Dos años antes.
Se acomodó en una de las ocho butacas de su sala de cine diseñadas, exclusivamente, para mirar películas de la manera más cómoda. Colocó la botella de agua en el sitio indicado, en el apoyabrazos derecho, y tomó el dispositivo de realidad virtual, abriendo, luego, la suscripción de prueba que había adquirido esa misma tarde.
Nadie le quitaría la idea de la cabeza. Si la chispa de creatividad se había encendido, solo él podía apagarla, una vez que experimentara con ella y todas las opciones que existiesen en su mente.
Era bueno en lo que hacía.
Era inteligente, más que la media, mucho más que la media. Su razonamiento, tanto inductivo como deductivo, no lo llevaba a cometer demasiados errores. Era lógico, estructurado y frío a la hora de sacar conclusiones. Intentaba ser así solo en el área laboral. Tampoco quería ser el rarito toda la vida. Ya había pasado por eso y no había sido grato.
La experiencia de aquellos años, en la actualidad, era de agradecer, aunque, por supuesto, hubiese deseado no adquirirla.
Su intuición le decía que la idea que tenía sería una bomba tecnológica que, al estallar, traería aparejadas muchas oportunidades. La proyección de la tecnología que quería implementar no poseía límites. Si lograba conseguirlo, y estaba seguro de que así sería, él solo crearía una de las posibilidades, mostraría la punta del iceberg. Y para ser fiel a sí mismo, sería algo más bien recreativo.
«Esa no es la expresión correcta», analizó, negando con la cabeza.
Su lado lúdico otra vez estaba en funcionamiento, como aquella primera vez. Recordaba a la perfección que era lo que lo había sacado de su miseria, y no de la económica precisamente. Tal parecía que ese aspecto suyo se hacía notar despertando o accionándose cuando tenía algunas falencias. No, no era esa la expresión, otra vez erraba las palabras, más bien era la «escasez».
No, eso tampoco, ¿era «incapacidad»?
No.
«Es pereza, apatía, algo por el estilo», pensó.
―Es una mezcla de cosas: no tienes novia, no sales a buscar una chica ocasional, no te gustan las putas... ¡te matarás a pajas, amigo! ―murmuró para dar más énfasis a sus pensamientos, y encendió el equipo.
Él no lo sabía, no obstante, había algo más que todavía ni había calculado. Un «algo» que tenía muy escondido en su subconsciente, o donde fuese que se hubiese escondido, pidiendo la oportunidad de salir y hacerse ver.
Chris tenía una buena apariencia y no era desagradable al trato si se lo proponía.
«A un joven rubio, de ojos celestes, alto y delgado, al que se le colorean las mejillas si se acalora y sonríe bonito no se le hace difícil conseguir compañía», comentaba su madre cuando le hablaba de mujeres y novias. Cosas de madres que Chris escuchaba sin decir nada, observándola con simpatía y besándole la frente al final.
Luego, ignoraba el comentario.
Volviendo al dispositivo que tenía en sus manos... Había pagado la inscripción en el sitio que todas las personas con las que había conversado tildaron de «el mejor del mercado hasta hoy».
―Hasta hoy ―señaló en voz alta, colocándose el aparato con forma de gafas de exagerado tamaño y comenzando a disfrutar de la experiencia. Parecido a todos los que prometían imágenes de realidad aumentada o virtual.
Diez minutos después, tomó aire y lo dejó salir con lentitud. Debía reconocer que lo que veía lo había encendido.
«Interesante. Esto te anima o te anima», pensó.
No tardó nada en bajar sus pantalones deportivos junto con la ropa interior. Fue un solo y simple movimiento con el que quedó desnudo de la cintura hacia abajo. Tanteo y tomó el artilugio con el que se masturbaría. Lo había elegido de un catálogo digital y había llegado por correo hacía un par de horas. Dicho catálogo se adosaba a la suscripción y era de compra opcional.
