I. La muda de plumas

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En un pequeño poblado nace una nueva vida, un híbrido, producto de la unión entre un ángel y una mortal. El padre, un arcángel de bajo rango; la madre, una hermosa mujer poseedora de una salud frágil.
El día en que nació el niño era uno tranquilo, la brisa soplaba con calma y el trinar de los pájaros parecían darle la bienvenida.

Hasta que ellos llegaron. Los ángeles.

Aparentemente alguien les había informado de lo ocurrido.

Estos estuvieron en contra del nacimiento de aquella mezcla, alegando que algo tan hereje como la creación de esa criatura no podía ser tolerado. Sin embargo, los seres humanos abogaron por la familia, apoyando su unión.

Fue así que comenzó la guerra... no, algo como ello no fue una guerra, sino una masacre.

Lo seres divinos superaban en nùmero y poder a los mortales, siendo más bien un exterminio que una lucha, llegando de esa manera a matar a la mujer de aquel arcángel, así como a su primogénito.

Este intentó detener a los suyos, aliándose con los humanos, tratando a su vez salvar lo que le pertenecía.
Todo fue en vano.

Al cabo de unos pocos días las tropas humanas fueron totalmente vencidas y el arcángel encarcelado por sus crímenes.

― En un campo teñido de rojo, ángeles y humanos, muertos, despedazados por igual... al menos, eso es lo que recuerdo ―pensaba el prisionero― ¿Cuánto tiempo ya ha pasado? ¿Días, semanas, meses?
La realidad era que tan solo transcurrieron unas cuantas horas desde su confinamiento eterno; en ese lugar el tiempo no seguía su curso natural, las horas parecían meses y los días años.

― Me vengaré ―susurra con la cabeza gacha.
(Un leve acercamiento)
― Por mis amigos...
(Un acercamiento mayor, enfocando su ojo derecho)
― Por ella... y por mi hijo...
(Un resplandor morado se apodera de su ojo antes de sumirse en una oscuridad absoluta).

Mil años mortales habían pasado ya desde su encarcelamiento de piedra; aún estando petrificado era consciente de sí.

―31,536,000,734...31,536,000,735...31,536,000,736...
Este se mantuvo contando cada segundo transcurrido desde su confinamiento, luchando porque su mente no se rindiera, intentando sobrevivir incluso hasta el último momento. Ahora luchaba, pensando en el número que seguía. No se podía rendir.

Y es que, aunque los años hubiesen pasado, aunque su memoria no fuese más que quizás cuentos para los seres vivos de la actualidad, no era capaz de liberarse de su prisión, pues había una única manera de conseguir de nuevo su libre albedrío.
Sangre.

En la actualidad arqueólogos parecían haber encontrado un fósil de un ser extraño, parecía humano, mas diferían algunas cosas en los rasgos, además de que parecía una estatua, y no había manera en que un cuerpo humano se conservara de aquella forma por tantos años.

Era un ángel sin alas.

Por más tonto que pareciese comprobaron que aquella capa de piedra ocultaba y aprisionaba a un ser vivo dentro; fue entonces que decidieron intervenir.

Probaron cada cosa que se les ocurría para liberarlo, al menos fisurar aquella cáscara de piedra, mas sus esfuerzos fueron en vano.

Fue un día en que, por accidente, uno de estos investigadores se cortó; no fue más que una gota de su sangre la que calló cerca de aquel ángel, pero esa cantidad del líquido carmesí fue suficiente para el ser divino.

La absorbió al sentirla cerca, mas no pasó nada más que un débil resplandor que emanó de la piedra. El hombre entonces lo entendió.

― Sangre... ―murmuró pensativo―. La solución es la sangre.

La ultima plumaWhere stories live. Discover now