CLAUDIA, CAPÍTULO: 1

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Suspiros.
La sensación de estar acostada encima de una nube. Sentir la calidez acariciando tu rostro hasta poner tus bellos de punta. Cerrar los ojos y disfrutar de esa paz captada en cada poro de la piel, atrapándola hasta ponerle tu nombre. Esa misma sensación sentía yo al estar delante de un gran portal de madera mientras mis dedos rozaban la tela del vestido blanco que llevaba. Estaba nerviosa, todo el mundo está nervioso en ese momento de su vida. Con un "si", tu vida da un giro de 180 grados. Y creía estar preparada para este paso. Dentro de la enorme iglesia que estaba a mis pies, me estaba esperando el amor de mi vida, el hombre con el que iba a pasar el resto de mi vida hasta, como dice la iglesia, que la muerte nos separe. Mi libertad, mi soledad, nunca volvería a ser la misma. Mi mano ya no irá sola, ahora estará agarrada a otra.
Miré al hombre que tenía a mi lado, a mi padre, con sus ojos rojos de tanto emocionarse. Estaba igual o más nervioso que yo, pues me iba a entregar a otro hombre. Mientras le caía una lágrima del ojo izquierdo, se giró para mirarme y me sonrió como siempre lo había hecho, tan cálido y agradable, familiar y cariñoso, esperando por fin entrar y dejar ver nuestro amor padre-hija entre los invitados hasta llegar al altar.
- ¿Estás nerviosa?- me preguntó con la voz un poco temblorosa.
- Me tiemblan las piernas- le contesté con una sonrisa para comunicarle que todo estaba bien, de que me sentía bien.- quiero disfrutar al máximo este momento, es una vez en la vida.
- Muy cierto hija- me contestó con un beso en la frente que aflojó un poco mis nervios, las ganas de llorar, de emocionarme.
- Antes de entrar, ¿algún consejo?
Mi padre me miró con nostalgia, pues, no se creía como aquella niña que cogió en brazos aquel 23 de febrero de 1938 llena de placenta y sangre, estuviera hoy viéndola con un vestido blanco apunto de entrar a casarse y a empezar una nueva vida.
- Deseo que seas feliz con Max, pero siempre sé fiel a tu corazón y a tu instinto para poder serlo plenamente.- me abrazó y yo contesté a su gesto envolviendolo con mis brazos- pero nunca dejes que sea él quien decida por ti.
En ese momento empezamos a escuchar el piano de la iglesia con su familiar e inconfundible melodía de ensueño. Nuestras miradas chocaron a la vez y, sin decir una palabra, los dos sabíamos que ya era la hora. Las puertas se abrieron de par en par, y todas las personas presentes se giraron para fijar todas sus miradas en mí. Mientras caminaba al lado de mi padre agarrándolo del brazo, aprendí que existen muchos tipos de expresiones cuando ven a alguien con un vestido de novia. Algunos invitados estaban con la boca abierta, otros con una sonrisa radiante. Otros se emocionaron, incluida mi madre que poco faltó para que el maquillaje quedase extendido por toda su cara. Hasta que mis ojos chocaron con unos ojos azules, más intensos y cristalinos de lo normal, pero con la misma calidez, familiaridad y cariño como recordaba. Max iba radiante, con su traje de boda color gris y una pequeña rosa roja permanecía en su hombro haciéndole sentir el hombre más hermoso de la tierra. En ese momento mis nervios subieron, incrementando mi respiración. Sonreí para relajarme, pero no lo conseguía. En mi subconsciente afloraron nuevas emociones. Las mismas cuando asomas tu visión en un acantilado para ver qué tan alto es, o el mareo repentino al levantarte de una silla rápidamente. Esa misma sensación empezó a recorrer mi cuerpo, hasta que mis piernas dejaron de responder y caí al suelo. Toda la gente se levantó con gritos, sollozos, pero mis oídos se taponaron y mi visión se volvió completamente borrosa. Notaba el contacto de mi padre gritando mi nombre, hasta que vi los ojos de Max, el color del mar dónde nunca más iba a regresar.

