"Para mí, que durante mucho tiempo dudé, que el miedo a preguntar me hizo quedarme en silencio, perdiéndome de las respuestas que tanto necesitaba. Este libro es el reflejo de inquietudes, de los miedos que me acompañaron y de la valentía que encontré al enfrentarme a ellos. Aquí, entre estas páginas, descubrí que preguntar, aunque sea aterrador, siempre abre puertas hacia el conocimiento y la libertad. A todos los que se atreven a dar el paso y enfrentarse a sus dudas, les dedico estas palabras."
Paulina Marsicano
Pagina 32 M
Mala y aburrida, las letras se mezclan en mi cabeza. Puedo ver cómo la "H" de "Historia del Arte" da vueltas en la pizarra. Con desgano, escribía las tonterías que la profesora dictaba. Me parece una simpleza tener que asistir a estas clases; de hecho, me resulta asqueroso tener que venir al instituto. Todo me parece completamente decepcionante: otro día más de aburrimiento y soledad en un lugar lleno de personas con coeficientes intelectuales menores que el mío, personas que sus padres mantendrán hasta los 30 años y que recién a los 35 se atreverán a dejar el hogar. Anhelo algo que me saque de esta rutina, pero estoy seguro de que no será el Barroco ni su desarrollo durante los siglos XVII y XVIII.
Quiero una aventura. Quiero que mi vida cambie. Anhelo una señal, algo que me grite que no estoy destinado a terminar en el fondo de una fosa llena de moho, borracho y amargado como mi padre. Deseo una chispa, una promesa de que mi vida será mejor, que destacaré, que seré el mejor.
Me estaba lavando la cara, esperando que el agua fría me devolviera la vida después de una clase que había drenado cualquier energía que me quedaba. Sentía el peso de la monotonía aplastándome cuando, de repente, una sombra rápida y silenciosa pasó junto a mí, deslizándose hacia el baño sin emitir sonido alguno. Lo único que escuché fue el suave clic de la puerta cerrándose. No le di mucha importancia; asumí que era solo otro de los cientos de alumnos que vagan por el instituto, perdidos en sus propios mundos, tal vez drogados, siguiendo una rutina vacía.
Al salir del baño, me encontré con una pequeña chica que, sin previo aviso, comenzó a gritarme. Estaba furiosa, y no entendía por qué. No había hecho nada para merecer su enojo, pero ahí estaba, frente a mí, su ira palpable. Su melena pelirroja caía en cascada desordenada sobre sus hombros, un caos que, curiosamente, parecía deliberado, como si cada mechón rebelde estuviera en su lugar perfecto. Sus ojos verdes eran un torbellino de emociones, moviéndose de un lado a otro como si buscaran algo que ni siquiera ella podía identificar. Su voz, aguda y penetrante, perforaba mis oídos, y aunque cada palabra era una daga, había algo en su tono que me hacía querer escucharla por el resto de mi vida.
Por un instante, el gris de mi día comenzó a disiparse, como si ella fuera la señal que tanto había deseado. Pero, como siempre en mi vida, la ilusión se desvaneció tan rápido como había llegado. Un chico apareció detrás de ella, con una expresión que mezclaba pena y aburrimiento. Sin decir una palabra, la tomó suavemente por los hombros y la giró para que lo mirara. En ese momento, ella dejó de gritar, como si todo el fuego que había encendido en mí se apagase en un solo gesto.
-Pía, calla, que no es Samuel, no es tu hermanito. Mira bien a quién le chillas-. La pelirroja se dio la vuelta y me miró de arriba abajo, como si estuviera evaluando cada centímetro de mí con una frialdad hiriente. En ese instante, me sentí como un asqueroso vagabundo, como si acabara de ser recogido de la calle, sucio y sin valor. No dijo una palabra, pero su expresión lo decía todo; un simple gesto de desagrado que hizo que mi estómago se retorciera. Nunca una mujer me había hecho sentir tan miserable sin necesidad de pronunciar una sola palabra.
Mientras intentaba procesar lo que acababa de ocurrir, el chico del que solo había visto la sombra apareció detrás de mí. Parecía más real ahora, con una presencia que contrastaba con su hermana.
-Hermanos, una cosa de locos- dijo con una sonrisa triste, como si la situación lo superara y no pudiera hacer mucho al respecto. Caminó sin prestar atención a sus supuestos hermanos que iban detrás, como si estuviera acostumbrado a ser una especie de pacificador entre ellos.
