Tus "te amo" se oyen raros, te ha cambiado hasta la voz
Me siento hasta pendejo creyendo todo lo que nos decíamos
Pero es verdad
Es tiempo de decir adiós.
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Siempre me gustaron mucho los cuentos de príncipes, de dragones y de princesas que se salvan solas.
Mi madre siempre me leía una de esas historias antes de irme a dormir en mi infancia, porque escuchar su dulce voz me generaba paz y me llevaba a crear en el interior de mi mente un mundo ideal donde yo me convertía en la protagonista de aquel relato.
Cuando lloraba con las manos llenas de tierra porque me había tropezado en el medio de un parque, estando tirada en el suelo rodeado de árboles que provocaban sombra, me imaginaba que una hada madrina venía a rescatarme y se acercaba volando con su varita mágica en la mano derecha para decirme que todo iba a estar bien.
Pero ese ser mágico no apareció nunca en mis caídas, nunca estuvo ahí para mí.
Ni cuando me sangraban las rodillas por el bruto golpe en aquel parque contra el suelo.
Ni cuando desaprobé mi primera evaluación de matemáticas y el número tres, escrito con tinta roja, brillaba sobre el papel.
Ni cuando perdí mi brazalete preferido de la suerte, aquel que mi mejor amiga del colegio me había regalado por mi cumpleaños número doce.
Ni cuando me senté en el balcón de mi casa aquella noche de luna llena y le pedí a las estrellas que por favor me ayudaran a que me dejase de doler el pecho a causa de aquel amor adolescente.
Y el hada madrina no apareció tampoco para evitar que un dragón de ojos marrones y cabello sedoso me arruinara totalmente la vida.
Todo ese mundo ideal fue simplemente eso, ideal. Producto de mi imaginación.
Creaciones de una niña pequeña que veía películas románticas y pensaba en que algún día a ella también le pasarían ese tipo de cosas, alguien la querría tanto que sería capaz de bailar a su lado bajo la lluvia o comprarle una flor por cada cosa que le gustaba de su persona.
Una niña que percibía el amor en el color rojo, que experimentaba mariposas en su estómago al ver al chico que le gustaba, que se arreglaba para que él la observara al menos un instante.
Tenía la inocencia de creer. La risa y los hoyuelos llenos de ternura y de verdad.
Una niña a la que le gustaba el otoño y las flores de color rosa pastel. Que se reía hasta que le dolía la panza. Que leía en voz alta algunas poesías y amaba escribir cartas para su ser amado, pensando que quizás alguna vez serían viejos y las leerían juntos como recuerdos de su pasado.
Una niña a la que le gustaba caminar agarrada de la mano, sin importar si las temperaturas eran altas y sus extremidades sudaban. Que no le daba miedo mirar a los ojos, intentando transmitir sus sentimientos.
Una niña indefensa, inocente, pura de corazón. Llena de sentimientos. Que creía que tan solo con amor era suficiente para salvar el mundo.
Que se imaginaba toda su vida perfecta y sin ningún problema.
Y es que yo se que dije, al inicio de todo, que la parte que más me gustaba del cuento era cuando la princesa se salvaba sola. Pero yo no soy de la realeza ya mí los monstruos me dan un montón de miedo.
Y esto tampoco es un cuento de hadas, porque no termina cuando cierro los ojos y me voy a dormir después de un beso en la frente de mi madre.
No. En la vida real, en el mundo concreto, el amor romántico no sucede para mí.
Esa experiencia mágica no es tan así. No incluye rosas ni cartas extensas escritas a mano, no es un amor adolescente donde todo se siente a flor de piel, no hay besos sobre mi cabeza ni caricias que dejan sus manos y perpetúan quemando por todo mi cuerpo. No hay nada, todo es vacío y cruel.
Porque no. El amor es el que te llena, pero al mismo tiempo es el que te desarma cuando se va.
Y no.
Esto no es un cuento, y yo ya soy demasiado grande para que mi madre me lea un libro todas las noches antes de irme a dormir.
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Carlos Sainz y Florencia Priz se conocen de toda la vida, ya que sus familias son viejos amigos desde sus épocas de juventud. Pertenecientes a la clase alta, con mucho prestigio y una fuerte presión social sobre sus hombros.
Él, único hijo varón de uno de los pilotos de Rally más reconocidos de España, debe continuar con su legado pero dentro de la Fórmula Uno. Ella, hija menor del empresario con mayores negocios en el continente europeo, debe hacer a un lado su sueño para acatar las órdenes de su padre.
Y es que no todo era malo entre ellos. Incluso tenían una relación cordial que, a pesar de que no llegaba a ser una amistad como la que la joven mantenía con las hermanas Sainz, era relativamente buena.
Hasta que un mal movimiento por parte de los adultos los llevó hacia el declive. Y ninguno de los dos pudo negarse ni pedir una objeción.
El acuerdo era la solución perfecta para salvar el pellejo y continuar manteniendo sus apellidos en la elite.
Debían casarse.
Pero, la pregunta es: ¿Qué sucede a partir de eso?