𝙼𝙸𝙾

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Sakura y sus amigos se encontraban en el salón de clases. Era una tarde tranquila en Furin y no tenían mucho que hacer, así que decidieron salir a patrullar como de costumbre. Tras echarle una mano a un par de ciudadanos con los recados habituales, la atmósfera del barrio cambió de golpe. Un rastro pesado y denso empezó a distorsionar el aire.

—¿Hueles eso, Sakura-san? —preguntó Nirei, arrugando la nariz y olfateando a su alrededor con incomodidad.

—Qué peste tan desagradable —gruñó el heterocromático, metiendo las manos en los bolsillos de su chaqueta.

Unos metros más adelante, la fuente del problema se hizo evidente, un grupo de tipos rodeaba a una muchacha en un callejón. El que parecía el líder se regodeaba con una sonrisa desagradable, liberando feromonas cargadas de hostilidad para doblegar a la joven

 A Sakura se le revolvió el estómago. Le provocaba una repugnancia absoluta que alguien usara su casta para pisotear a los demás. El estúpido pensamiento de que nacer como Alfa te daba derecho a someter al resto... era algo que simplemente no iba a tolerar.

Sakura no esperó a que dijeran nada más. Avanzó con paso firme, le plantó una mano en el hombro al líder y, en cuanto el tipo se giró, le encajó un puñetazo limpio y seco directo en la mandíbula.

Mientras el cuerpo del tipo salía despedido, Suo y Nirei se movieron con rapidez para rodear a la chica y ponerse frente a ella a modo de escudo. La joven, temblando por el miedo y el efecto de las feromonas, miró la escena con angustia.

—¿No... no van a ayudarlo? —preguntó con un hilo de voz, preocupada al ver que el resto de los pandilleros se lanzaban contra el bicolor.

—No hace falta. De hecho, lo mejor es no interrumpirlo —respondió Suo con su habitual sonrisa tranquila, sin perder un ápice de elegancia.

Sakura no era un Omega común. Se había independizado temprano, había crecido a base de golpes y odiaba con toda su alma que lo menospreciaran. Para él, la casta no definía la fuerza, y estaba a punto de demostrárselo a esos idiotas.

Le tomó menos de cinco minutos despacharlos a todos. Dejando al grupo en el suelo, quejándose de dolor, Sakura se sacudió el polvo de la chaqueta y regresó caminando hacia sus amigos con la respiración apenas alterada.

—Muchas gracias a los tres... —la chica se inclinó profundamente, con los ojos llorosos por el alivio.

Sakura desvió la mirada de golpe, chasqueando la lengua. Todavía no se acostumbraba a recibir agradecimientos por hacer lo que para él era obvio. Suo, que ya iba conociendo los giros del orgullo y la timidez de su compañero, amplió su sonrisa divertida.

—Tranquila, no hay nada que agradecer. Proteger a los ciudadanos es nuestro deber —intervino Nirei de inmediato, ajustándose los lentes con una sonrisa amable y reconfortante.

La joven se despidió con una última reverencia llena de gratitud antes de alejarse a toda prisa. Con el callejón ya despejado, los tres retomaron su caminata por las calles de la ciudad, charlando tranquilamente sobre el patrullaje... hasta que un rugido ensordecedor y bastante inoportuno interrumpió la conversación.

Provino directamente del estómago de Sakura.

Nirei se detuvo en seco, parpadeando con sorpresa.

—Sakura-san... —murmuró, aguantándose la risa.

—Vaya, Sakura-kun. Pudiste habernos dicho que tenías hambre en lugar de fingir demencia todo el camino —comentó Suo, ladeando la cabeza con una sonrisa de lo más divertida.

—¡Cállense! —exclamó el bicolor, cruzándose de brazos mientras un notorio sonrojo le pintaba las mejillas—¡Apenas acabo de sentir hambre! ¡No estaba fingiendo nada!

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