Un solo sorbo de whisky fue el que bebí cuando salí de aquel lugar, desorientada y confusa pues la bebida por fuera no parecía ser tan fuerte y el único sorbo que ingerí bastó para marearme, sin embargo, allí me encontraba, en medio de un lugar reconocido por su gente extravagante y ambiente bohemio.
Sin más que hacer allí, camine con la intención de distraerme antes de llegar a tomar el tren en la estación, caminar nunca ha fallado como una acción distractora, pensamientos sobre los quehaceres futuros se presentan en mi mente y en un vano intento de organizarlos, me distraigo pues el frío que me acompaña es doloroso, la calle no ayuda mucho, es oscura, larga, la música de aquel sitio retumba en mis oídos con fuerza y me molesta. La vereda se llena de musgo en las orillas, mis zapatos resonaban con cada paso que daba pese a la densidad del musgo.
Al llegar a la estación, me encontré con una reja cerrada indicando que, ya era demasiado tarde y estaba inhabilitada aquella línea de transportes, una pizca de desesperación inundó mis manos, estaban apretadas, sudorosas dentro de los bolsillos de mi chaqueta, no tenía más que sensaciones aquella noche, junto con las que el exterior me provocaba.
Así que caminé, en mi compañía faroles de luces anaranjadas en cada esquina, pensaba en aquel momento en todas las veces que escribí sin poder terminar, sin siquiera haber plasmado un poco de mis intenciones en la ruidosa máquina de escribir que me había regalado mi padre.
No buscaba encontrar algún bus que me acercara a mi destino, pues no sabía con exactitud si me dirigía a algún lugar, o si se trataba de una fuerza mayor que me llevaría a algún sitio, poco me importó ser mujer, veinteañera, atractiva y de presencia intimidante en ese momento, aunque sabía que aquellas características podían causarme la muerte en una noche solitaria, caminando por una gran alameda fría, siendo un blanco fácil para cualquier hombre despiadado.
En cuanto a las sensaciones, todas se reducían a un ardor en el pecho conforme caminaba, esto debido a las bajas temperaturas que se negaban a ascender, a mi parecer, una insinuación del mundo a retenerme sola, encararme sola al camino que estaba por delante.
Me llamaba la atención los logos de cada negocio, las letras redondas, los precios sugerentes para acceder a comprar por el precio más bajo, miraba de reojo los perros callejeros y claramente desnutridos que dormían en las distintas esquinas por las que cruzaba, me preguntaba cuando habrá sido la última vez que tomaron leche de su madre, siendo cachorros. Me observaba cada que podía en ventanas con espejos, procuraba tener cara amenazante por si algún malhechor se atrevía a robarme.
Aquella noche me sentí humana, mi alma se pegó a mi piel y experimenté todo lo que pude, antes que aquel sorbo de alcohol me llevara de golpe al piso y mi cabeza se encontrase con el musgo de la calle, dejándome inconsciente. No sé si mi cuerpo existió más, si alguna sombra u hombre me tomó para su poder en la oscuridad, puesto que en ningún instante me percaté de que me seguían, que me querían, que el whisky no pegaba tan fuerte, como para hacerte mujer, vulnerable y desecha en la calle, siendo una con la humedad del invierno y el frío musgo adentrándose en tu piel.
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Alameda
HorrorUna noche, un solo sorbo de whisky y un camino que parecía no conducir a ninguna parte. Mientras una joven atraviesa una ciudad fría y desierta, la realidad comienza a desdibujarse entre el miedo, la vulnerabilidad y una extraña sensación de destino.