La pelirroja, la que más llamaba la atención, se quedó un momento mirándome antes de girarse para seguir a su hermano. A su lado, el hermano mayor, un tipo alto y robusto, con los hombros anchos y el pelo rubio cortado al ras, tenía una presencia intimidante. Su aura no inspiraba mucha confianza, como si llevara consigo un peso que le impedía ser verdaderamente abierto con los demás. Y luego estaba el chico de las sombras, el más sociable a simple vista. Su cara tenía una mezcla de simpatía y picardía, el tipo de rostro que sugiere que todos quisieran ser su amigo y que no le costaba nada conquistar a una chica; una sonrisa suya y era suficiente para que cayeran a sus pies.
Observé cómo se alejaban, una especie de trío disfuncional, cada uno con su propia carga, pero unidos por algo más profundo que simplemente lazos familiares. Mientras se iban, no podía evitar sentir que algo importante acababa de suceder, algo que cambiaría el rumbo de mi día, o quizás de mi vida.
Después de analizar a estos tres raritos, que al parecer eran nuevos en el colegio, comencé a caminar hacia Matemáticas 2. El año pasado me había pasado las vacaciones tomando clases de matemáticas avanzadas para ganar unos puntos extra que al final ni siquiera necesité. Mis buenas notas me llevaron a Matemáticas 2, y aquí estoy, sentado tranquilamente, esperando que el profesor llegue y nos dé la clase, que seguramente será de las peores. No es un buen profesor; en lugar de hacer que las matemáticas sean interesantes, las convierte en algo aburrido y detestable.
Mientras esperaba, la clase se iba llenando... bueno, si es que se puede llamar "llenarse" a cuando solo éramos cuatro personas. No somos muchos en este grupo: una chica con una presencia imponente y cara de pocos amigos, y dos chicos más de los que ni siquiera sé el nombre. El salón estaba casi vacío, con asientos de sobra, pero el gilipollas de los cojones decidió sentarse justo a mi lado. Es increíble cómo te cruzas con un tipo en el baño y ya se siente con la confianza de sentarse a tu lado en clase. Las confianzas hoy en día ya no son lo que eran. Sin embargo, en lugar de decir algo, me pasa una hojita de papel que decía: "Disculpa, mi hermana es una pesada."
-No hay profesor, aún no ha llegado. ¿Qué haces escribiendo en una hojita? -le dije, tratando de disimular mi sorpresa.
Su cara cambió de inmediato, como si no esperara que le hablara.
-Tienes una cara de pocos amigos, y parecía que si te hablaba, nos íbamos a dar de ostias -respondió con una media sonrisa.
No le faltaba razón.
La clase transcurrió lenta. Las matemáticas de este nivel ya me parecen fáciles, casi rutinarias. Mientras apuntaba lo que el profesor decía, noté la libreta del chico a mi lado. No había escrito una sola palabra; la página estaba completamente en blanco, salvo por un dibujo raro que había hecho. Me dio un poco de pena, quizás estaba teniendo un mal día. Así que, al final de la clase, cuando todos estábamos guardando nuestras cosas, decidí hablarle.
-Si me pasas el teléfono de tu casa, puedo llamarte y pasarte lo de hoy-. El chico abrió los ojos, sorprendido por mis palabras, como si no esperara esa propuesta.
-Es que... no sé si podré atender. Es que... mejor si me dices dónde vives, y paso por tu casa para que me lo pases-. ¿Mi casa? ¿Pero quién se cree?
-Mejor yo paso por tu casa. ¿Dónde vives?-, insistí, sintiendo que algo no cuadraba. No quería que viniera a mi casa; eso era impensable.
-La biblioteca de la ciudad sería...-, comenzó a decir, pero lo interrumpí antes de que pudiera terminar.
-Estupendo. Te veo a las 17:00 ahí-. Me fui tan rápido como pude. Además de querer almorzar, quería huir de esa conversación tan incómoda. ¿Por qué me parecía tan raro?
Ahora tendré que ir a la biblioteca y pasarle mi tarea. No sé si es el mejor plan que se me ha ocurrido. Además, ¿cómo haré para conseguir dinero?
¿Será que me muero de curiosidad por saber quiénes son estas personas que se han presentado en mi vida, o será que la pena me ha invadido y simplemente hoy quiero ser un buen samaritano? Tal vez, este es el paso que debo dar para encontrar ese cambio que tanto anhelo. Sea lo que sea, tengo la sensación de que mi vida avanza a pasos lentos, pero si no camino al ritmo de la vida, me quedaré atrás, y la vida no espera a nadie.
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La M de Maren
RomanceMatías siente que su vida en la escuela y su entorno familiar son una prisión sin salida. Atrapado entre el desinterés por su educación y una relación distante con su familia, su rutina monótona se rompe al encontrarse con los hermanos Olaet, una fa...
