Decían nuestros antepasados que, en el momento de lo que ellos llamaban "muerte", asistíamos a una suerte de análisis de lo ocurrido a través de los recuerdos. Que todo pasaba delante de nuestros ojos. Yo, sin embargo, me encuentro flotando en algún lugar, y no consigo alcanzar más de unos días atrás, pero... ¿cuánto tiempo llevo realmente aquí? No lo sé realmente, no noto nada, no tengo un punto de referencia. Mis sistemas de comunicación no parecen funcionar tampoco, o quizá nadie puede oír mi llamada de auxilio. Por ahora, tan solo me encuentro revisando esos últimos momentos, una y otra vez.
Lo sabíamos todo. Fuimos capaces de entender los secretos del universo, y capaces de alterar la realidad para que aquellos que se nos escapaban atendieran a nuestros intereses. No éramos humanos, ya no, estábamos ciertamente lejos de aquella condición. Y sin embargo, no parábamos de cometer los mismos errores, una y otra vez, como si quisiésemos permanecer fieles a nuestros fantasmas del pasado.
La curiosidad de nuestra especie alcanzaba ya límites insospechados. Nuestra sociedad ya no se aprovechaba de los dones de la naturaleza para su único interés y beneficio, convergíamos con ella para transformarlo todo a nuestro alrededor. Y gracias a ello, fueron los mejores años de la historia conocida. Alcanzamos nuevos planetas, galaxias, algunos incluso de nuestra propia creación. En el secreto de la muerte, que parecía nuestra eterna condena, descubrimos nuevos paraísos escondidos, poblados por aquellos que nos habían dejado, fuentes originales e infinitas de una energía tal que entendimos la razón por la que había permanecido en la oscuridad de la incertidumbre que tanto dolor nos causó. Los exoternal, que fue como los llamamos, no eran alma ni espíritu, eran mucho más: nuestra esencia original, vinculada a un tejido único entre universos, conectada con cuerpos temporales. Formas que no conocían la nada, destinadas a explorar, a aprender. Y sin aquel temor ya en nuestras cabezas, el límite no era el cielo, no había límite.
Sin embargo, entre los conocimientos que habíamos encontrado con el paso del tiempo, desvelamos su propio misterio, y la clave que condenaría finalmente nuestras ansias de aprendizaje: su fin. Acostumbrados a lograr alterar las leyes del universo a nuestro antojo, esta no sería la excepción a la regla. Acceder a nuevas clases de descubrimientos también implicaba exponerse a nuevas amenazas hasta ahora desconocidas, o que simplemente habíamos tratado de ignorar.
Siempre recordaríamos aquel día. Unidas en inusual armonía, tanto las ciudades terrestres como los territorios celestes trabajaban por lograr resultados en el proyecto conjunto que denominaban como la Triada. Estábamos a punto de conquistar por fin el pasado, el presente, y el futuro. Y todo pasaba por enfrentarnos a una amenaza no desconocida, porque siempre habíamos sabido de su actuación en nuestro mundo, sino más bien de peligro ampliamente conocido. Debíamos plantar cara a aquellos que lo engendraron todo, los que una vez llamamos dioses. Y para ello, teníamos que acudir a su búsqueda, debíamos alcanzarlos. Esa era mi misión, junto a la de otros dos compañeros.
Motivo de celebración para todos, el objetivo era ampliamente conocido por la civilización, y nuestra llegada al centro de investigación desde el que se realizaría el llamado "lanzamiento" fue una suerte de fiesta universal seguida desde todos los rincones de la sociedad consciente. «Vamos a conquistar nuestro destino», decía mi compañera una y otra vez, como si de un mantra se tratara, llegando al punto de que yo mismo me cuestionara si de verdad creía en lo que decía. Pero ya no era el tiempo de dudar. No cuando todo el mundo está poniendo sus esperanzas en nosotros, cuando nos las transmiten desde la distancia y en la cercanía de las instalaciones que nos ayudarían a llevar a cabo la operación. Aplausos, gritos de ánimo, manos levantadas hacia el cielo para compartir su corazón con nosotros.
«Realmente vamos a hacerlo», pensé. Nosotros éramos la Triada, las vidas de todos, e incluso las conciencias de los que habían cruzado, eran ahora nuestra responsabilidad. Luchábamos contra una suerte de profecía cuya procedencia ni siquiera quedaba lo suficientemente clara como para que en otras circunstancias se tuviese en cuenta. Sin embargo, como si de un impulso primario de supervivencia se tratara, sabíamos que teníamos que actuar.
