- No puedo creer que para una vez que nos podemos ir antes porque el profesor se niega a dar clase con tan mala iluminación, hagamos horas extra – refunfuñó Anna.
- Y yo no puedo creer que pienses que esa letra se parece a la mía – protesté, mirando su trabajo por encima de su hombro -. Aprende de Eugenio, él sí que sabe captar mi esencia.
- Tirana – musitó Diana.
- Si ya, como si el idiota no quisiera captar tu esencia de otra forma – dijo en el mismo tono Anna.
Por mi parte, las escuché e ignoré a las dos.
- Gracias por ayudarme, Eugenio – le dije al susodicho, acariciándole una mejilla brevemente. Y la perfecta caligrafía de este sufrió un violento movimiento. Con toda la amabilidad que pude juntar, obvié este hecho.
- ¿Cuántas dijiste? – me preguntó Anna.
- Veinticinco cada uno – respondí, escribiendo la décima -, ¿cómo vais?
- Yo doce, y ya noto como me cruje la muñeca con cada movimiento – se quejó Diana.
- Toma cariño – le dijo Fran acercándole un vaso de Coca – cola para que bebiera, como si fuera a deshidratarse. Parecía que estaba corriendo una maratón, no escribiendo cuatro frases. Él estaba más bien de apoyo moral, porque la caligrafía nunca había sido lo suyo.
- Yo cuatro – apostilló Anna, quien si hubieran sido con su teléfono, nos habría dejado atrás en cuestión de segundos. Las conversaciones en los grupos de whatsapp, tratando de ser la primera en contestar siempre, curten mucho en esos casos.
- Yo terminé – declaró Eugenio, exhausto pero orgulloso.
- Pues sigue, yo tengo aquí unas cuantas – le sugirió Anna, tendiéndole el papel.
- Anna, no abuses – la regañé. Veo la ironía, que conste.
- Habló de orejas el burro – se burló Fran.
- ¿Quieres que te ponga a ti también? - lo amenacé.
- No señora – agachó la cabeza este. Sabía que tenía las de perder.
Aarón apareció en ese momento con más provisiones. Y la cara mustia de Anna fue substituida por una sonrisa tan radiante que todos pensamos en ponernos las gafas de sol.
- ¿Queréis algo más? - preguntó solícito, distribuyendo las bebidas entre los bártulos que había en la mesa.
- Depende de lo que entre en el lote – atacó Anna. Di puso los ojos en blanco y yo sofoqué una carcajada apoyando mi boca en la parte interna de mi muñeca. Aarón, por su parte, sacó su sonrisa más condescendiente, esa que parecía decir "que mona la niña con sus travesuras de nuevo".
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Kessel.
RomanceQuerida yo del pasado: Sé que es más que probable que nunca llegues a leer esto, a no ser que en unas horas inventen una máquina que me permita ir al pasado y entregarte la carta yo misma. De todas formas, si tuviera la oportunidad de ir al pasado n...
