El aliento que salió de mi boca formó una nube blanca frente a mí, en el denso frío de la celda.
Escuchaba las pisadas justo sobre mi cabeza, golpes frenéticos y sonidos metálicos que tenían a los latidos de mi pecho acelerados.
Habían comenzado hace algunos minutos, rompiendo con el silencio inquebrantable de las mazmorras.
Aferré las manos a las cadenas adheridas a mis muñecas, estas subían hasta las orillas del techo y mantenían mis brazos extendidos por encima de mi cabeza. Y eran, de hecho, lo único que me mantenía la espalda recta después del día de trago.
El día, de cada mes, en que los lores aliados de la casa Eris asistían al palacio para beber la sangre del último humano puro en la tierra.
Mi sangre.
La extraían de mi cuerpo refrigerado para servirla en las doce copas que beberían en la noche.
Pero los gritos y el caos habían abordado la velada y sustituido mi cansancio con intriga y temor.
El suelo de concreto tembló debajo de mis rodillas antes de escuchar la puerta al final del pasillo azotarse.
Un maremoto invadió mi vientre y por inhercía intenté levantarme, pero el cinturón metálico que rodeaba mi cintura me mantenía arrodillada y apenas me permitía levantar centimetros la piel del suelo.
Me faltaba el aire, mi brusco movimiento provocó que la cabeza me punzara por las sienes y la habitación comenzara a girar a mi alrededor.
A fuera escuchaba como los pasos se acercaban, abrían las celdas cercanas de un golpe y los prisioneros soltaban gritos ahogados. Intenté imaginar la multitud que recorría con frenesí el pasillo pero mis párpados comenzaban a cerrarse, rendidos por el agotamiento, no podía ver más que neblinas negras cuando la puerta se abrió de par en par.
Entre el atrofiado entorno y las brumas de mis ojos apareció la figura de un hombre particularmente nítida, me fue imposible no regalarle mis últimos segundos de consciencia. En la mano llevaba una espada ensangrentada que rozaba el suelo; su cuerpo, que se imponía como una sombra, llevaba tatuada la batalla que acababa de ganar.
Y sus ojos, tan negros como el cabello que le caía por la cara, se cernieron extasiados sobre mí, como si fueran capaces de verme el alma y de sentir el miedo que me recorría las venas antes de que todo se volviera oscuro.
YOU ARE READING
La sed del rey
VampireLa última humana es una propiedad codiciada en un mundo repletos de vampiros.
