·Walid·
El latir de mi corazón era tan fuerte que sentía que opacaría toda la habitación.
Me levanté de la cama decidido hacer aquello, y fui directo al espejo del armario.
«Todo saldrá bien» me convencí a mí mismo.
Me detuve frente al espejo. En el reflejo, mis ojos delataban el temblor que intentaba contener: nervios, angustia y quizá algo más profundo... miedo. Miedo a lo incierto, a ese mañana que aún no tenía forma.
Al salir de la habitación apagué las luces y cerré la puerta.
Mientras descendía las escaleras, con la mirada clavada en los peldaños, sabía que mis nervios flotaban en la superficie, expuestos como heridas abiertas; nunca fui hábil ocultando lo que sentía.
Cuando llegué a la planta baja fui directo al comedor, tenía las manos sudadas y me temblaba todo el cuerpo.
Entré al comedor y vi a mis padres sentados cada uno en una esquina de la mesa, me dirige al medio y me senté, visualicé a mi padre con la cabeza baja comiendo y a mi madre igual.
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—Padres —asentí con la cabeza, reuniendo el poco valor que me quedaba—. Necesito hablar con vosotros de algo con lo que no estoy de acuerdo.
Me froté las manos contra los muslos, una y otra vez, como si así pudiera desgastar los nervios que me arañaban por dentro.
—Di lo que tengas que decir y déjate de gilipolleces Walid.—Sentenció mi padre.
El aire se volvió más denso. Mis manos comenzaron a moverse con mayor rapidez sobre la tela del pantalón; mi respiración, antes contenida, empezó a traicionarme en pequeñas bocanadas irregulares. La pierna me temblaba sin permiso, marcando el ritmo de mi ansiedad.
Mi padre alzó la cabeza y clavó sus ojos en mí. Mi madre hizo lo mismo. Dos miradas expectantes, firmes, esperando que no retrocediera.
«Eso no es nada bueno...»
Agaché aún más la cabeza, sintiendo el peso de la mirada de mi padre caer sobre mí como una losa.
Siempre había querido sostenerle la mirada, mantenerme firme ante él... pero nunca lo conseguía.
—¿Y con qué mierda no estás de acuerdo ahora, Walid? —preguntó mi madre. Su voz no era un grito, pero llevaba filo; una irritación contenida que cortaba más que cualquier alarido.
—Eh... —la palabra se me rompió en la garganta. Me temblaba la voz; el aire no quería entrar en mis pulmones—. No... no quiero casarme.
La frase salió deshecha, desgastada antes de terminar de nacer.
Y el golpe fue inmediato.
El puño de mi padre se estrelló contra la mesa con tal fuerza que todo tembló. Los vasos volcaron, el líquido se derramó como una mancha que se extendía sin control; algunos cubiertos cayeron al suelo con un estruendo metálico, otros vibraron sobre la madera antes de quedar inmóviles.
Y en medio del caos, hubo silencio.
Un silencio mucho más peligroso que el golpe.
—¿Por qué? —la voz de mi padre era grave, espesa, todavía vibrando con el golpe que había dejado su puño incrustado en la mesa—. ¿Por qué mierda no quieres casarte?
Lo miré. Y en mis ojos había algo que llevaba años creciendo en silencio: odio. Un odio denso, oscuro, que deseaba, algún día, se liberarse y arrasara con todo.
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Ingredientes para una conexión casi perfecta
RomanceLa vida Walid Jones se ve afectada cuando sus queridos padres lo quieren casar con la Duquesa de la ciudad, pero... a el no le van las chicas y sus padres no lo saben, pero aun así decide decirlo. Pero aquello empeora más su relación con sus padres...
