El Despertar del Yosais Sangriento

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En la taberna, tras superar la segunda ronda, llegó el momento de invocar una historia que dejara una marca imborrable en los presentes. Todos los ojos se volvieron hacia el Saaruro tuerto de la esquina de la barra. Su ojo reptiliano escudriñó a la audiencia antes de reposarse en el horizonte imaginario. Al apoyar su brazo sobre la mesa, reveló la piel dura característica de su raza, marcada por el inexorable paso del tiempo, y dio inicio a su relato.

En medio del caos de la guerra, un batallón implacable logró someter a un grupo de yosais, la raza distinguida por su gran estatura, rostros libres de vello y tres dedos en cada mano. Estos seres, que siempre personificaban la bondad, se vieron subyugados bajo el yugo de un emperador morja, cuya codicia y maldad eran insaciables. Los cautivos fueron vendidos como esclavos al Reino de Pirosu por el Reino Huyer, sumidos en una trágica espiral de desesperación.

Entre los prisioneros destacaba uno cuya mera presencia resultaba irritante para sus captores. Este guerrero excepcional, cuyo propósito era proteger a quienes le rodeaban, se resistía a la idea de matar sin razón, siempre atacando en defensa propia. Su espíritu indomable se convertiría en una chispa de esperanza en medio de las tinieblas que se cernían sobre su destino.

El viaje hacia el Reino de Pirosu llevó a los cautivos a través del océano en un barco, y posteriormente, en tren hasta su destino. A medida que se acercaban, las imponentes estatuas de los grandes héroes del reino saludaban a los recién llegados en la entrada. Sin embargo, el ambiente festivo que se vivía entre la multitud que rodeaba los medios de transporte contrastaba fuertemente con la tragedia que aguardaba a los yosais.

El guerrero yosais, con su espíritu indomable, continuaba siendo la voz de sus compañeros, enfrentándose a los guardias y solicitando lo que necesitaban. Su determinación y resistencia solo avivaban el descontento entre los esclavizadores, quienes veían con desagrado la firmeza del guerrero ante las adversidades. La vulgaridad del espectáculo que presenciaban no pasaba desapercibida para el yosais, quien, a pesar de su situación, mantenía su dignidad y rechazaba participar en el degradante juego de la apuesta.

En el coliseo, los guardias presentaron un informe detallado sobre cada uno de los presos, destacando particularmente al guerrero yosais como un individuo problemático. Con gestos amenazadores, los llevaron a las mazmorras ubicadas debajo del imponente edificio del coliseo. Allí, recibieron una explicación fría y despiadada: sus vidas tenían un precio, y ese precio dependía de su habilidad para luchar y sobrevivir.

Les informaron que aquellos que lograran ganarse el favor del público podrían tener el título de "héroe", una distinción que, aunque aparentemente honorable, estaba marcada por la brutalidad de los combates en la arena. La perspectiva de enfrentarse en la arena y depender de la aprobación del público para determinar su destino pesaba sobre los cautivos, y el guerrero yosais comprendía que su camino hacia la libertad estaba pavimentado con sangre y victorias en el coliseo.

La mañana siguiente, los presos recibieron un desayuno desabrido: maíz en agua, una mezcla insípida que apenas satisfacía sus necesidades básicas. Mientras consumían la pobre ración, los prominentes señores del coliseo, conocidos por su reputación y sadismo, observaban desde lo alto, cada uno eligiendo a su guerrero como si fueran piezas en un macabro juego de ajedrez. Desde la distancia, se percibía el murmullo de apuestas y predicciones sobre quién sería capaz de sobrevivir en la cruenta arena.

Con la llegada de la tarde, se desataron los primeros duelos en la cruenta arena. Las caídas se sucedían una tras otra, y el hedor a muerte impregnaba el aire de forma persistente. Finalmente, llegó el turno del yosais, a quien le asignaron enfrentarse a uno de los llamados "héroes" del estadio. Los guardias soltaron al preso y arrojaron al suelo una espada corta sin filo, mientras su contrincante exhibía sus habilidades ante el público expectante.

La batalla parecía inclinarse hacia su fatal desenlace. Debilitado por el arduo viaje, el yosais recordó a su familia, en especial a su hermano también cautivo. La necesidad de sobrevivir se volvió más imperante que nunca. Resistió varias estocadas, hasta que finalmente levantó la espada para contraatacar, logrando que el supuesto "héroe" tropezara y perdiera su arma. En el coliseo, un silencio dramático se apoderó del ambiente. El yosais, en su interior, pedía perdón mientras descendía la punta de la espada directamente hacia el ojo del contendiente, atravesándolo y llevando el mango hasta la nariz, clavándolo en el suelo. El público estalló en gritos, y aquellos que habían apostado en su contra se veían fastidiados por la inesperada situación.

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⏰ Last updated: Feb 13, 2024 ⏰

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