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Aquel año mi padre se empeñó en comprar una cabaña. Las ganancias últimamente habían aumentado considerablemente. Papá siempre había querido comprar una cabaña en el bosque, y ante la oportunidad de adquirir una nueva posesión que presumir a sus amigas, mamá aceptó sin reproches.

Yo no quería ir. La idea de estar alejada de mis amigas en mitad del bosque, rodeada de bichos no era agradable. Sin embargo, mis súplicas fueron en vano.

Al siguiente día, ya estábamos de camino. El viaje fue largo. Mi madre y mi hermano Paul no paraban de hablar de lo ansiosos que estaban por ver la que sería su casa en los próximos meses. No hice mucho caso a su conversación. Me pasé todo el viaje mirando por la ventana del carruaje, pensando cómo ahora mis amigas estarían juntas, jugando y divirtiéndose. Me molestaba la idea de que pudieran estar disfrutando sin mí, pero no había nada que pudiese hacer.

Tras unas interminables horas de viaje llegamos a la famosa cabaña. Era más pequeña de lo que me imaginaba. Pude notar una leve decepción en la cara de mamá.

Los siguientes días pasaron lentos, muy lentos. Estaba aburrida. Papá estaba concentrado trabajando, mamá estaba muy ocupada consigo misma y Paul, no sabía qué hacía Paul. No me lo quería decir, era demasiado pequeña para estar con él. Era demasiado pequeña y tonta para igualarme a él y según él "para disfrutar del placer de su compañía". No entendía bien el significado de sus palabras. Nunca había querido jugar conmigo y no parecía importarle. Si a él no le importaba, entonces él a mi tampoco.

El tercer día, cuando terminé de revisar todos los rincones de la casa, ya había empezado a odiar este lugar. Quería irme.

Después de comer, mi familia siguió con sus rutinas diarias. Yo, sin saber qué hacer, salí por la puerta trasera. Me dispuse a dar un paseo y conocer los alrededores. Mirase por dónde mirase todo estaba lleno de naturaleza. Tenía sentido, estaba en un bosque.

Volví a pensar en mis amigas. Me puse melancólica. Seguro que ellas no tenían que pasarse el día solas.

Estaba tan absorta en mis pensamientos, que ni siquiera me di cuenta de lo lejos que me había alejada de casa. Estaba desorientada. Me había perdido.

La inquietud empezó a crecer por todo mi cuerpo. ¿Por dónde había venido? ¿Había pasado por este camino? ¿Este árbol no es el que he visto antes?

Caminaba sin saber a dónde me dirigía. A lo lejos, distinguí un sonido. Era agua. Como si de un impulso se tratará, eche a correr. Allí vi una cascada que terminaba en un pequeño lago.

Mi yo de nueve años no sabía qué hacer. Estaba perdida. Había escuchado suficientes historias como para saber que las niñas perdidas no acababan bien.

Me senté en la orilla del agua, haciéndome una bolita. No podía pensar con claridad. Mis únicos pensamientos eran en cómo iba a terminar muerta en un bosque, por la noche, comida por los lobos. Ni siquiera sabía si en esa zona había lobos, pero no podía parar de llorar.

De repente vislumbre una pequeña luz en el agua. ¿Qué había sido eso?

Levanté la cabeza y entonces la vi. Era una criatura extraña y a la vez hermosa. En mi corta existencia nunca había visto algo tan bonito. Su belleza hizo que olvidará mis problemas y dejase de llorar casi de forma inmediata. Su piel tenía un tono azulado, no era humana.

Me miraba fijamente con sus ojos. Sin decir una palabra, levantó el brazo, señalándome. De repente, una luz se formó en la palma de su mano y empezó a moverse. La extraña criatura me hizo un gesto. Quería que la siguiera. Eso hice, seguí la luz durante un rato hasta que desapareció. Me había llevado a casa.

Aquella criatura me guio a casa. Mi interés en este lugar aumentó. Tenía que saber qué era eso. Tenía que darle las gracias.

Al día siguiente, dispuesta a encontrar a la criatura, volví a sumergirme en las profundidades del bosque.

El Bosque de las Flores ProhibidasStories to obsess over. Discover now