Martha - Una espinita clavada

263 11 0
                                        

Siempre que me despierto en una habitación extraña me sucede lo mismo. Durante unos segundos, a mi cerebro le cuesta situarse, y por unos breves instantes tengo la inquietante pero seductora sensación de poder elegir qué persona ser y qué tipo de vida llevar. Luego, poco a poco, los contornos de la realidad se redefinen, la lógica vuelve a inundar el mundo y los datos de mi personalidad van haciendo acto de presencia: soy Martha Granados, doctora de familia, felizmente casada y madre de una chiquilla que empieza, muy a mi pesar, a tener más de mujer que de niña.

No es, desde luego, malo en absoluto despertarse dentro de mis zapatos. He alcanzado el éxito profesional antes de llegar a los cuarenta, soy una persona alegre y sociable y mi vida familiar solo puede calificarse de muy satisfactoria. Tengo un marido que me adora y una hija que es un sol, cada pieza del puzle que con esfuerzo he ido componiendo encaja a la perfección y toda mi existencia parece discurrir de un modo deliciosamente adecuado.

Entonces, ¿cómo se explica que hoy, al despertarme en esta habitación de hotel, lo primero que he visto a mi lado haya sido el contorno de una espalda desconocida? Tan irreal me ha parecido la situación que incluso he tenido que rozar suavemente la piel apenas entrevista bajo las sábanas para cerciorarme de que no sigo soñando. Observando atentamente, me he fijado en lo que parecen unos hombros delicados y esbeltos, cubiertos por un pelo largo y ondulado. He reparado también en la fragilidad que desprende el cuerpo que yace junto al mío, fragilidad que queda sin embargo desmentida por la rotunda forma de unas caderas cubiertas solo parcialmente a mi mirada.

Ya no cabe duda: por increíble que pueda parecer, a mi lado hay una mujer desnuda. Como siempre, los detalles van acudiendo despacio a mi memoria, ayudando a que vuelva a situarme en este mundo que, hoy más que nunca, parece distinto al de cualquier otra mañana. Así, he recordado que la joven se llama Celia, que es la recepcionista del hotel donde me alojo y que... ¡dios mío, son casi las once! Tengo que darme prisa, sacar a esta intrusa de mi habitación y reunirme con mis colegas del hospital antes de que me echen en falta.

Tratando de ordenar mis ideas, salto de la cama y, con estúpido asombro, compruebo que sigo despierta, que por primera vez en mi vida he sido infiel a mi marido y que esto no va a desaparecer abriendo y cerrando los ojos ni chasqueando los dedos. ¿Cómo ha podido ocurrir algo tan impensable? En realidad, la pregunta carece de sentido. Yo sé perfectamente el camino que me ha traído hasta aquí, y fingir sorpresa o arrepentimiento sería una hipocresía inmensa por mi parte.

Sí, yo conozco cada uno de los pasos de mi traición, pero comprendo que cualquiera que esté leyendo esto se sentirá extrañado de que una mujer respetable, amante esposa y madre intachable, se haya dejado seducir con tanta facilidad por una joven de mirada traviesa y sonrisa pretendidamente inocente.

Supongo que hace falta que les explique algunas cosas para que puedan entenderme mejor, de modo que me veo obligada a retroceder en el tiempo unas cuantas horas. No se inquieten, no será demasiado. Es curioso, ahora que lo pienso, que la vida pueda a veces cambiar más en dieciocho horas que en dieciocho años...

Marcelia - Sonreír jugando al poker Bağımlısı olacağınız hikayeler. Şimdi keşfedin