Locos, locos

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Cuando mi madre y yo nos mudamos a este barrio, lo primero que llamó mi atención fueron los postes de luz: la mayoría estaban tapizados con un papel que invitaba a un show de comedia, empalmado con otro que anunciaba un concierto de música norteña, encima de uno más que enumeraba los tipos de amarres y lectura de tarot que hacía una mujer en su domicilio; en las paredes de las casas había murales que representaban a los candidatos del PRI con grafitis encima.

Nuestra casa “nueva” tenía el piso cubierto de azulejos color verde con manchitas blancas; la pintura de las paredes estaba tan desgastada que, si la rascaba con mi uña, podía descubrir el antiguo color azul que las cubría. Al notar mi cara de desagrado mi madre dijo:

—Hija, aunque ya no vivamos con tu papá podemos mantener una vida parecida a la que teníamos antes; vamos a arreglar la casa poco a poco —aunque sus palabras eran para animarme, en el fondo ella y yo sabíamos que nuestra vida cambiaría casi por completo.

La primera mañana que desperté en la casa nueva escuché campanadas, primero suaves a lo lejos, luego más fuertes a medida que se acercaban, hasta convertirse en un ruido ensordecedor acompañado con unas voces frenéticas gritando: “¡Locos, locos!”. Mi madre y yo nos asomamos por la ventana para averiguar lo que ocurría y vimos a un par de hombres, entre los cincuenta y sesenta años, causando el alboroto. Eran delgados y de baja estatura, vestían ropa andrajosa y sus cabezas estaban adornadas con boinas descoloridas por el sol. Llevaban un carrito de supermercado que empujaban con los pies, las manos, la cabeza o el pecho, mientras se pasaban uno al otro la campana que agitaban en el aire, sin parar de gritar “¡Locos, locos!”. Mi madre y yo nos quedamos atónitas por el espectáculo. Sin apartar la mirada de la ventana me dijo que tuviera muchísimo cuidado en el camino a la universidad y que me conseguiría un gas pimienta por cualquier cosa.

En el fraccionamiento donde antes vivíamos la universidad me quedaba a cinco minutos caminando; aun así, algunos vecinos llevaban a sus hijos hasta la puerta de la escuela en sus BMW, Audi o Mercedes. Aunque yo me iba a pie y me burlaba de los que usaban su auto, cuando tomé el camión que iba de mi casa nueva a la escuela sentí una insufrible envidia hacia mis antiguos vecinos. Lo primero que vi al subir las estrechas escaleras del transporte fue a un muchacho medio ciego rasgando una guitarra en acordes sin sentido y cantando a aullidos una canción de Vicente Fernández. Luego de esquivarlo, el resto del autobús estaba repleto de personas que se empujaban unas a otras cada que se acercaba una parada. Pasé veinte o treinta minutos tambaleándome, sintiendo el calor corporal de decenas de cuerpos y aspirando el olor a encierro público. Cuando llegué a la universidad fui corriendo al baño y noté que mi aspecto era desaliñado y sudoroso, nada comparado con la frescura luego de cinco minutos de caminata matutina.

La mañana siguiente desperté más temprano para ver si lograba tomar un camión menos atestado de gente. Junto a los primeros rayos de sol, escuchamos los mismos gritos de “¡Locos, locos!” que desfilaban por la calle. Esta vez uno de ellos traía una bandera mexicana que agitaba con alegría de un lado al otro, mientras el segundo marchaba con pasos firmes, manteniendo su mano derecha en la frente como saludo patriótico. La vecina de enfrente estaba regando sus buganvilias y, al notar a los hombres pasar, alzó el brazo en dirección a la bandera y les sonrió. En cuanto se marcharon, mi madre me dijo que la acompañara para preguntarle a la vecina quiénes eran esos tipos y por qué les seguía el juego. Cuando cruzamos la acera, vimos a la señora acariciar unas margaritas que apenas estaban naciendo en una de sus macetas. Era una mujer entre los setenta y los ochenta años, muy delgada y encorvada; llevaba un mandil de pequeños cuadros azules y blancos, con el cabello gris recogido en una trenza adornada con flores nube. Alzó la mirada cuando nos percibió; mi madre nos presentó, le explicó que nos acabábamos de mudar y que tenía mucha curiosidad por saber algo sobre los espectáculos de las mañanas. La mujer sólo la vio a los ojos, parpadeando un par de veces, con expresión de curiosidad; mi madre me miró con nerviosismo sin saber qué más decir, cuando una niña de doce años, con el cabello adornado por las mismas flores que la anciana, salió de la casa y nos preguntó si se nos ofrecía algo.

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⏰ Last updated: Sep 11, 2023 ⏰

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