En un mundo en el que los espejos están prohibidos, las acciones son el reflejo del alma.
Corren los rumores de que la isla de Rockthon está maldita. La realidad es que nadie es lo suficientemente valiente para oponerse al Gobernador. Y cuando Circe...
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La vida de Circe hubiese sido más fácil de no ser por la muerte de su madre. Aunque, sin lugar a dudas, hubiera llevado mejor el duelo si la palabra supuesta no precediera a su muerte.
Llorar a una tumba vacía había sido devastador al principio. Flores mustias adornando una caja llena de aire, el llanto desconsolado de una niña pequeña, el luto de todo un pueblo ante la pérdida de tal adulada mujer. Con el tiempo, sólo pasó a ser un simbolismo cínico de algo mucho más grande.
Circe sabía que toda su vida había estado rodeada de incógnitas que, tarde o temprano, acababan tornándose en una nube de polvo difícil de atrapar.
La muerte de su madre nunca fue así. Fue el desencadenante de una tortuosa serie de desdichas que la arrojaron a su infortunio. Y, desde entonces, no hubo un sólo día en que no se cuestionó la realidad del paradero de su progenitora. O, al menos, de su cuerpo.
Poco podía ella hacer ahora. Su vida de niña perfecta, hija de prestigiosos duques, se había visto reducida a la más absoluta de las nadas. El apellido que, en algún idílico caso, hubiera sido su gran orgullo, se había convertido en una de esas pesadillas que te persiguen y atormentan sin piedad noche sí y noche también. Su día a día era mucho más diferente a lo que podría haber imaginado. Sus padres solían criarla para que fuera una dama de pies a cabeza, una gran esposa y una madre envidiable. Sin embargo, había madurado detestando los matrimonios concertados, renegando de los refinados modales que la gente aclamaba ser propio de señoritas como ella y deseando no cuidar a nadie más que al hermano pequeño que tuvo que sacar adelante.
La vida que llevaba ahora era, en definitiva, distinta a lo que el destino había preparado para ella. Sus días se alargaban en aquella anticuada taberna que en un pasado ni siquiera se hubiera atrevido a pisar. Tuvo cientos de trabajos antes, aceptó todo lo que pudo con tal de llevarle algo de comer a Aster. La taberna era lo mejor que había conseguido hasta ahora. El sueldo no era una fortuna, pero de vez en cuando podía quedarse con las sobras del día anterior, y Paulette, la dueña, era mucho más agradable que cualquier jefe que hubiera tenido antes. Tal vez no le daba para una vida llena de lujos, pero podía salir adelante lo suficientemente bien como para no morirse de hambre.
-¡Niña! -suena la voz de Paulette desde la otra punta de la barra- Tienes otra carta del señor Loneblood.
-Tírala a la basura, como el resto -bufa Circe en respuesta.
-Yo no sé que te habrá hecho ese hombre, para que quieras saber tan poco de él -ríe ella ante la reacción.
-Te sorprendería, Paulette, te sorprendería.
Los clientes empiezan a llenar las mesas y pronto el jaleo se hace en el local. El calor del sol vespertino marchitándose entra por las ventanas e ilumina las motas de polvo que vuelan por el ambiente. Se acerca el solsticio de verano y la isla comienza a rejuvenecer. Las calles parecen más animadas y las horas de luz, ahora más largas, invitan a festejar el comienzo de esta época.