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Capitulo único

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Las viejas revistas ya no le satisfacían. Al inicio, creyó que se debía a que se había aburrido de ellas, o que masturbarse seguidamente le había atrofiado el cerebro. Ahora que se encontraba bebiendo licor en un bar de mala muerte, cayó en cuenta de que el verdadero motivo de esa insatisfacción era que la culpa le hacía imposible disfrutar su nueva vida. Ya llevaba una botella entera consumida por él solo, y ahora que había pedido la segunda al encargado de la barra, decidió que tenía que desterrar aquel sentimiento opresivo. Entre murmullos hablaba para sí mismo: «¿Qué otra cosa podía hacer?», «Yo no tengo responsabilidad —recostó la cabeza sobre la mesa—, en qué pensaba el maestro Kishibe».

Todas estas cosas se decía Denji a sí mismo, justificando su actuar de días antes, donde dejó a su suerte a la niña que se supone debía cuidar. Estaba perplejo. La sola idea de tener que vivir con ese demonio le aterró, con la cara desencajada en aquel parque, observaba el rostro inexpresivo de la niña. Sus ojos anillados le miraban fijamente, y ante su sorpresa escuchó «Perrito», y se estremeció. Le dijo a su maestro que no podía con la misión, pero al voltear ya no estaba con él, lo había dejado. La niña montaba a uno de los canes como lo haría un jinete. Y luego se recostó sobre su lomo. Sus hermosos ojos dorados eran como los de ella. Los de Makima.

Denji no tenía el valor para criar a su reencarnación. Jaló de la correa del perro para llevárselo a su casa junto a los demás, pero la niñita seguía aferrada a él.

—¿Cuál es tu nombre, pequeña niña? —preguntó Denji con un ligero temor en su voz.

—Nayuta —respondió ella con calma.

—Nayuta, me tengo que ir. Y los perros vienen conmigo. Así que tienes que bajarte.

Lo miró con detenimiento, alerta a cualquier ataque que pudiera realizar, pero la niña solo lo observó por un largo rato y luego bajó del animal. Eso le pareció fácil. Pensó que tal vez se debía a que ella reconoció el olor demoníaco dentro de él y dedujo que no le convenía un combate con él.

—¿Vas a volver? —dijo la niña.

—¿Qué cosa?

—Si vas a volver... con los perritos... —habló Nayuta acariciando a uno de ellos, quien le lamía la cara.

—Sí... Aquí los paseo siempre.

—¿Cuándo? —preguntó con curiosidad.

—A diario, pero a veces no tengo ganas de sacarlos —Denji estaba algo nervioso, pues la niña parecía muy lista, y eso no le daba confianza—, adiós —dijo y se dio la vuelta para marcharse de allí, sin voltear hacia atrás. Esperaba no volver a ver a la niña, pero por alguna razón sabía que no sería así.

Levantó la cabeza y sentía que las cosas a su alrededor se movían; ya estaba ebrio. Se puso de pie, listo para salir de aquel local y regresar a su vivienda. Cuando la voz del bartender le llamó: «Hey, ¿no querías una más?». Denji sacó un billete de su pantalón, lo puso en la mano del viejo, agarró la botella y caminó cerca de la salida. Allí se sentó en una mesa desocupada. Sería lo último que tomaría antes de largarse.

La noche en que vio a la reencarnación de Makima, descansó bien. No sentía culpa alguna; al contrario, una sensación de libertad lo invadía. “No soy un perro”, se repitió esa noche, hasta quedar dormido. Pues, Denji no quería que ningún demonio le quitara un ápice de aquella normalidad que había obtenido después de tanto sacrificio. Largos años en los que sirvió a la Yakuza con una deuda impagable, largos años de comer basura y pasar hambre, no más. Ahora era un hombre libre, no cambiaría eso por nada. Lo único que Makima le dejará serán las memorias de los momentos que compartieron juntos, su hermosa figura femenina seduciéndolo. El sentimiento de amarla. El sabor de su carne en un guiso y el de sus huesos en una sopa.

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⏰ Última actualización: Jan 01, 2024 ⏰

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Denji no sabe apreciar un cuadro Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora