porque sabe que, si lo hiciese, estallaría en gritos y lágrimas.

-Merche...-abre Carlos sus labios, por fin, y el silencio desaparece-. Respecto a lo de anoche, yo...-pero no, no continúa. Su voz se ve interrumpida por el sonido de un móvil, de su móvil. Merche rueda los ojos y no le presta atención. Él contesta.

-Está bien, está bien.-dice al teléfono tras unos instantes de solamente asentimiento. Cuelga-. Merche, cariño, lo siento. Se ha adelantado la reunión. Hablamos luego.

Y con esta simple despedida, abandona la cocina.

Ella, tras un trago a su café ardiendo, que recorrió su garganta como si de lava hirviendo se tratase, salió también de la cocina. Subió al piso de arriba, donde ver la foto de su boda colgada en el precioso marco del pasillo, únicamente provocó que una lágrima oscilase de su ojo izquierdo, para caer y recorrer su mejilla como si de un río se tratase. Entró a su despacho, presa de una sofocante frustración, y cogió las llaves de su coche, el maletín de cuero donde guarda las cosas del colegio, y su bolso. Emprendió de nuevo el camino escaleras abajo, y dando un fuerte portazo, abandonó la casa de pizarra y piedra gris. Su casa.

Horas más tarde...

Merche está en la cocina, preparando la comida, única y exclusivamente para ella sola. Corta cebollas. Las lágrimas caen de sus ojos, y no precisamente por culpa de la hortaliza que tiene delante. En ese instante, se esucha un sonido: una llave entrando en la cerradura. La puerta se abre, y tras ella entra Carlos. Con pasos rápidos a la vez que silenciosos, atravesa el pasillo para llegar hasta la cocina. Allí, desde el marco de la puerta, contempla a su mujer con los ojos entrecerrados, sin saber muy bien que hacer. Merche sabe que está ahí, pero prefiere ignorar su presencia. Finalmente, él toma la decisión de acercarse. Camina, para colocarse tras la espalda de su mujer. Acaricia sus hombros con cuidado y delicadeza.

Repentinamente, Merche se gira. Le apunta con el cuchillo que tiene entre sus manos. No pretende hacerle daño. No.

-No me toques. Ni se te ocurra tocarme, Carlos.-musita, con el cuchillo alzado todavía.

Él no cesa en su insistencia, y lleva sus manos al brazo de la morena que sostiene el cuchillo.

-¡No me toques o te la corto!-grita Merche, apuntando hacia la entrepierna de su marido-. Aunque bueno, para lo que te va a servir...

-Merche, no te pongas así. Le podría pasar a cualquiera, yo...

En ese momento, ella estalla. Ya no puede contener todo lo que lleva en su interior desde la noche.

-¡No, no mientas! ¡No fue por la edad! ¿Me tomas por tonta?-grita, dejando el cuchillo sobre la encimera y comenzando a caminar sin rumbo por la cocina-. ¡Ya no me deseas! ¡Ya no me miras como antes!-hace una leve pausa.

Carlos enmudece. No sabe que decir. No sabe como negar las palabras de su mujer.

-Seguro... Seguro que esto no te pasó con tus secretarias. ¿No?-gritó Merche con arrogancia y odio-. ¿Cómo se llamaba la última? ¿Jessica? ¿Anastasia? ¿A caso creías que no iba a enterarme? Todas esas noches llegando a las tantas, o simplemente, durmiendo fuera... No me engañas, Carlos. Nunca lo has hecho, y nunca lo harás.

Sale de la cocina, sin que Carlos tenga tiempo a negar todas sus acusaciones. Pero... ¿Cómo negar algo tan cierto?

Merche atraviesa el pasillo y sale de su casa. El aire del exterior llena sus pulmones. Su respiración se acelera, las lágrimas vuelven a sus ojos como moscas a la miel, y la morena únicamente desea gritar. Desahogarse. Soltarlo todo y desprenderse de esa horripilante carga que la acompaña desde hace ya tanto tiempo. Mira a la nada, su vista se pierde entre las plantas del jardín, las casas cercanas y el cielo, tan azul como triste. El ruido de un coche se escucha a lo lejos, poco a poco se va intensificando, Merche ya puede distinguir de donde proviene. Un pequeño Seat cruza la carretera, y aparca ante la casa de al lado; Paula al volante. En cuanto sale del coche, puede comprovar desde la acera el rostro de Merche, roto, desgastado, pendiendo de un hilo de vida casi inerte. Se acerca, y sentada sobre el muro, admira a la mujer con una ceja alzada.

-¿Quieres hablar?-pregunta.

La respuesta no es necesaria.

Es cuando ya se encuentan en el interior de la casa de Paula, cuando Merche abre la boca por primera vez desde que se vieron.

-¿Tienes un cigarro?-suena verdaderamente absurdo, pero si. La morena le ofrece un paquete que saca de su bolsillo, y es ella quien saca un pitillo del interior.
-Bueno...¿Estás bien?-pregunta Paula, como si no fuese evidente que no lo está-. ¿Qué ha ocurrido?

Merche da un par de caladas al cigarro antes de contestar.

-Carlos...-susurra. Le duele pronunciar las palabras que salen de su boca-. Nuestro matrimonio se va al cuerno.

El rostro de Paula no cambia. Continua seria; como si fuese algo que ya supiese desde hace tiempo.

-Ayer...-comienza a decir, y en ese momento recuerda todo lo que vio por la noche, desde la ventana, y un profundo calor se genera entre sus piernas. Intenta borrar esas imágenes de su mente, pero no lo consigue, y esa sensación, que reconoce como prohibida y placentera a su vez, se intensifica aún más-. Ayer Carlos tuvo un gatillazo.

-Vamos Merche...-contestó Paula, con sarcasmo en su voz, y una media sonrisa-. ¿Cuantos años tiene tu marido? ¿Cincuenta? Son cosas de la edad...

-No... Tú no lo viste. Además, él ya no me desea. No le atraigo, hace mucho que dejó de mirarme como antes para adornar su vista con mujeres más jóvenes. Me ha engañado con otras, cientos de veces, y el muy idiota creía que yo no me había dado cuenta.-mientras habla, la voz de Merche se entrecorta con sus sollozos. Las lágrimas vuelven a sus ojos por quinta o sexta vez en aquel día. Parece que no van a abandonarla.

Paula abre sus brazos, y la abraza. Con solidez, es el abrazo más reconfortante que la mayor había sentido en mucho tiempo. Alzó la vista para contemplarla, con los ojos enrojecidos y el rímel adornando sus mejillas. De nuevo aquellos pensamientos "sucios". No quiere imaginárselo. Quiere desprenderse de ellos; le producen un sinfin de sensaciones en su cuerpo. Sabe que nunca nadie le dará placer del mismo modo que las dos mujeres daban y recibían la noche anterior.

-No llores, Merche. No merece la pena, de verdad...

Pasa las yemas de sus dedos bajo los ojos de la mayor, eliminando los resquicios de lágrimas.

Un escalofrío recorre la espina dorsal de Merche de arriba a abajo. Siente humedad entre sus piernas, oleadad de placer que no sabe de donde provienen. Una profunda angustia en su pecho que quiere eliminar. Poco a poco, se acerca a los labios de Paula, y termina fundiéndose con ella en un tierno beso. Poco a poco se va intensificando, ambas se rodean con sus brazos. Pasa de ser algo mecánico, a desarrollarse con pasión, fiereza. Sus mandíbulas no pueden moverse más deprisa. Nunca nadie la había besado así antes; ni siquiera Carlos. Nunca nadie la había hecho alcanzar el climax sin necesidad de tocarle un pelo.
«Merche... ¿Qué estás haciendo?» pregunta su conciencia. Pero ella no responde. Está demasiado ocupada entre los labios de su vecina.

© La vecina de al ladoWhere stories live. Discover now