Francia, París, 12 de junio de 1940
Mi día comenzó muy apresurado aquella mañana con los gritos de mi tía despertándome.
Las radios de los parisinos estaban encendidas desde la madrugada, esperando noticias sobre la batalla que se libraba en el país. Hace ya un año que la guerra había comenzado con la invasión alemana a Polonia. Ninguno de los franceses se imaginó que la guerra escalaría tanto, que nuestros hombres estarían obligados a defender nuestro país de la invasión inminente.
—¡Apresúrate! Solo lleva lo necesario —dijo mi tía Anne, entregándome una maleta de cuero—. Esta misma tarde saldremos de París”.
Debido a los bombardeos, muchas familias parisinas abandonaban la calidez de sus hogares y migraban a otras regiones del país para protegerse. Mi tía y yo éramos una familia de dos, o eso creía yo.
Mis padres murieron cuando yo era apenas una niña. Mi padre, un adinerado hombre de negocios, caballero y judío religioso, conoció a mi madre en París durante uno de sus viajes.
Mamá era una elegante francesa, proveniente de una familia pudiente. La familia de mi madre lo aceptó rápidamente al ver que era un hombre importante y con dinero. Se casaron en una pequeña iglesia del lugar y me tuvieron a mí, su única hija.
Mi madre me nombró Madelaine, como su abuela. Cuando cumplí ocho años, papá me regaló una cadenita con la estrella de David en el centro; quería que llevara un pedacito de su religión conmigo. Fueron años muy bellos, llenos de amor, recuerdos que aún guardo, pero la felicidad no duró para siempre.
Una extraña enfermedad se llevó a papá, y mamá no pudo soportarlo; al año siguiente se fue con él. La hermana de mi madre, mi tía Anne, fue quien me cuidó. Intenté verla como una segunda madre, pero más que una madre fue una institutriz; me inculcó educación, me enseñó todo lo que una señorita debe saber.
Mi tía Anne es una mujer muy culta y estoica; las arrugas en su cara muestran lo dura y cansada que ha sido su vida. Nunca se casó ni tuvo hijos.
Empaqué lo necesario como dijo mi tía. Me di un baño rápido y salí lo antes posible para vestirme con un vestido floreado de mangas largas, un regalo de la familia Petit por mi cumpleaños número veintidós.
Por la ventana, vi las maletas y los autos de las familias que estaban a punto de salir de la ciudad. Caminé deprisa al piso de abajo, donde me esperaba mi tía para desayunar antes de irnos.
—Buenos días, tía —saludé— Siento mucho haberme demorado.
—Sí, está bien —dijo algo enojada— Desayuna; iré a la casa de la familia Petit, tengo que conversar algunos asuntos con ellos —señaló mientras se colocaba su abrigo— ,No tardaré.
Mi tía Anne tomó su bolso y salió apresuradamente de la casa. A veces solía ser muy misteriosa; no podía preguntarle nada porque me daría el sermón de siempre: “Las señoritas decentes no andan entrometidas en asuntos que no les incumben”. Es molesto, por eso lo evito.
Solo pasaron quince minutos cuando mi tía regresó con un hombre de mediana estatura y cabellos blancos, quien me sonrió al entrar. Le calcularía unos sesenta años.
—¿Quién es? —pregunté.
—Es el señor John, será nuestro chófer; nos llevará hasta Lyon —respondió muy seria— Monsieur John, son nuestras cosas, por favor, carguelas al maletero —le indicó al hombre de cabellos blancos.
—No quisiera irme, —dije algo apenada— Mi vida está aquí, yo…
—¡Ay! Por favor, Madelaine, ya hablamos de eso; no es seguro aquí, —exclamó con dureza— Olvídate de todo; en Lyon conocerás a mejores personas.
No respondí; sería en vano. Cuando la tía Anne toma una decisión, no hay quien la haga cambiar de parecer. A veces tenía un poco de razón; a muchas personas de aquí no les caíamos bien; mi tía no me dejaba relacionarme con personas de clase baja, solo con quienes ella creía conveniente y esas personas me veían como de una forma disgustada.
