Aquel día en la torre de la Alegría, Eddard Stark había logrado reencontrarse con su hermana Lyanna después de su secuestro y una gran guerra. Pero sin que él pueda hacer algo, el extraño apareció de entre las sombras para llevarse a la doncella lob...
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Ella aún recuerda la primera vez que sucedió. Recuerda haberse ido a dormir una noche particularmente fría, luego de haber comido en el comedor junto a su gemelo Jon, lejos de la familia de su padre. Ella sabe que en ese entonces no tenía más de cinco años, por lo que una sirvienta tuvo que cortar su comida, y que después de despedirse de su hermano y de la familia Stark fue hasta su recámara para dormir.
Entonces sucedió.
Su mente se nublo entre sueños y pudo ver algo que jamás había visto, a través de ojos que no eran suyos, en un cuerpo que no le pertenecía, pero lo vió.
Se vió a sí mismo, montar una bestia mucho más grande que cualquier otra, alzándose en el cielo, entre las nubes y el humo, habiendo tanto humo que todo a su alrededor se veía oscuro. Entonces vió sus manos, manos manchadas de sangre y tierra, manos acalladas por el uso de una espada, las manos de un guerrero.
Estiró una de sus manos, ignorando el dolor en sus nudillos y antebrazos por haber luchado, y se animó a tocar las negras escamas de la bestia, sintiendo su calor. Él era cálido, con sus escamas negras brillantes y los picos en su inmenso cuerpo, picos que podrían atravesar a un nombre sin problema. Sus alas eran tan grandes que podrían cubrir un castillo entero, y soltaba un sonido parecido a un canto, tan fino y suave, contrastando con su temible apariencia, él era simplemente hermoso.
Una sonrisa creció en su rostro, sintiendo la emoción vibrar en su pecho mientras sus manos tomaron con más fuerza las riendas, inclinando su cuerpo hacia adelante y sintiendo el peso de su espada colgar de su cadera. Él viento golpeaba sus mejillas congeladas, con el humo entrando en su nariz e invadiendo sus pulmones, enmascarando el hedor a sangre y muerte que poseía su cuerpo con la fuerza con la que él mismo arrancó vidas.
De su voz salió una orden.
— ¡Sōvēs, Balerion!
Sintió la emoción de su bestia vibrar dentro de su pecho, como si fuera suya, conectados a través de un hilo invisible que unía sus vidas, una sensación casi inexplicable llena de su calor. Y cuando sus cuerpos se alzaron por sobre las nubes y el humo, pudo ver algo que no tenía igual. Él sol se encontraba poniéndose en el horizonte, pintando el cielo azul con colores anaranjados, provocando que las nubes resplandecieran debajo de sus cuerpos, tan brillante, tan hermoso, tan pacífico.
Su pecho se hinchó con fuerza, y ni siquiera le molestó la falta de aire que sentía por la altura, lo único que podía hacer era disfrutar de la vista sintiéndose pleno cuando su amigo soltó un grave ronroneo. Una risa salió de sus labios, y estiró su mano para acariciar las escamas de su enorme cuello.
— Gevie.. Daor, Balerion? — le pregunto, ganándose un ronroneo por él.