El infante de unos seis años de edad jugaba tranquilamente a perseguir las hojas que la brisa
invernal se llevaba, pero se mantenía abundando aquel sitio, ya que no tenía permitido ir
más lejos. No se encontraba en su hogar como para poder correr como usualmente lo hacía
en su patio trasero, fingiendo ser un avión a punto de aterrizar catastróficamente. No, al
menos por un mes.
Todos los años, su familia y él pasaban la navidad en una cabaña de un campo que quedaba
muy lejos de su pueblo, comprada por sus tíos para reunirse en los días festivos. Aquello
era una absurda costumbre, porque fingían llevarse extraordinariamente cuando estaba muy
claro que lo único que les unía era la religión.
Mientras sus tres primos y hermana mayor estaban dentro de la casa, decorando unos
dibujos que habían hecho para sus padres, el niño continuaba corriendo en la misma
dirección que el viento y las hojas, acomodando uno de los tirantes negros que caían por
uno de sus hombros. No quería a su madre regañándolo, diciéndole que no tendría
permitido volver a jugar por haber arruinado su ropa al hacerlo.
O peor: Podría perder la cadena con el crucifijo que le había regalado su tía en la anterior
navidad. Ahí sí podrían matarlo.
Sus pasos se detuvieron abruptamente ante un extraño sonido que provenía del enorme
bosque, el cual se encontraba detrás de la cabaña, a unos centímetros de ésta. El pequeño
observó a su alrededor, confundido mientras mordía su labio inferior con sus dientes
delanteros, los cuales estaban separados por un pequeño centímetro.
¿Qué había sido aquel sonido?
No comprendía pero, nuevamente, se había hecho presente: Eran unas pisadas sobre las
hojas que caían de los viejos y altos árboles. Le pareció ver a alguien escondido detrás de
uno de los troncos, provocando que frunciese su ceño de manera adorable.
—¿Hola? —Preguntó con voz curiosa e infantil —. ¿Hay alguien allí?
Luego de aquella pregunta no evitó sobresaltarse un poco al notar como una pálida mano
con extraños anillos de oro en sus dedos se hizo presente, apoyándola sobre el tronco,
visible para el pequeño.
Decidió armarse de valor mientras formaba pequeños puños con sus frías manos cubiertas
por guantes negros, dando dos pasos exagerados hacia adelante pero volviendo a retroceder
de manera torpe al notar la mano de aquella extraña persona oculta reafirmar el agarre
sobre el árbol, como si hubiese sido sobresaltado.
—¡No me estás asustando para nada! —Intentó ser valiente a pesar de que sus ojos
comenzaban a llenarse de lágrimas—. ¡Ni un poquito, así bien chiquito, me asust-! Oh.
Se retractó de lo que había dicho cuando aquella mano volvió a esconderse detrás del
tronco. ¿Le había asustado? ¡Pobre mano!
El infante era alguien muy curioso pero, mientras aferraba sus manos a su pecho y oía los
acelerados latidos de su corazón, no estaba verdaderamente seguro de avanzar o
retroceder. ¿Qué debería de hacer? Aquella era una situación que debería dejarlo en un
llanto interminable, corriendo de vuelta a los brazos de su madre y explicándole todo lo que
había ocurrido.
Sin embargo -y por algún motivo desconocido-, sentía que estaba completamente
acostumbrado a aquel tipo de situaciones.
—Lo siento. ¿Yo te asusté? —Dio un pequeño paso, sintiéndose feliz cuando la mano
regresó a la posición en la que anteriormente se encontraba, pero solo un poco —. Yo no
quise. ¿Eres tímido? ¡No te procures! Yo soy...bueno. —Dijo en voz alta, sonriendo de
oreja a oreja a pesar de sentir una cálida sensación subiendo por su pecho.
Miedo.
Por supuesto que lo tendría, y aún más al no saber que su futuro era lo que se encontraba
oculto allí detrás.
Mordió su labio inferior antes de aproximarse un poco más, con inseguridad, pero antes de
siquiera poder llegar a estar frente al árbol, sus padres comenzaron a llamarlo desde la casa,
a punto de ir a buscarlo. Su mirada se dirigió hacia la cabaña por un instante, volteando
nuevamente hacia el bosque, y sintió que el aire se iba de su pecho cuando una figura alta y
oscura se asomaba de entre las sombras, luciendo borrosa y terrorífica.
Corrió en dirección contraria como si no hubiese mañana, sin siquiera voltear, con sus
mejillas empapadas de lágrimas y su rostro frío por la brisa que las secaba. Una vez estuvo
dentro de aquella cálida y familiar sala, se sintió un poco más a salvo, y no volvió a salir,
creyendo que aquella cosa que había presenciado podría cazarlo y comérselo vivo.
Nadie le preguntó qué le sucedía, y aquello lo hizo sentir como si tuviese que guardar un
gran secreto. No le gustaban los secretos.
El malestar se fue pronto pero, incluso en la protección de aquellas paredes
bendecidas...comenzaba a sentirse observado.+
MUY observado.
