I - SORPRESA

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Suena: Si estoy loca, de Malú

Sara

Pocas cosas me parecen más entretenidas que acompañar a una amiga soltera en la búsqueda de un chico interesante, y guapo, en Bumble. Así que, por mucha resistencia que presentó Paula, no pudo oponerse a mi empeño y al de Irene, que ahora pasábamos perfiles amontonadas en el sofá, mientras Andrea nos miraba desde la silla como si estuviésemos locas. Habíamos quedado para merendar en su casa y estas tardes siempre se alargaban hablando como cotorras.

-Uy, qué abdominales, para rallar queso -dijo Irene.

-Uf, tía, pero esa foto en el espejo tira para atrás. Ni de coña -solté mientras deslizaba hacia el siguiente.

-¡Ay! Mira este, parece mono y tiene un perrito.

-Paula, a ti te gusta el perro, no el chaval. Mira la descripción, es fan de Neruda. ¡Quién pone eso en su descripción de Bumble! -dije deslizando de nuevo.

-Bueno, oye, no tiene nada de malo que le guste la literatura -se metió Andrea, levantando un momento la cabeza del móvil.

-Una cosa es que le guste, y otra que lo ponga en Bumble. Este tío tiene que ser un somnífero -me apoyó Irene.

-Oye, ya que me habéis obligado a meterme en Tinder, me podríais dejar elegir por lo menos -se quejó Paula.

-Es Bumble, no Tinder. Y con el ojo que tienes eres capaz de quedar con un bohemio torturado por la vida -solté sarcástica, mientras me levantaba a por un vaso de agua.

-Sigo sin entender por qué no quieres que te presente a algún chico del voluntariado - .

-Pues porque el último me llevó el primer día a un comedor social. Yo estoy encantada de ir a echar una mano, pero, no de primera cita -argumentó Paula-. En fin, este lo paso que sí tiene pinta de tío triste.

Puso la vista de nuevo en el teléfono. Y, de repente, se hizo el silencio.

-¿Qué pasa? ¿Tan feo es? -Me acerqué corriendo para mirar la pantalla, en la que Paula e Irene se habían quedado clavadas, y ahí estaba.

Adrián, 31 años. A 12 km de distancia. Nunca fui el mejor de la clase, pero si no lo tengo de listo lo tengo de simpático. Y reírse es lo más importante, ¿no?

-¡Está buscando a una tía con la que ponerme los cuernos en Bumble! -chillé arrancándole el móvil de las manos a Paula.

No me lo podía creer. En realidad, sí podía, pero no quería. Ni siquiera era un desliz de una mala noche en la que te emborrachas, te da la tontería y te lías con alguien. Aunque esto tampoco es justificable. Pero como en los crímenes, aquí había premeditación y alevosía.

-A ver, igual tiene alguna explicación -intentó apaciguar.

-Amiga, lo siento, pero no creo que esto tenga justificación -comentó Andrea, que no era la mayor fan de Adrián.

-Ojalá que sea un malentendido, aunque la verdad es difícil fiarse -añadió Paula-. No sería la primera vez que te pone los cuernos.

-Fue una vez y porque estábamos mal. Esto es diferente -me defendí.

-La diferencia es que ahora te acabas de comprar una casa con él, y te sigue poniendo los cuernos -soltó Irene, cabreándome.

-Irene -masculló Andrea, a modo de riña.

-Si intentas hundirme en la mierda no hace falta, ya lo hago yo solita -respondí, volviendo a sentarme en el sofá.

-Perdona. Me he pasado. Es que me da miedo que te destroce otra vez, le vuelvas a perdonar y sigas con un idiota que no se merece ni la mitad de lo que eres -sonó preocupada mientras me abrazaba.

-Ya sé que pensáis que soy una idiota. Pero todo el mundo puede cambiar, y yo pensaba que él lo estaba haciendo, que podía conseguir que...

-Nadie piensa que seas idiota -aclaró Andrea.

-No puedes cambiar ni salvar a todo el mundo. Ni es tu responsabilidad lo que él haga, pero sí quedarte o no con él -Irene sonó cortante, dejándome sin argumentos.

Sabía que mi amiga tenía razón, pero, en ese momento, sus palabras me sentaron como una patada en el culo. Paula notó la tensión, e intentó suavizar el ambiente:

-Cariño, solo nos preocupamos por ti, no te estamos juzgando. No pienses eso, ¿vale? Esta situación es una mierda, pero nosotras estamos aquí. Y si prefieres que nos callemos -Miró a Irene con intención-, pues nos callamos. Te abrazamos y ya. ¿Te parece?

Asentí con la cabeza, con los ojos vidriosos y el mecanismo de razonamiento desactivado, y Paula me abrazó. Las demás se unieron al gesto, incluida Irene, que fue la última en soltarme, después de una disculpa:

-Lo siento. Es que a veces me cabreo más que vosotras cuando os hacen daño.

Pasé el resto de la tarde ausente. No quise hablar más del tema. Las demás seguían con la misión de encontrarle a Paula un buen ligue en la aplicación. Al final de la tarde, Andrea se empeñó en sacar de nuevo el tema y me hicieron prometer que hablaría con él, y que las llamaría si necesitaba algo. Andrea me repitió cinco veces que, si la discusión iba muy mal, y no quería estar sola (o no quería quedarme en casa con él), podía ir a dormir a su casa, fuera la hora que fuera. A veces me metía mucho con ella, por ser como una madre: sobreprotectora y aburrida, pero en el fondo se lo agradecía.

La pasta todo lo-curaStories to obsess over. Discover now