Romace temporal

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Mi piel ardía, mi cabeza daba vueltas y mi estómago se revolvía. Ese día, volví nuevamente con hambre.

Al entrar a mi apartamento me abalanzé hacía la nevera y engullí como un animal salvaje todo lo que se encontraba. Las náuseas vinieron a mi cuando tragaba la carne cruda mientras la sangre goteaba, no me importó, la sensación placentera de tragar era demasiada como para parar. Aunque la satisfacción de mi cuerpo no duró mucho, me dirigí hacía el lavabo del baño y vomité todo lo que pude.

No pasó mucho para que el vacío insólito que se asentaba en mi pecho volviera a mí como una pesadilla. Mi corazón se enfrió y la desesperación irracional daba vueltas en mi cabeza.

Otra vez la agonía ajena me atacaba.

La muerte rondaba mi cabeza desde hacía años, podía sentir la inminente desaparición de un alma incluso horas antes de que ocurriera, pero cuando finalmente fallecía la sensación podía llegar a atormentarme por semanas.

Encendí la radio y escuché atentamente. Incendio a unas tres cuadras, no muy lejos ni difícil de llegar, pronto ya me dirigía hacía el edificio en llamas. Todas las noches prendía la radio y esperaba que una persona estuviera en peligro, con suerte, sería aquella la que se encontraba en mi radar.

En el edificio pude ver a varias personas siendo retenidas y vendadas. Yo no tenía nada que perder, por lo que me lanzé sin siquiera un plan, aún escuchaba los llamados de los policías y bomberos pidiendo que volviera porque ya no había nadie, pero los llantos de una mujer llamaron mi atención, sonaban perturbadores a mis oidos, de manera grotesca parecía estar muriendo frente a mi.

Entré al edificio y cruzé el pasillo con rapidez, los llantos habían cesado, pero la asquerosa sensación en mi no había desaparecido. Subí las escalera aún más concentrado en encontrar a la mujer. Cada paso que daba me hacía sentir peor, lo cual era una buena noticia pues significaba que ya estaba cerca. Después de recorrer algunas habitaciones la vi.

Era una mujer gorda que no parecía tener más de 27 años, ella al verme, prácticamente se tiró a mis brazos llorando.

—Está bien, te sacaré de aquí.

Hablé tranquilamente para no alterarla más, ella asintió y yo corrí hacía una ventana, era el piso número cuatro y ella claramente lo sabía, pues empezó a agitarse.

—¿¡Estás loco!? ¡Nos vamos a matar si caemos desde esta altura!

—No.

—¿¡Cómo que "no"!?

Aunque tenía una voz interesante, no quería seguir escuchandola más, por lo que la levanté sin mucho esfuerzo y salté por la ventana.

Para que no se asustara la puse encima mio, mi espalda directo al suelo. Cuando abrió su boca para gritar, recibimos el impacto. Mi espalda hizo un sonido algo desagradable. Ella tartamudeó y aún estupefacta me miró.

—¿Estás bien?

La oi susurrar, luego de eso, se desmayó.

Mi pecho se relajó, la muerte ya no estaba cerca, sonreí antes de desmayarme yo también.

No pasó mucho hasta que me desperté, con la sensación vacía atacandome de nuevo, no pude evitar maldecir. Abrí mis ojos y miré con detenimiento el techo de concreto blanco, la luz neutral entraba por mis retinas suavemente.

Giré a mi costado y ahí estaba ella, recostada en una camilla no muy lejos de la mia mirandome con sus ojos verdes. Parecía estar bien, pues me sonrió.

—Me alegra que estes bien, creí que no despertarías— Estiró su mano cerca a mí—Gracias por salvarme.

Estiré mi mano con dificultad, no sabía si era eso lo que ella quería, pero rozamos nuestros dedos. Mi corazón parecía envolverce en una seda, los gritos intensos en mi mente desaparecieron y me sentía lleno, como si acabara de comer un inmenso banquete de deliciosos postres.

