La cabeza me dolía, casi podía sentirla latir.
Llevaba acostada unas dos horas sin querer levantarme de la cama.
Ayer había perdido la cuenta de cuantas cervezas me había tomado en aquel cuestionable bar a unos kilómetros de la casa de mi tía.
Desganada, conseguí levantarme e ir al baño, en el espejo pude ver lo mucho que el delineado, vestido negro y pelo se habían alborotado mientras dormía, miré mis medias negras desgarradas y recordé algo de la noche que tuve.
Fue el hombre con el que había estado en el baño, en el calor del momento ni siquiera había notado que las rompió, creía que hasta me había dicho que le gustaban.
Era lindo, mucho más grande que yo, no sabía su edad ni su nombre. De hecho, eran pocas las cosas que recordaba de él. Como me miraba mientras yo bailaba entre la multitud, sus ojos celestes, sus tatuajes y su tamaño, su gran tamaño.
Mientras me quitaba el vestido pude ver un par de marcas, tenía una marca morada en la clavícula y dos en los muslos.
El recuerdo que me trajo verlas me recorrió como un escalofrío, me vi a mi misma sentada en el lavamanos del baño con sus grandes manos tatuadas en mis muslos y él bajando en medio de ellos para arrodillarse en el suelo. Su agarre nunca dejaba de ser fuerte y brusco, sin embargo cuando besaba la parte interna de ambos lo hacía tan delicadamente que me sentía una princesa en una velada romántica y no una adulta sin dinero en un baño completamente graffiteado.
Me hayé ciertamente excitada ante mi imagen en el espejo, algo que hace mucho tiempo no pasaba. Toqué con mi mano la piel de mi torso, no recordaba cuando fue la última vez que había disfrutado de estar con alguien así.
Volví a la marca de mi clavícula y salí entonces de la ensoñación en mi memoria, mi tía iba a matarme, debía ocultarla a toda costa.
Pensé, mientras entraba en la ducha, en mi situación, en qué era lo que seguía, qué haría ahora.
Era la primera noche en casa de mi tía, no podía decirle que me fui a un bar completamente sola sin avisar.
Lo de ayer fue claramente un caso aislado de impulsividad en mi vida, es poco probable que se repita, es preferible dejarlo como un secreto.
Además, ella aún creía que volví a su casa para recordar los veranos que de niña pasábamos en su pueblo cuando más que recordar sanamente, lo que hacía en verdad era escapar de mi vida adulta.
La vida como artista en solitario no resultó, hiriendo el poco orgullo que habia formado en base a dibujar, pintar cosas y creerme talentosa en ello.
Mi vida amorosa tampoco triunfó, obviando que no me llovían propuestas y nunca fui demasiado lanzada, el único rastro que sentí de amor verdadero masculino me cortó hace casi un mes.
De forma casi incisiva decidió echarme del departamento, no me engaño ni lo engañé, la explicacion era mucho mas cruda y dolorosa: se cansó de mi. No lo dijo pero lo sé, lo vi en sus ojos cuando con desgano me planteó dejarlo.
Lloré y patalee, encerrada en un cuarto rentado a muy bajo precio porque para colmo, en la tienda en la que trabajaba me habían despedido hace semanas, mi ex novio lo sabía y aún así decidió que ya ni siquiera podíamos compartir la renta unos días más.
Mis estudios estaban bien, pero la gran ciudad me convencía a cada minuto de que estaba perdiendo el tiempo, que esa vida de universitaria artística y bohemia era absurda para las que no tenemos ni como pagar la comida.
Fue entonces que decidí huir.
-Leila-
Escuché a mi tía golpeando la puerta de mi baño.
-¿Si, tía, que ocurre?- respondí intentando que no se notara el que mi cabeza estaba por estallar del dolor.
-El café se enfría, linda y hay que ir a la iglesia, hoy es domingo-
Rodé los ojos.