Salimos de casa rumbo al auto. Había mucha gente afuera con maletas en mano cargando sus cosas dentro de sus autos.
Algunos comentaban que el ejército francés repelería el ataque; la confianza que le tenían a nuestro ejército era admirable. Otros decían que el ejército alemán estaría pronto en París; había muchos murmullos que se mezclaban con los gritos de alegría de los niños en la calle.
—Señora Anne —dijo la señora Juliette, nuestra vecina, mientras se acercaba hacia nosotros—Creí que solo era un rumor; no creía que realmente se iría.
—Pues ya lo está viendo —respondió mi tía Anne con molestia; me dio una mirada para que entrara al auto.
—Hasta pronto, señora Juliette —me despedí tímidamente con un asentimiento de cabeza a nuestra vecina, que estaba al lado derecho del auto.
Estaba a punto de abordar cuando un fuerte estruendo que hizo temblar el suelo se escuchó en la otra calle. Todas las personas empezaron a gritar y a refugiarse en las casas cercanas.
Una avioneta pasó por encima de nosotros con rapidez, perdiéndose en las nubes. Estuve agachada al lado del auto cuando mi tía gritó:
—¡Madelaine! ¡Entra al auto!
Pude ver a muchas personas llenas de polvo que se acercaban a nosotros; algunos tenían heridas en el brazo y otros sangraban de la cabeza. Cuando el terror pasó, las personas empezaron a ayudar a los heridos que estaban en el piso. Me acerqué para ayudar, ignorando el llamado de mi tía.
—¡Son unos bárbaros! —dijo un viejecito que sangraba de la cabeza
—Puedo ayudarlo en algo —dije preocupada.
—¡Madelaine!
El grito de mi tía me sobresaltó; venía a toda prisa hacia mí.
—¿Qué estás haciendo? —gritó molesta.
—Trato de ayudar, —respondí preocupada— Ellos están heridos, necesitan…
—¡Ese no es tu trabajo!
Siempre creí que la tía Anne era una mujer a la que no le gustaba mostrar sus sentimientos y su bondad para no verse débil, pero ahora estoy dudando si los tiene realmente.
—No discutas con tu madre, —exclamó el viejecito a quien le ofrecí mi ayuda— Estaré bien; las enfermeras me ayudarán.
Asentí con una pequeña sonrisa; caminé junto con mi tía hacia el auto. Algunos parisinos empezaron a tomar su camino hacia Lyon; otros se dirigían a otras regiones.
—Camina derecha, Madelaine, —exclamó la tía Anne con esos aires de dama galante —Estamos huyendo, lo sé, pero no es motivo para perder la clase.
El señor John nos esperaba en el auto, listo para partir. Abordamos rumbo a Lyon; las personas que no tenían a su disposición un auto tomaban la decisión de ir caminando a donde fuera su destino, con maletas y niños en mano.
Las horas pasaron el transcurso del viaje era agotador apesar de ir en un automóvil. Mi tía Anne pensó que el camino sería rápido y tranquilo, lo cual no fue así.
La cantidad de refugiados obstruía el paso; muchas veces, el señor John tenía que rodearlos ,mi tía solo se la pasaba maldiciendo a esas pobres almas. Yo trataba de distraerme mirando a las personas, tratando de adivinar su historia o a qué se dedicaban, o simplemente mis recuerdos me llevaban a esos veranos junto a mis padres, a esos días en los que la vida era color de rosa, en donde no había preocupaciones ni guerra y todo era más puro. La vida puede cambiar en cuestión de segundos; es algo que aprendí, es por eso que trato de aprovechar cada día.
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Corazones Inquebrantables
Historical FictionEstá es la historia de Madelaine una joven franco-judía que vivirá una de las épocas más amargas de la historia de Francia , la segunda guerra mundial , donde tendrá que ocultar su identidad y junto a sus vecinos vivir bajo la ocupación alemana co...
