La fila al apartamento rosa era interminable, aún a estas altas horas de la noche, un tumulto de sombras se reflejaba en la pared del callejón, subían escaleras de forma torpe, algunos taban tumbos, otros se resbalaban y caían al primer escalón, tirados en las esquinas, mugrientos, murmurando al aire delirios dispersos, los detestaba.
La puerta roja se abría para dejar entrar a unos cuantos al demacrado edificio, parecía a la distancia un lugar encantador, flores en los balcones, hiedra que subía por sus paredes agrietadas, un edificio que se había mantenido en pie por décadas en el barrio, barrio que creció de manera desproporcionada y bulliciosa, en las noches deambulaban locos y adictos, borrachos y delincuentes de forma callada, como susurros se desplazaban entre callejón y callejón. Pero de día el ambiente era otro, se abría el mercado de pulgas, en el que todos vociferaban precios sospechosos de marcas reconocidas por ser caras, claramente falsificadas, abarrotadas estaban las tiendas de compra y venta de oro, cuadros de supuestos maestros italianos que por alguna razón del destino cayeron a este rincón del mundo, a las callejuelas de este candente barrio.
Pero eso no significaba que todo en la noche era silencio, entre los desplazamientos susurrantes a veces un disparo retumbaba y rompía con el perpetuo silencio, haciendo que los perros vagabundos y sus dueños sin casa empezaran a aullar y a correr, ya sea de miedo, a la dirección contraria o por desesperación, persiguiendo los ecos del disparo.
La noche pasada ocurrió, un disparo, un correteo por las callejuelas, como cucarachas saliendo de su escondite, un cadáver en la vereda, todavía caliente, listo para ser saqueado por los desesperados que no tenían qué comer o qué inyectarse, penosa escena, robando zapatos, cadenas de oro que pesaban menos que una pluma. Dejaron desnudo al cadáver.
La policía llegó y vio lo habitual, un muerto más, víctima de la guerra silenciosa, o ignorada, que las gangas tejían tras las tiendas del mercado de pulgas. Recogieron el cuerpo y se lo llevaron. Sin oportunidad de preguntar nada a nadie, puesto que ya todos los ratones se habían dispersado a sus agujeros.
Seguramente el día siguiente, si buscabas bien, verías a uno que otro vendiendo esa cadenita en la casa de empeño o intentando negociar con algún vendedor pirata las zapatillas que seguramente él mismo vendió unas semanas antes, un negocio redondo, de día el mercado, de noche el desfile, rascando los rincones para conseguir alguna moneda, caería en las manos de los hombres del edificio rosado, comprarán su mercancía y se inyectarán en algún rincón del edificio.
Sin conocimiento, atrapados en el rincón, locos de euforia y dormidos por el vaivén químico.
Pero no me había mudado a este lugar para ver eso, no me paraba en esta ventana para verlos a ellos, no fijaba mi atención por horas en la inmensa estructura rosada para espantarme con los gritos de la abstinencia o por los aullidos del consumo, tampoco para ver las rafagas de rápidos disparos que ocasionalmente iluminaban las calles, no. Miraba al último piso del edificio, miraba el balcón que a veces se encendía con su anaranjado fulgor.
Hermosa, delicada, con su piel blanca, parecía una luna que se alzaba sobre toda esta podredumbre, su pelo rizado y su figura fina, iluminaba nuevamente mi habitación, lloraba de tristeza, haber podido suspirar ese pelo y ahora no poder acercarme más, subir hasta la torre rosa para rescatarla de ese infierno en el que vivía, juraba que lo odiaba en secreto, juraba que quería correr nuevamente por el campo conmigo, seguro, seguro, recordarla, tan radiante, compitiendo con el sol, corriendo descalza entre las flores, su vestido crema lleno de lodo y sus pies también.
KAMU SEDANG MEMBACA
Hasta que el olvido nos separe
RomansaNuestro personaje se encuentra perdido en veranos pasados, donde su vida tenía movimiento, ahora, estático en un barrio marginal, mira como su pasado se destruye ante sus ojos. Lidia, su amada, ya no es más lo que era, un simple recuerdo, una person...
