-¡Con ustedes, el número 7!-. El grito del presentador se escuchó por todo el lugar y la multitud aclamó al recién llegado, cientos de gritos de júbilo invadieron el lugar.
Y mis oídos no podían más. Menos mis ojos.
Todo mi cuerpo sentía que no podía más, me temblaban las piernas y no dejaba de pensar en como sería cuando me tocara el turno.
El resto de participantes a mi alrededor estaban igual de nerviosos, aterrorizados de salir al escenario y enfrentar a todo ese público reunido solo para nosotros. O mas bien, solo para ellos mismos.
-¡Número 8 adelante, por favor!-. El número 8 avanzo con un tropiezo que casi lo desestabiliza por completo y se perdió tras el telón.
La cuenta avanzaba y la cantidad de personas frente a mi disminuía. Mi turno se acercaba y no estaba lista, nunca podría estarlo. Sentía el estómago en la garganta.
Mi vista seguía intentando adaptarse a la oscuridad, pero apenas si veía un par de siluetas y cada vez que el telón se abría me cegaba por unos segundos la luminosidad del otro lado, realmente parecía un completo espectáculo. Otra vez volvió a cegarme el resplandor cuando llamaron al número 9 y vi que solo quedaban tres participantes delante mío.
El miedo me abrumó, se sentía tan real ahora mismo.
Intenté retroceder, pero choqué con quien estaba detrás de mi y cuando me miró a los ojos vi mi mismo temor, ambos parecíamos ciervos encandilados por los faros de un coche que estaba a punto de atropellarnos.
El número 10 salió y con apenas un poco de luz filtrándose mientras las cortinas se cerraban, vi al 11 palidecer y al 12 apoyar una mano en su espalda como animándolo, o al menos eso parecía, pero sonaba más probable que solo quisiera asegurarse que alguien más lo separaba aún del escenario.
Llamaron al 11 y comencé a sentir lo mismo que el 12 minutos atrás, pero no lo toqué, solo observé su silueta y como dirigía una mano hacia su boca.
La mirada de uno de los organizadores bastó para que la bajara y recuperase la compostura.
El 12 salió igual que el número 8 con un ligero tropezón en el pequeño escalón de madera que comenzaba la escalera de ascenso hacia el escenario.
Yo también tropecé y el mismo organizador de antes me atrapó, me levantó de nuevo a mi lugar, se aseguró de que estuviese bien y dio un par de pasos atrás.
Sentía el tiempo pasar y en mi cabeza comenzaba a sonar el número 13, repetido, una y otra vez, como un disco atascado en el mismo par de segundos.
En algún punto mi mente dejó de funcionar, tanto que cuando realmente me llamaron, otro organizador me dio un ligero empujón para hacerme pasar a través del telón.
El presentador me tendió una mano cuando llegué a la parte superior de la escalera y con un temblor la tomé, el hombre joven y con un traje azul me acompañó hasta el centro del escenario, donde un pequeño pedestal me esperaba. Si antes las luces me habían cegado, ahora realmente lo único que veía era un color blanco amarillento impreso en mis retinas incluso con los ojos cerrados. Los reflectores apuntaban directamente hacia mi rostro.
-Aquí con nosotros está el número 13.-, el presentador dio un repaso por el público. -un número considerado eternamente como el de la mala suerte. ¡Pero esta noche decidimos cambiar esa suerte!
El público aclamó con fuerza.
-Mis queridos amigos, hoy traemos con este bello y temido número… ¡El mejor producto de la colección expuesta esta noche!
Los gritos de alegría no se hicieron esperar y las ofertas comenzaron, pero el presentador los apaciguó suavemente con la mano.
-Antes de comenzar, quiero indicar que este producto nació y vivió en cautiverio, con lo mejor que puedan imaginar-. Unos cuantos jadeos se escucharon levemente. -Sea quien sea que lo obtenga esta noche, solo puedo decir… que no hay forma de que se arrepienta de su compra-. El presentador hizo una pausa. -¡Ahora si! ¡Que comiencen las ofertas!
Y comenzaron otra vez.
-¡100.000 cuarios!- Gritó un hombre canoso con corbata roja a juego con su rostro sonrojado por la excitación del momento.
-¡150.000 por aquí!- Una mujer regordeta que no debía superar los 40 años saltó de su asiento.
Y la competencia siguió.
200.000; 500.000; incluso 800.000. ¿Eso era mucho dinero? Sonaba como mucho.
Alguien ofreció 1.180.000 y nadie más lo siguió. La oferta terminó y una hermosa mujer con un vestido azul a juego con el traje del presentador golpeo una pequeña campana con un martillo. Unos aplaudieron, otros se sentaron indignados, pero la mayoría solo observó en silencio como la pareja de la oferta máxima se abrazaba feliz.
Yo simplemente estaba ahí, de piedra, tal como cuando me llamaron por primera vez. Todo sucedió tan rápido que ni siquiera sabía que pensar, cómo seguir.
Un par de organizadores se acercaron a mi, me tomaron de los brazos y mis piernas fallaron. Prácticamente me cargaron en el aire, arrastrando mis pies por el piso hasta el otro costado del escenario y me bajaron por las escaleras.
Contrario a por donde entré, este lado estaba bien iluminado y mucha gente corría de un lado a otro gritándose entre ellos o cargando cosas. Pero todos me miraron, algunos como si fuese un anhelo, muchos más solo con indiferencia. En solo unos segundos seguían con sus caminos y yo quería gritar.
Pero no podía.
Me dejaron en una habitación con solo cuatro paredes y una puerta, muchas otras habitaciones continuaban por el pasillo, pequeñas, luminosas y todas cerradas con llave.
Esperé lo que parecieron horas, pero probablemente fueron solo minutos.
La cabeza me daba vueltas continuamente, pero al mismo tiempo me sentía adormecida, como si nada de esto fuera real, como si no me estuviese pasando a mi. Me recargué en la pared y bajé de golpe cayendo al piso sentada, a mis compradores no les gustaría eso. Pero a fin de cuentas ¿Por qué debería interesarme lo que ellos quisieran? Divagué y divagué.
Entonces la puerta se abrió.
Las luces de los dos espacios chocaron y me encogí en el rincón en que estaba mientras apretaba mis piernas contra el pecho. Pero nadie entró.
Me asomé. El pasillo estaba completamente vacío.
Fue entonces cuando comencé a pensar que, tal como había dicho el presentador, la suerte del número 13 en realidad si podía cambiar.
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Bocado de culpa
RandomEn una sociedad que considera el canibalismo como una práctica poco eficiente y muy costosa para conseguir alimento, pero legal, los valores morales de cuan lejos se puede llegar se ponen a prueba constantemente y algunos están dispuestos a llegar m...
