Agradecido estoy de todo aquél lector
que por alguna desconocida razón
me leyó y me tuvo en su corazón
Ya soy Poeta
Agradecido estoy de todo aquél lector
que por alguna desconocida razón
me leyó y me tuvo en su corazón
Agradecido estoy de todo aquél lector
que por alguna desconocida razón
me leyó y me tuvo en su corazón
Ya soy Poeta
Agradecido estoy de todo aquél lector
que por alguna desconocida razón
me leyó y me tuvo en su corazón
Agradecido estoy de todo aquél lector
que por alguna desconocida razón
me leyó y me tuvo en su corazón
Ya soy Poeta
Agradecido estoy de todo aquél lector
que por alguna desconocida razón
me leyó y me tuvo en su corazón
Agradecido estoy de todo aquél lector
que por alguna desconocida razón
me leyó y me tuvo en su corazón
Ya soy Poeta
Agradecido estoy de todo aquél lector
que por alguna desconocida razón
me leyó y me tuvo en su corazón
Agradecido estoy de todo aquél lector
que por alguna desconocida razón
me leyó y me tuvo en su corazón
Era la ciudad de Terranova. En ella vivía Ptolomeo Delgado, un joven de veinte años cuya única meta trazada en su vida era reflejada en el crisol con el cual apreciaba los pequeños detalles que le rodeaban. Mozo apuesto, de complexión fina, y con ojos tiernos de una casta y embelesante mirada, tenía el maravilloso don de la palabra. Descendiente de una familia pudiente y acomodada, aquella que regía sus destinos con tan sólo el papel impreso que mueve montañas, anhelaba en convertirse en un vasto y erudito poeta. Es de esta manera que el mancebo educando continuaba siendo aquél vástago con un infinito empeño de cumplir su añorada agenda. Un día, transitando por la marginal y de camino a su centro universitario, recordaba las pueriles e incesantes discusiones con su terco padre: - “No tengo la necesidad de friccionar contigo. Ante todo, eres mi progenitor. Nos debemos mutuo respeto.”. Desde niño él fue muy educado, y es que sus valores, su ética, y su desarrollo personal fueron construidos y edificados con la mayor deferencia, decoro, y amor que una madre puede ofrecer. Ésta, Altagracia Rexach, inculcó y fomentó en su progenie la admiración y la sensibilidad por su difícil y enrevesado padre. Ella, mujer estoica de estatura media, de cabello liso, de silueta perfilada pero con un pensamiento retrógrado y a la vieja usanza, traspasó a Ptolomeo Delgado su reducida pero fiel y bien cometida línea de ideales. Entiéndase el deseo de la vida en forjar un porvenir con constancia pero atenido a la añoranza y no a la ambición. Por otra parte, Eugenio Delgado, padre, esposo, médico, rector, proveedor y redentor de la familia, solía discutir con su unigénito. La raíz y las razones para tales sucesos eran evidentemente por su desarrollo educacional, y posteriormente, por su empleo profesional. Ptolomeo Delgado siempre confesó su afán de ser poeta, y un verdadero literato. Por el contrario, su padre lo instaba a que estudiara la carrera de la medicina, tal como él lo había hecho: - “Yo no estoy discutiendo. Simplemente te recuerdo que los poetas vagan por los pueblos, y piden limosnas. Hijo, tú necesitas una buena carrera que te pueda mantener, y te permita cumplir con tus deberes sociales. El dinero tiene que llegar a tu vida, y no tu vida al dinero”, le respondía. Ptolomeo Delgado le reprochaba reiterativamente a su tenaz padre sobre su imprudente incumbencia a la hora de minar su disposición a consumar sus sueños. Él entendía la complacencia de Eugenio Delgado para afrontar el rudo devenir social, inclusive observaba y asimilaba sus aportes dialécticos como consejos de buen linaje, mas no comprendía su empecinamiento en querer transformar una vida que a leguas reconocía que no le competía. Semejante displicencia era intolerable ante su visión, razón por la cual las exasperantes discusiones eran rutinarias y cotidianas. De hecho, antes de partir camino a La Universidad que es el mayor centro de docencia en Terranova, su padre le instigaba sobre el alto costo de vida, así como la mala inversión que genera una carrera artística por la poca remuneración económica que conlleva, retórica que Ptolomeo Delgado no consiente bajo los cánones que representan a su más pura esencia: - “¿El dinero?, ¿Por qué el dinero te es tan indispensable en la vida?, ¿Aún no te has dado cuenta que de todos los lujos que tú me has proveído a lo largo de tantísimos años, sólo disfruto y utilizo el teléfono móvil, y ello es así porque semejante tecnología me es una necesidad en esta etapa tan crucial de mi vida?. Padre, entiende que para mí el dinero no es motivación suficiente para cursar una carrera universitaria de esa magnitud. Gozo de una vida plena no por lo sobrante, sino por el arte. Es lo que me apasiona, y lo que pretendo hacer por el resto de mi existencia. Tus cantaletas, largas y tediosas, parecen mas bien una crítica contra mi personalidad. ¿Qué hubiese sido de ti si por destino férreo y aleatorio a la suerte, la genética hubiera decidido que yo fuera homosexual?, ¿Me hubieses desterrado de tu vida, o quizás desheredado, o hasta quien sabe si me hubieras negado?”. - “De hecho, hubiese preferido que fueras homosexual a ser un poeta. Al menos sabría que lo primero no lo hubieras escogido, mas lo segundo es reacción de tu elección, lo que me consterna a sabiendas de lo intelectual que tú eres, al tiempo en que manchas tu devenir con tan burda profesión, si así se le puede