Aquel mensaje llegó de una forma tan inesperada como los acontecimientos que adelantaba. Miles de personas, de todas las ciudades de nuestro mundo, comenzaron a comunicarse de forma sincronizada. Los grandes artistas de nuestro tiempo de pronto decidieron crear composiciones relacionadas entre sí, a veces sin conocerse, paisajes con grandes torres de cristal surgiendo del agua. Los novelistas, al menos aquellos que aún no habían sucumbido a los encantos de los creadores artificiales, dejaban en sus escritos mensajes ocultos. Incluso los pocos niños que se iban engendrando con el permiso de aquellos que habían abandonado ya este lado del universo hablaban de visiones únicas e increíbles.
Cinco seres, de gesto impasible y mirada cubierta por un velo infinito, sobre un tablero en el que se describía nuestro universo, según los artistas que dibujaban sus siluetas en perfectas ilustraciones. Historias de guardianes que les desafiaban, y que alcanzaban, a través de los reinos de la extinta muerte, su hogar, según los novelistas. Voces desconocidas que hablaban de un artefacto, una llave cuyo propósito era el de extinguir el Plano Eterno de los universos, según los gritos ahogados de los niños que sufrían de esas alucinaciones repentinas.
Fueron estos últimos los que hicieron saltar las alarmas. La vigilancia que se mantiene con los niños es única, a causa de las condiciones de nuestra sociedad en la que cada vida a este lado es crucial para nuestra supervivencia. Por ello, en cuanto se habló de que sufrían de esta clase de experiencias se iniciaron investigaciones en todos los sentidos. No mucho tiempo después, se encontraron relaciones con obras artísticas de toda clase. Finalmente, llegó la profecía que provocó que todos uniésemos esfuerzos para enfrentarnos a lo que podría ser el mayor desafío jamás vivido. Y no nos equivocábamos, porque tan pronto terminaron aquellas extrañas comunicaciones, el resto de mundos abrieron sus puertas de par en par, como si de una señal de emergencia se tratara. Grietas que nos comunicaban con otros que sufrían las mismas experiencias, coincidentes en el punto de vista.
Ya en el centro de investigación, adentrándonos en el silencio de un edificio pensado para soportarlo todo, recitaba en voz alta todos los pasos de aquel salto de fe: cruzar al Æther, el espacio que alcanzan aquellos que dejan su cuerpo físico; usar nuestra tecnología para abrir un agujero hacia el hogar de los dioses, aquel tablero; y evitar el fin de todo. Acciones que sonaban simples a la luz de un plan con un objetivo monumental, como lo era el de frenar a los entes responsables de la preservación de nuestro mundo en su camino por volverse nuestros enemigos y arrasar todo lo que conocíamos.
«¿Estábamos preparados? ¿realmente era este el camino a seguir?» me preguntaba sin parar, de camino a los asientos del artefacto que nos permitiría atravesar la fina membrana que ahora nos separaba de aquellos que vinieron antes a este mundo. Una máquina similar a una cápsula de exploración espacial, de la clase de aquellas que salían despedidas de una nave a punto de explotar. Esas mismas. Y este universo era aquella nave de la que debíamos escapar con urgencia.
Ahora, si pudiese hablarme a mi yo de entonces, lo que le diría es: «Déjalo estar, estás tratando de llegar demasiado alto, Ícaro». Perdimos el miedo, y ese fue nuestro final. Debíamos temerle a lo que se encontraba más allá, porque lo que nos esperaba era un destino más oscuro de lo que jamás habíamos imaginado, no era cuestión de vida o muerte. Enfrentábamos el final de esta vida y de cualquier otra, ya no había segundas oportunidad, ni tampoco pasos a espacios alternativos.
Aniquilación absoluta, sin supervivientes, sin recuerdo de lo que una vez fue. Eso era lo que nos ofrecían los dioses, y debíamos pararlos.
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Æterna
Science FictionSeres con destinos entrelazados, la historia de los héroes de una civilización caminando en los reinos de la muerte, y la vida de una chica que viaja a través de sus decisiones con tal de encontrar un nuevo lugar en el mundo. A través del espacio qu...
