Capítulo 1

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Estar en su cama no era nada nuevo.

La habitación estaba llena de suspiros y gemidos ahogados, siento cómo entra y sale.

La cama choca contra la pared, yo arqueo mi espalda.

Quizás debería sentir cierta vergüenza, pero siendo sincera no lo hago. Sé que Sukuna no quiere nada, y aún así me gusta quedarme aquí.

Él movía sus caderas de atrás hacia adelante. En círculos por momentos.
Sea como sea, sus manos se apretaban en mis caderas, me clavaban contra él mientras mi espalda se arqueaba.

No somos novios.

Aún así me gusta ver su cabello cayendo sobre su frente sudada, recorrer mis manos sobre su torso, araña su espalda para dejar mis uñas marcadas.

No somos amigos.

Tal vez por eso me pone en cuatro, y su pecho choca con mi espalda mientras su paso es brusco, se va volviendo frenético.

Pero me gusta tener conversaciones con él, a veces siento que hablo sola.

No puedo sostenerme, mis brazos se tornan débiles y el nudo en mi vientre se acentúa.

—Sukuna —gimo contra la almohada—.

Él no se detiene, sigue y se pone recto, me empuja contra el cabecero de la cama.

Mi gemido se ahoga en la almohada, la muerdo con fuerza.

Cuando termina, lo hace en mi espalda baja.

Yo intento tomar aire. Estoy en la cama, y él está aún sosteniendose por sus brazos.

Finalmente se echa a mi costado, escucho cuando intenta tomar aire.

Me gusta hablarle, me gusta decirle algo.

Él nunca suele hablar mucho, solo cierra sus ojos y asiente o emite algún ruido.

No somos cercanos.

Me gusta apoyar mi cabeza en su pecho, sentir cómo sube y baja.

Me hace sentir tranquila de algún modo.

Sé que no hay nada entre nosotros, sé que no vamos a llegar a nada más.

—Ya es tarde —dice mirando la hora en su celular—.

Asentí, esa era su forma de decirme que me fuera.

Muy pocas veces he podido quedarme a dormir, y siempre que lo hago me levanto sin él.

Camino hacia el baño, mis piernas se sienten algo débiles después de las poses que usó; pero estaba satisfecha.

Me doy una ducha rápida, siempre me gustó cómo olía el jabón de Sukuna. Tal vez porque así recordaba que era yo la que estaba en su cama.

Me visto rápido, y salgo por la puerta. No quería perder el transporte.

—Me voy —digo, secando mi cabello—.

Mi blusa estaba algo abierta, pero lo veo asentir.

Dejo la toalla en su lugar, para que se seque. Salgo por la puerta.

Siempre es así.

No me sorprende, si soy sincera.

Jamás le pone azúcar al café, y bebe los tragos puros.

Cuando lo hacemos, es brusco. Toca donde quiere, pero no es dulce o tierno; es posesivo. Fuera de esa ternura de la posesividad.

Camino por las calles de la ciudad, subo el cierre de mi abrigo cuando salgo del departamento de Sukuna.

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