Me incorporé de golpe en la cama, sudorosa, con la respiración entrecortada. Eran las 4:00 de la mañana, como de costumbre. Últimamente sufría de estos acontecimientos. Sueños extraños para luego despertar como si alguien me asustase, y no me gustaba. Desde que mi abuela había fallecido, no hacía más que soñar con personas que nunca había visto en mi vida. Era muy extraño. Puedo describirme de muchas maneras pero siempre voy a decir que soy una friki de los sueños y de sus significados, pero llevándolo todo a una justificación científica. Los libros que más destacaban de mi estantería eran libros de amor (porque sin amor no hay vida) y libros sobre los sueños. Mi madre opina que no todo el mundo sueña cosas, pero lo cierto es que todo el mundo sueña cuando duerme aunque no te acuerdes. Pero, aunque le dés pruebas, nunca va a admitir que eso sea posible. Y eso me da más pistas de que mi cabezonería la heredé de ella.
Me levanté para ir al baño, odiaba la sensación de estar sudada y que la ropa de dormir se pegase por todo el cuerpo como si tuviera miedo de salir volando. Me lavé la cara y me pasé una toalla por la espalda y el cuello mientras iba pensando en lo que acababa de soñar. ¿Vestida de blanco?, ¿ojos azules?, todo era muy extraño. Más que nada porque, aparte de que todos los rostros que salían eran desconocidos para mí, no tenía en mente casarme nunca. Nunca he entendido cuando una pareja decide casarse para luego seguir igual que siempre, pero con papeles firmados. ¿Desde cuando unos papeles firmados son una unión de amor para el instinto humano?, el mundo al revés. "Perfecto Claudia. Te acabas de despertar a las 4:00 de la mañana, ya no tienes sueño y tus clases empiezan a las ocho. Ahora dime, ¿qué vas a hacer?" me dije a mi misma mirándome en el espejo. Si, me hablo a mi misma, y si eso es estar loca, todo el mundo está loco. Así que decidí hacer lo mismo que había hecho la última semana, hacer ejercicio. Con mi conjunto azul de mallas y top deportivo, y las deportivas, me miré al espejo. "Maldita sea con el azul" me estremecí conmigo misma. Aquellos ojos azules se habían apoderado de mi mente y mi subconsciente no encontraba la manera de echarlos fuera. Me cambié el conjunto y me puse uno de color rosa. Aunque sea el último color que me pondría en toda la faz de la tierra, mis otros conjuntos estaban en la lavadora, pero no me pensaba poner el azul de las narices.

Correr era una liberación, un suspiro, una desconexión. Sobretodo si te has despertado de una pesadilla y necesitas tener la mente en blanco. Despertarse a las 4:00 de la mañana no gusta a nadie, pero ya le había pillado la parte positiva. No había casi gente (por no decir que mi barrio parecía un pueblo perdido del lejano oeste), se escuchaban pasar pocos coches, y lo más importante, aún no salía el sol. El aire era fresco, sobretodo porque ese día había llovido por la noche. Me ponía los auriculares con las canciones de Melanie Martinez, mi artista favorita. Sus canciones eran como unas alas blancas que se posaban en mi espalda y me hacían volar, un medio de inspiración y de libertad. No era igual que mi generación, Bad Bunny era alguien desconocido para mí y el alcohol no era mi medio de desconexión del mundo real. Mientras unos subían selfies a sus cuentas de instagram mientras esperaban a que el profesor llegase, yo solía seguir leyendo el libro que me había echado ojitos para que me lo llevara. Las fiestas eran un tema desconocido, la típica puerta de una casa que está en el fondo de un pasillo que nunca se abre. Pues para mi eso eran las fiestas. Y por ahora no quería abrirla. Por eso tampoco tengo muchos amigos, y ser introvertida y desconfiada con la gente tampoco ayuda. Pero no me importa, prefiero estar rodeada de pájaros y árboles que de personas borrachas en una casa con reggaeton petando los oídos. Como ahora, había llegado al bosque de mi pueblo, el lugar de mis sueños. El único lugar donde estoy cómoda y en paz, como en casa. Me quité los auriculares para poder escuchar bien las canciones de los queridísimos artistas de dos patas y dos alas, acompañados de la melodía del viento al golpear las ramas de los altos pinos. Esto si que es una fiesta. Ver los árboles bailar mientras tu pelo los imita. Es una razón de sonreír, de sentirse querida, de volver a encontrar tu instinto más salvaje. Me quité las deportivas y los calcetines blancos y empecé a caminar descalza por aquel bosque lleno de tonos verdes y marrones. La tierra estaba mojada, pero por las hojas de los pinos mis pies no se ensuciaron demasiado. El reír me salía solo, la felicidad salía por cada poro de mi piel formando una especie de burbuja de soledad y tranquilidad. Seguí caminando hasta que llegué al final del bosque, en una colina y me senté. El cielo tapado por las ramas de los pinos pasó a ser un cielo totalmente despejado acompañado por una pradera llena de flores. Ya estábamos en la primavera, y el prado relucía un gran número de amapolas y jazmines por todo alrededor. Si tuviera ese don tan mágico del arte artístico, como lo tiene mi amiga Camila, dibujaría sin pensarlo dos veces el paisaje que tenía justo delante de mis ojos para colgarlo en mi futura cocina donde algún día comeré con mis nietos una paella de verduras todos los domingos. Mientras mi imaginación volaba, empezó a salir el sol. El acontecimiento natural que daba comienzo el día y el fin de la noche, aunque yo últimamente iba muy adelantada. Miré la hora y eran las 6:00, la hora perfecta para dar los buenos días a todos los animales. Sin más ni menos, miré al cielo y vi el grupo de palomas que tomaban rumbo a la ciudad, las abejas empezaban a trabajar con la miel, una liebre pasaba con sus crías para buscar comida...
- Bienvenida a la vida salvaje, de nuevo- me dije a mi misma con las mejillas coloradas y una sonrisa en la cara.

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⏰ Last updated: Feb 27, 2023 ⏰

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