Los infiernos de don Miguel Ramírez

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1

Abriose sus ojos permitiéndole captar las primeras pequeñas partículas de luz, siendo consciente poco a poco qué le había acontecido y en dónde estaba. Miguel Ramírez se incorporó, a la par que, se percataba de habitar dentro de una celda. De un lado a otro recorrió toda la estancia con la mirada. ¡Sí! Estaba en un lugar encerrado por tres paredes y una rendija con barrotes.

—¿En dónde estoy? —preguntábase don Miguel paseando por la estancia encerrada—: ¿Acaso he de permanecer aquí en soledad?

Un ruido le descubrió a Miguel unos pasos menudos que indicaban a alguien acercándose a la celda en la que se hallaba.

—¡Hola, buen esclavo! ¿Qué tal el último sueño? ¿Lo ha disfrutado? —preguntó un esqueleto parlante.

—No lo recuerdo, aunque... ¿Por qué último? ¿Y qué es esto? Responde, hueso parlante.

—¿No lo sabe, buen esclavo? Entiendo...No ha mucho tiempo falleció usted —dijo el esqueleto solemnemente—, pasó sus últimos años de aquí para allá sin saber bien qué es lo que era usted. Entre unas cosas y otras no pudo usted ser algo, y como efecto de tal causa, vino usted a parar aquí siendo nada. ¿Me explico?

—¡Cómo se explica usted! Por supuesto que no se ha explicado. Tanto es así, que ni el mismísimo Aristóteles lo hubiera entendido.

—Bueno, bueno... No se sulfure —respondió a Miguel—, como te veo con ansias de saber, saber, saber y yo, ni me explico, ni tengo el tiempo suficiente para hacerme explicar. Veo yo que la mejor opción será llevarle con quien sí se ha de bastar para explicarse debidamente.

—Pues ya estamos tardando. Sácame de esta celda ahora mismo para que podamos ir juntos, tú delante y yo detrás, a donde se encuentre dicho ser capaz de explicarme en dónde estoy y qué hago aquí.

—Dicho y hecho —díjole el esqueleto mientras abría la puerta de la celda.

Y los dos se fueron.

2

—¿Quién es? —dijo tras escuchar que alguien llamaba a su puerta—. Habla ya, o te corto la lengua para que no vuelvas a hablar.

Se abrió la puerta un poco.

—Soy yo, mi buen señor —respondió cortésmente el esqueleto que hablaba—, y traigo a uno que, parece que no le ha quedado muy claro por qué está aquí.

—¡Éntramelo! ¡Ya! —mandó, tocándose la perilla con sus manos.

Don Miguel Ramírez entró en la habitación sólo, y el esqueleto se esfumó como niebla. Miguel vio a un ser diabólico de tres metros sentado en una silla enfrente de una mesa, cuya mesa tenía no sé cuántas pilas de folios.

—¡Hola, buen...! ¿Diablo? —preguntó Miguel extrañado.

—Sí, el mismo. Soy el diablo que gobierna estos sus infiernos. El infierno todo es mío —dijo levantándose—. Y, ahora... Dígale a este, su señor, ¿qué es lo que quiere?

Miguel se estremeció ante tal presencia.

—Mi buen demonio... O bueno... Mi mal demonio, pues un demonio no puede ser sino maldad —dijo reflexivamente—, necesito saber qué estoy haciendo en estos sus lugares. Cómo he llegado, y cómo he de volver a mi vida, por supuesto.

—¿Volver? A la primera pregunta puedo yo responderle con facilidad, don Miguel, en cuanto a la segunda... ¿Sabe usted cual es el hogar de un esclavo?

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⏰ Last updated: Nov 12, 2023 ⏰

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