-Claro, tía. Perdón, estaba muy cansada por el viaje, no medí cuanto dormí-
Sabía que venir a la casa de la tía Berta además de tranquilidad, significaba cruces y cuadros cristianos por toda la casa, acompañados de misa todos los domingos. Mi tía había sido monja de clausura y decidió habandonarlo todo por su edad y para poder vivir sola, pero su estilo de vida fuera del convento tampoco variaba mucho, por eso al resto de mis hermanas no les gustaba venir, no hacía demasiadas cosas y esa casa hasta podía dar miedo.
Yo lo hayaba tranquilizante, a la casa y a la tía Berta también, algunas mujeres (un eufemismo para referirme a mi madre) podían ser un tanto crueles con quien no se comporta a la par del grupo.
Siempre fue de esa manera conmigo y lo fue con su hermana Berta.
Bajé las escaleras con una camiseta a rayas y un Jean puestos, nada muy llamativo, no quería espantar a la iglesia. Mi tía esperaba paciente para ya marcharnos, había dicho que podía tomar el café, pero la conozco y le molesta llegar tarde. Ya bebería algo en el pequeño break que dejaba la iglesia luego de la misa.
Comprobé al llegar que la iglesia seguía como siempre, mantenía su estetica norteamericana y sureña con paredes de madera blanca, luces tenues, bancos de madera oscura que no alcanzaban para toda la gente que acudía allí. Naturalmente cuando entramos, a mi tía, miembro antiguo de la comunidad, le ofrecieron lugar unas filas más adelante, una amiga suya le hizo una seña para que se acercase, ella me miró como preguntando si estaba bien y yo asentí.
Decidí por mi parte moverme contra la pared para continuar la misa con el resto de gente que no tenía lugar, parada a los lados de los asientos.
El reverendo ya había comenzado la misa pero sabía que no iba a seguirle el hilo, la cabeza aún me dolía. Observé a mi alrededor y entonces lo vi.
El corazón me dio un vuelco.
Era él, el hombre del bar, el que desgarró mis medias en el baño, estaba completamente segura de que lo era. Se hayaba parado a unas tres personas de mi, la cara que no terminaba de recordar unas horas atrás pudo formarse completamente en mi memoria, cuadraba perfecto, ojos azules, pelo rubio ya bastante blanquecino, cierta barba que había olvidado. Mis ojos bajaron a sus manos, ahí estaban sus tatuajes. La iglesia es un pésimo lugar para pensar en sus manos, para mirar sus fuertes brazos, tambien decorados de tatuajes y cruzados al frente, con las mangas de la camisa dobladas hasta los codos.
Suspiré tratando de enfriar mis pensamientos. Dios, tenía mucha, mucha, más edad que yo, no había tomado dimensión hasta que lo vi en este ambiente. Y aún peor, no había visto ninguna gravedad hasta que un niño sentado en el asiento a su lado lo llamó por lo bajo tirando de su camisa y repitiendo la palabra "papá".
Él se agacho para llegar a la altura de donde estaba sentado y yo empalidecí. ¿Y si estaba casado? De haberme metido con un hombre casado del pueblo mi tía jamás me lo perdonaría.
Respiré intentando calmarme, a su lado no había ninguna mujer que pareciera estar con él, sentadas al lado del niño había otra niña y dos ancianas.
Me pregunté si la niña también sería su hija, concluí rápidamente que si porque creí ver al niño de hace un rato molestarla.
Mi vista volvió a su rostro como si de un metal al imán se tratase, él movio su cabeza y me devolvió la mirada. Me hubiera encantado intentar leer algo en su reaccion, ver si me reconocía, pero no tuve tiempo, corrí la vista por inercia ante el inesperado movimiento y no me animaba a volver a levantarla.
Pensándolo en frío, decidí que esperaba que no me reconociera, que hubiera sido una noche cualquiera en su vida poco memorable y que por mi parte debía convencerme de ignorar el tema, por lo que intenté no despegar la vista del reverendo en lo que quedaba de misa y evitar volver mi mirada hacia su persona a toda costa.
KAMU SEDANG MEMBACA
Runaway |James Hetfield|
RomansaLeila vuelve al pueblo donde pasó los veranos de su infancia buscando un refugio. James es un sujeto que no había visto antes en el pueblo pero que recuerda haber conocido la noche anterior, en el baño de un Bar, con bastantes tragos encima. ...
