Maremágnum

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I

Eran vísperas del día de las brujas. Año 1340. La aprendiz Lilian estaba colocando el último instrumento necesario para realizar su ritual. Observaba sus huesudas, pálidas y tembleques manos sujetando la vasija de arcilla en la que había vertido sangre animal.No sabía qué le esperaba ni para qué servía el ritual; solo sabía que tenía que hacerlo.Tampoco sabía su propia edad, pero se sentía joven y su piel no tenía arrugas de ningún tipo. No se atrevía a desobedecer a su amo, el legendario brujo Valzirian. Las velas apenas iluminaban ese olvidado lugar en medio del espeluznante pantano. Sin embargo, había colocado todos los objetos con cierto cariño y cuando contemplaba todos los utensilios de lejos, hasta parecía un lugar acogedor. 

En ese momento un cuervo se posó en una de las ramas de los árboles más cercanos a ella. Escuchó el batir de sus alas y suspiró con cierta resignación. Se apresuró a decir laspalabras necesarias para realizar su encantamiento, las que le había escrito Valzirian enun papel amarillento. Por fortuna no eran muchas y no tuvo que repetirlas. 

II


En medio de un viejo anfiteatro ubicado en un diminuto pueblo, un joven juglar estaba ensayando los versos con los que alegraría a la princesa el día siguiente. Ya era de noche. Dijo a los demás juglares que no le importaba si ella no le recordaba después o si sus versos se perdían junto a las otras decenas que dirían sus compañeros, pero en el fondo, quería ser el único en ser recordado. Aunque él no lo sabía, los demás querían lo mismo. Era una competencia que no se habían atrevido a discutir entre ellos. 

 El joven juglar se mantuvo con el mentón en alto mientras ensayaba y se acompañaba de un viejo laúd que tocaba desde hace diez años. De un momento a otro, sintió sus dedos más pesados y creyó estar haciéndose más viejo. También los vio manchados de arcilla fresca. Corrió hasta llegar a la posada, ubicada unas calles más allá. Fue a lavarse con agua y la suciedad seguía indemne, reacia a salir. Empezó a sentir un hormigueo en el rostro y poco a poco le costaba más moverlo. Presuroso, fue a verse en un espejo, el cual le dio la respuesta. Estaba convirtiéndose en una estatua de cerámica. Su piel estaba pálida, como si fuera cerámica recién trabajada. Extrañamente, de su boca salió un poco de líquido rojo. No era sangre, era pintura roja. 

Exasperado recordó la noche anterior. Había creído que sólo había sido un sueño. Había oído un desesperado grito de auxilio en medio del pantano en el que habían hecho sus tiendas de campaña la noche anterior. Cuando llegó el lugar, lleno de árboles contelarañas que producían extrañas sombras, una cadavérica mano se alzaba en medio de una tétrica laguna. Al fondo de ella, entre la maleza oscura, vio lo que parecía ser una puerta hecha de varillas de hierro y le entró curiosidad por saber adónde llevaría, pero volvió a ver la mano. Creyó que sería la de algún desafortunado compañero. Para su horror, al tocarla para ayudarle, esta se deshizo en el aire como si hubiese sido sólo polvo. Recién recordó entonces que esa solía ser la estrategia de pérfidos brujos para atraer a nuevas víctimas, para usar sus huesos en sus encantamientos. Se fue corriendo por donde había venido y cuando recuperó la lucidez estaba de vuelta en su tienda de campaña, echado como si estuviera durmiendo. Por eso había pensado que sólo había sido un sueño suyo, pero ya veía que no.

III

Un pequeño cuervo se balanceaba sobre la rama de uno de los secos árboles en un bosque azul. Lilian ya había recogido todos sus utensilios cuidadosamente y los había guardado en sacos de tela. Sólo aguardaba a que su amo apareciera, recostada sobre el tronco de un árbol, y así poder partir de ese aterrador lugar. Valzirian le había dicho que ese era el último ritual que harían en mucho tiempo y que con suerte podrían dejar el pantano e ir a un lugar más abierto. 

MaremágnumWhere stories live. Discover now