Alicia...

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Siempre supe que Alicia era diferente. Desde el primer momento en que la vi, algo en mí cambió. No fue amor a primera vista, pero hubo una conexión profunda, innegable. Nos conocimos en la escuela, en uno de esos días cualquiera que se convierten en un hito en tu vida. Ella entró al salón con una sonrisa tímida, y desde ese instante, supe que mi vida ya no sería la misma.

Las tardes juntos en el parque, las caminatas bajo la lluvia, las conversaciones interminables sobre el futuro... todo parecía perfecto, pero siempre había una sombra acechando, algo que ambos sentíamos pero ninguno se atrevía a nombrar. Un día, cuando la vi sentada bajo el gran roble donde solíamos encontrarnos, supe que era el momento de hablarlo.

-Miguel -me dijo, con esa voz suave que siempre lograba calmarme-, ¿crees en el destino?

-No lo sé -respondí, tratando de mantener la mirada fija en sus ojos, esos ojos que me hacían sentir a la vez perdido y encontrado-. Pero sí creo en lo que siento por ti, Alicia. Eso es lo único que me importa.

Ella esbozó una sonrisa triste, esa sonrisa que había empezado a odiar porque significaba que algo estaba mal.

-Lo que sentimos es real, Miguel. Pero... siento que algo más grande que nosotros nos mantiene separados.

Me acerqué y tomé su mano. Sentir su piel contra la mía me daba una falsa sensación de seguridad, como si al tocarla pudiera mantenerla conmigo para siempre.

-No tiene que ser así -insistí, casi suplicando-. Podemos hacer lo que queramos, Alicia. Podemos luchar contra esto.

Alicia suspiró, apartando la mirada hacia el horizonte, como si buscara respuestas que sabía que no encontraría.

-Lo he intentado, Miguel -su voz se quebró, y verla luchar contra sus propias lágrimas rompía algo dentro de mí-. Intento imaginar un futuro donde estemos juntos, pero siempre hay algo que nos arrastra hacia caminos opuestos. Es como si estuviéramos destinados a ser nada, a ser siempre un "y si..."

Las palabras se quedaron atrapadas en mi garganta. No podía aceptar lo que decía, pero tampoco podía negar lo que había sentido desde siempre. Esa maldita sensación de que, sin importar cuánto nos esforzáramos, el universo tenía otros planes para nosotros.

La noche en la que intenté besarla sigue grabada en mi memoria como una cicatriz imborrable. Estábamos en su habitación, la luz de la luna dibujando sombras en su rostro. Me acerqué lentamente, temeroso pero decidido. Justo cuando nuestros labios estaban a punto de encontrarse, ella se apartó, dejando un vacío entre nosotros que sentí como un abismo infinito.

-Miguel... no puedo -susurró, sus palabras apenas un eco en la oscuridad-. No es que no quiera... es que no puedo.

-¿Por qué no? -pregunté, la desesperación escapando de mi voz-. Alicia, somos almas gemelas, lo siento en cada fibra de mi ser. ¿Por qué no podemos estar juntos?

Ella me miró, y en sus ojos vi reflejada toda la tristeza y resignación que yo me negaba a aceptar.

-Porque tal vez no todas las almas gemelas están destinadas a estar juntas en esta vida. Quizá en otra, en otro lugar... pero no aquí, no ahora.

Las palabras de Alicia fueron como un puñal, pero al mismo tiempo, no pude evitar sentir la verdad en ellas. Había algo más grande que nosotros, algo que nos mantenía separados sin importar cuánto lucháramos.

Los años pasaron, y aunque intenté seguir adelante, ninguna relación fue igual. Alicia había dejado una marca en mi alma que nadie más podía borrar. Nos reencontramos algunas veces, en reuniones de amigos o por casualidad, y cada vez, esa conexión seguía ahí, intacta, inquebrantable, pero también inútil.

-Miguel, ¿alguna vez piensas en lo que podría haber sido? -me preguntó un día, cuando nos encontramos en una cafetería por casualidad. Su anillo de compromiso brillaba en su mano, y el solo verlo me hizo sentir como si me arrancaran el corazón.

-Todos los días -admití, sin atreverme a mirarla a los ojos-. Pero ya no importa, ¿verdad?

Ella asintió, pero la tristeza en su mirada me dijo que no era tan simple.

-Siempre serás mi "y si...", Miguel. Te amo, siempre te amaré, pero tenemos que aceptar que... simplemente no era nuestro destino.

Nos despedimos, y esa fue la última vez que la vi. Alicia se casó poco después, y yo intenté seguir adelante. Pero en cada rincón de mi mente, en cada sueño, ella siempre estaba ahí, recordándome lo que nunca fue y lo que nunca podría ser.

Ahora, años después, me doy cuenta de que estábamos destinados a no ser nada, al menos no en esta vida. Éramos almas gemelas, sí, pero no para este tiempo, no para este lugar. Tal vez en otro universo, en otra vida, podríamos estar juntos, pero aquí, en este mundo, nuestro amor estaba condenado desde el principio.

Y así es como me despido de Alicia, no con odio, no con resentimiento, sino con un amor que trasciende lo físico, un amor que vive en el reino de lo que podría haber sido. Porque, aunque nunca fuimos nada, en algún lugar, en algún tiempo, tal vez lo seamos todo.

DESTINADOS A NO SER NADAStories to obsess over. Discover now