Le pareció adecuado tener la experiencia completa para juzgar por sí mismo, por eso se hizo de uno de esos juguetes. Lo que originó que la futura mensualidad fuese más costosa. Dicho costo no era un problema para Chris, pero el detalle sumaba información.
Todo era aprendizaje.
Él no había pensado en artefactos extra, debía reconocerlo. Esta gente sí, y los tenían variados, aunque suministrados por una empresa de accesorios externa. Eso significaba que tercerizaban el servicio, analizó Chris antes de hacer la inversión.
Al comienzo, le dio un poco de impresión meter su...
El pensamiento y la duda quedaron relegados ante la satisfacción inmediata.
―Nada mal ―murmuró al sentirse apretado por la silicona, o eso creía que era el material interno del tubo que subía y bajaba rodeando su erección al completo. Se sentía como una succión y le daba placer, mucho placer, más del esperado.
Nunca había utilizado juguetes eróticos en su cuerpo, en ningún cuerpo, ¿para qué engañarse? No era que no le gustaran, tampoco que sí. Su posible uso era una conversación que no se había dado en sus dos relaciones amorosas anteriores. Mucho menos, con sus parejas ocasionales, que no habían sido tantas tampoco: otras dos, tal vez, tres, si contaba con... no, esa chica no contaba. No habían llegado a la segunda fase. Ya ni recordaba su nombre o rostro. No, no contaba.
Era un hombre sexual, sí, como cualquiera que tuviese los treinta y dos años que tenía, no obstante, era parco, tímido, arisco, poco entretenido en las citas, demasiado pensante para pasar el tiempo con nimiedades y bastante serio. Así, con esas palabras, lo describía su hermana menor, la única.
Aunque con ella era todo lo contrario, hasta divertido y chistoso parecía.
La imagen, en primer plano, de la mujer haciendo una perfecta felación con su boca de labios gruesos y pintada de un rojo brillante lo estaba transportando más allá de su oscuro cine privado. Su mente quedaba inmersa en la película, en los sonidos, en la succión del aparatito del demonio que tenía entre sus piernas...
―Esto es fant... ¡oh, sí...! Fantástico ―gimió arrastrando la última letra mientras se dejaba ir en un fabuloso orgasmo.
Inspiró profundo, intentando recomponerse, y dejó pasar unos minutos.
Ya en total control de su cuerpo, sin quitarse el equipo de los ojos, aunque sí el que abrazaba su sexo ya flácido, se limpió como pudo con la ropa.
Siguió observando las imágenes y se puso en modo crítico.
Desde ese instante, sí estaba trabajando, lo de antes había sido una probadita del «mejor producto del mercado».
―Definitivamente, destrozarás todo lo conocido, Chris. Si esto es lo mejor...
Así había comenzado su ardua investigación, una que le auguraba mucho trabajo personal, además de intelectual.
Su temperamento no congeniaba con lo que se había propuesto. Sus nulas experiencias lo tenían detenido en la línea de partida y en clara desventaja. El pasado no colaboraba en lo más mínimo tampoco.
Claro que a él no le importaba nada de eso, confiaba en su instinto, en sus conocimientos, en su capacidad de entendimiento y exploración... en todo lo que tuviese que ver con su intelecto y razón. Haría una documentación bien minuciosa, como solo él sabía hacer. Y no daría nada por hecho, no adivinaría ni presumiría.
Le pondría el cuerpo y el alma al proyecto.
Los problemas se originarían en otros aspectos, pero de eso, él todavía no era consciente.
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Chris. Decodificando el amor (solo el prólogo)
RomanceNo todo es lo que parece. Chris Olson, por ejemplo, no lo es. No es presuntuoso y, tampoco, ese simple muchacho despreocupado que aparenta ser. Inmerso en su más ambicioso proyecto, conseguirá quitarse el velo que, hasta entonces, cubría sus ojos, d...
