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La ciudad de Haneul no había cambiado mucho desde que Hyunjin se fue a los 16 años. Las calles seguían igual de tranquilas, el aire con aroma a pino y pan dulce en las mañanas, y la gente... curiosamente, todavía murmuraba cuando un buen alfa caminaba cerca.

Y Hyunjin era más que "bueno". Con veinte años, cuerpo tallado con disciplina, y una carrera en ascenso como director de proyectos en una empresa tecnológica, se había convertido en el orgullo de su familia. Aunque no lo demostrara. Nunca fue de sonrisas fáciles ni afectos públicos. Distante. Serio. Un alfa que no quería vínculos.

No creía en eso de "destinados".

-¿Qué hay de malo en disfrutar mientras dure? -le decía a sus colegas cuando alguien mencionaba que un omega podía cambiarte la vida.
Él no quería que nadie lo cambiara.

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-¡Oye, pónme otra! -exclamó Felix, su voz sobresaliendo por encima de la música electrónica.
El bar del centro, "Alpha Beat", era su segundo hogar. A sus 19 años, ya era conocido en casi toda la escena nocturna. No por su apellido -nunca le interesaron los formalismos-, sino por su sonrisa traviesa, sus pasos de baile imparables y su forma sinvergüenza de mirar a cualquier alfa que llamara su atención.

Esta noche no era la excepción. Su crop top negro brillaba bajo las luces.
-¿Ese es el nuevo alfa que llegó a la ciudad? -le preguntó a su amiga, señalando discretamente hacia la entrada del local.

Hyunjin.
Con una simple camiseta blanca, jeans oscuros y su andar elegante y tranquilo, el nuevo alfa captó todas las miradas. No por hacer escándalo, sino por todo lo contrario. Silencioso, imponente, y con un aura que gritaba: "No te acerques si no tienes nada interesante que decir."

-Me gusta -dijo Felix, relamiéndose los labios-.
-¿No te cansas nunca? -le bufó su amiga.
-Nunca. Y quiero saber cómo suena cuando pierde el control.

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Hyunjin se sentó en la barra, ignorando por completo a los omegas que se le acercaban con sonrisas plásticas y perfumes cargados. No estaba ahí para socializar. Solo necesitaba una copa de vino y algo de silencio antes de volver a su nuevo apartamento.

Hasta que lo sintió.

Un olor dulce, chispeante, completamente distinto a todo lo que había percibido antes. Como cereza con electricidad. Se giró apenas, sin mostrar emoción, pero su lobo interno, Sam, gruñó inquieto.

> "¿Quién es ese?"
"No. No puede ser."

Y entonces lo vio.
Un omega de cabello rubio claro, sonrisa descarada, con movimientos tan naturales como provocadores. Bailando sin miedo al mundo. Sin vergüenza.

Felix.
El omega más ruidoso del lugar...
El omega que al cruzar la mirada con él, le guiñó un ojo y se acercó caminando como si el mundo fuera su pista de juego.

-Hola, guapo. ¿Eres nuevo por aquí? -dijo Felix, tan cerca que Hyunjin pudo notar el lunar bajo su ojo derecho.
Hyunjin solo lo miró en silencio.
-No hablas mucho, ¿eh? Qué lástima. Me encantan los alfas que gruñen más que hablan.

Hyunjin cerró los ojos un segundo. Sam estaba inquieto, intentando avanzar, conectar.
Pero él no.
No iba a caer por un omega solo por el olor. No él.
-No estoy interesado.

-Uy... alguien se cree demasiado serio. -Felix sonrió, pero algo en su pecho se movió. Por un segundo, solo por uno, le dolió.
¿Por qué?
¿Por qué le dolió el rechazo de un desconocido?

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Al día siguiente, Felix amaneció con resaca y el recuerdo de ese alfa con ojos oscuros como la noche.
-No me interesa. -repitió con burla mientras se lavaba los dientes-. ¡Bah! Yo tampoco estoy interesado.

Pero algo en su cuerpo vibraba distinto. Algo en su lobo, Bbokie, parecía curioso.
Inquieto.

Y en otra parte de la ciudad, Hyunjin despertaba sudado, con el aroma de cereza y risa aún en su nariz.
Su corazón latía más rápido.
Su cuerpo respondía solo.

Pero no podía ser.
No.
No podía haber encontrado a su omega destinado.

No a él.

 Te Creo Where stories live. Discover now