—¿Lo sientes?— Murmuró con ese acento marcado que me había llamado la atención la primera vez.

Se estiró aún más, mi mano y la de ella se estiraron juntas, bailando nuestros dedos en un vals hasta entrelazarse. Mis mejillas se sintieron calientes, ella se rió y me sentí algo cohibido.

—Así me sentí cuando llegaste por mi.  ¿Cuál es tu nombre?

—Darcy.

—Eres un hombre de pocas palabras ¿No es así, Darcy?

—Lo soy.

Ella rió de nuevo, parecía que era algo que hacía seguido.

—Me llamo Dafne. Deberías de saberlo para cuando venga a visitarte.

Dafne no había demorado en salir del hospital, solo tenía algunas quemaduras y necesitaba medicamento a diferencia de mi, uno de los discos de mi columna se había dislocado, por lo que tuve que quedarme allí a esperar que pudiera caminar por mi mismo. El dinero no era un problema, por lo que simplemente acepté lo que venía.

Pero tal como ella había dicho me visitaba todos los días, siempre venía junto con una canasta de  frutas y un libro titulado "Orgullo y Prejuicio", que aseguró que me encantaría pues uno de sus protagonistas se llamaba Darcy al igual que yo.

No pensé que hablara enserio sobre visitarme, pero tampoco es como que quisiera que dejara de venir.

Siempre al terminar de leer, le gustaba hablar de su vida y de como yo le agradaba mucho. Esto empezó a repetirse, las semanas pasaban y Dafne jamás faltaba a su "Hora de lectura con el paralítico" como ella le llamaba.  En ese tiempo aprendí muchas cosas, como que era huérfana y trabajaba en diseño de interiores, que le gustaban los gatos y todo tipo de animal peludo, oh y también odiaba el picante.

Irrelevante.

Yo mismo no lo creía, pero terminé confesandole gran parte de mi vida. Todo era su culpa, cada que hablabamos sentía como si nadie estuviera muriendo en ese hospital. Como si el mundo y mi propia mente solo estuvieran para nosotros, para ella.

Darcy.

Ella llamó cerrando el libro y por fin volví al mundo real.

—Si, dime.

—¿Cómo fue que me encontraste?

—De qué hablas.

Dafne algo seria me miró, —En el incendio, los bomberos ya se habían ido. ¿Por qué estabas tú allí?—

—Pude oir tus gritos.

—Cuáles gritos Darcy, yo nunca grité.

Mi mentira se hacía evidente, nunca hubo gritos reales, era solo el espíritu de Dafne pidiendo piedad junto a la muerte.

—No lo recuerdas.

Un pequeño silencio se hizo entre nosotros. Luego fingí demencia tipo 1 y comí una manzana. Dafne me siguió sin cuestionar y mientras nos comiamos una manzana nos tomamos de las manos.

Desde entonces, Dafne nunca se fue y yo jamás le dije que lo hiciera.

Cuando salí del hospital, cuando iba a mi apartamento a leer, cuando la invité a vivir conmigo, cuando salimos a una cita, cuando me pidió que fueramos novios, cuando compramos una casa, cuando adoptamos un gato, cuando le pedí matrimonio.

Y estuvo allí cuando le confesé mi maldición, cuando expliqué que sin ella cerca solo podía sentir a otros sufrir, cuando le expliqué que yo jamás podría morir por hacer un pacto con el mismísimo demonio y aún peor, por razones egoístas. Pero aún así ella nunca me abandonó, solo me sonrió y abrazó.

Entonces desde ese día, las cosas han cambiado. Ahora con mi maldición "Al que Dafne insiste en llamar super poder" salgo a ayudar y salvar personas. Y cuando llego a casa me recuesto junto a mi esposa y vemos series románticas hasta que puedo dormir con solo ella en mi mente.

Y yo sé que esto es temporal, pues Dafne como cualquier humana, morirá en algún momento. Pero intento no pensar en eso, si no quedarme en el presente y disfrutar el tiempo que me queda con mi angél guardián.











Romance TemporalWhere stories live. Discover now