En el mundo del fútbol, un contrato puede cambiar el destino de cualquiera. Carlos Acevedo jamás imaginó que, en cuestión de días, perdería a las dos personas más importantes de su vida: Matheus Doria aceptó una oferta para marcharse de Santos Lagun...
El Club América había llegado a Torreón para disputar el partido correspondiente ante Santos Laguna. Desde muy temprano, las inmediaciones del hotel donde se hospedaría el equipo se llenaron de aficionados. Algunos llevaban camisetas amarillas esperando conseguir una fotografía o un autógrafo; otros, vestidos con los colores verdiblancos, observaban con una mezcla de curiosidad y rivalidad la llegada de uno de los clubes más importantes del país.
Después de instalarse y dejar el equipaje en sus habitaciones, el cuerpo técnico decidió trasladar al plantel al Estadio Corona para realizar el último entrenamiento antes del encuentro. El ambiente era relajado. Algunos jugadores conversaban entre ellos, otros estiraban y unos cuantos bromeaban para liberar la tensión previa al partido.
En el otro extremo del campo, Santos Laguna ya llevaba varios minutos entrenando.
¡Che, Acevedo! ¡Ponte las pilas! —dijo Félix mientras le enviaba un pase con fuerza.
Carlos Acevedo controló el balón con el pecho, lo bajó con tranquilidad y sonrió.
¡Mira quién lo dice! —dijo Acevedo antes de devolverle el balón con precisión.
Ya, ya... lo sé, lo sé. Hoy amanecí medio dormido. —dijo Félix soltando una risa.
Brunetta apareció caminando entre ambos mientras negaba con la cabeza.
Ustedes no cambian. No llevan ni cinco minutos entrenando y ya están discutiendo. —dijo Brunetta con una sonrisa.
Kevin levantó la vista hacia el túnel de acceso al estadio.
Oigan... ¿ya se enteraron? Los del América ya llegaron. —dijo Kevin señalando la entrada.
Todos voltearon casi al mismo tiempo.
Uy... entonces también llegó Ochoa, ¿verdad, Carlitos? —dijo Kevin con una sonrisa burlona.
Las risas no tardaron en escucharse.
Ya ni respetan al capitán. —dijo Acevedo llevándose una mano al pecho mientras fingía sentirse ofendido.
En ese momento, Eduardo apareció corriendo a toda velocidad.
¡¡Ya llegaron!! ¡¡Ya llegaron!! —dijo Eduardo casi sin aliento.
—¿Quién llegó? —preguntaron varios jugadores al mismo tiempo.
¡¡El América!! —dijo Eduardo antes de echarse a correr nuevamente.
¡¡Diego, cállate!! —dijo Acevedo mientras salía detrás de él.
Toda la cancha estalló en carcajadas.
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Justo entonces, los jugadores del América comenzaron a entrar al terreno de juego acompañados por el cuerpo técnico. Guillermo Ochoa observó la escena con una ligera sonrisa mientras acomodaba sus guantes.
Veo que aquí nunca falta el buen ambiente. —dijo Guillermo con una sonrisa.
Varios jugadores de Santos levantaron la mano para saludarlo.
El entrenador de Santos hizo sonar su silbato.
¡Acevedo! ¡Deja en paz a Diego y vuelve al entrenamiento! —dijo el entrenador con tono firme.
¡Ya voy, profe! —dijo Acevedo, aunque todavía alcanzó a correr unos metros más antes de detenerse.
Kevin aprovechó para seguir molestándolo.
Che, Carlitos... deja al pobre Dieguito o te mandamos para Tigres. —dijo Kevin entre risas.
Acevedo se quedó completamente inmóvil.
¿Cómo que me van a mandar a Tigres? —dijo llevándose una mano al pecho—. No esperaba esa traición.
Todos comenzaron a reír.
Sin decir una palabra más, caminó hasta su mochila, sacó su celular y fingió hacer una llamada.
¿Bueno?... ¿Con el entrenador de Tigres?... ¿Sí?... ¿Todavía tienen espacio para un portero? —dijo Acevedo exagerando cada palabra.
Las carcajadas volvieron a llenar el estadio.
En ese instante, Guillermo pasó caminando detrás de él.
Hola, Carlos. —dijo Guillermo con educación.
Acevedo dio un pequeño salto del susto y se giró rápidamente.
¡Ah!... Ma... ma... ma... —dijo completamente nervioso, incapaz de terminar la frase.
Kevin soltó una carcajada y negó con la cabeza.
Boludo, mira cómo lo dejaste. Hasta se le olvidó hablar. —dijo Kevin mientras todos seguían riendo.
El ambiente era relajado y lleno de bromas. Aunque al día siguiente serían rivales durante noventa minutos, en ese momento solo eran futbolistas disfrutando de una tarde de entrenamiento, compartiendo risas antes de que el balón comenzara a rodar.