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PROLOGO

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Toqué el timbre por tercera vez. No podía creer que, por culpa de mi amor por la cama, hubiera perdido esta cita. Resoplé, frustrada.

Estaba perdiendo la paciencia. No me había dado cuenta de con qué fuerza apretaba el asa de mi bolsa hasta que me dolieron los nudillos. Insistí una vez más con el timbre. No pudo haberse ido... por favor. El sonido de mis tenis contra el suelo me avisó que estaba a punto de tener un ataque de ansiedad.

—Vamos, que solo han sido dos horitas de retraso. Dos horitas de nada —murmuré mientras me recostaba en la pared y caía al suelo, como hablándole a la puerta—. Juro que esto no hubiera pasado si mi villana favorita no me hubiera retenido hasta las tres de la mañana. Ahora la muy... —encogí las manos, resoplando para ahorrarme el insulto—, la muy cruel está en su nuevo trabajo, y soy yo quien tiene que darle la cara al casero para conseguir un apartamento para las dos. ¡Y para colmo, llego tarde! A pesar de que mi progenitor —al que aún no conozco personalmente— me advirtió sobre la importancia de la puntualidad.

Sin pensarlo, volví a la puerta. Esta vez ignoré el timbre y golpeé con toda la fuerza que mis puños me permitieron.

—Espero que sea la dueña del condominio —escuché la voz de un hombre mientras abría la puerta. Una voz varonil... muy sexy, por cierto.

En el umbral estaba uno de los hombres más guapos que había visto en mi vida. Por Dios, pero qué casero... Bien podría ser modelo o galán de esas telenovelas tan cursis que ve mi mamá.

—¿Y bien? —Alzó una ceja mientras me escaneaba de arriba abajo. Era mucho más alto que yo, así que tuve que alzar bastante la mirada.

—No soy la dueña del condominio —dije entrando al apartamento—, pero casi soy la dueña de este.

—¿No me digas? —preguntó, aún con la mano en la puerta y sin perder esa seriedad que traía pegada a la cara.

Tenía una mirada profunda. A pesar del extraño color de sus ojos —una mezcla perfecta entre verde y miel—, su expresión era definitivamente oscura.

—Pensaba que había quedado claro ayer cuando hablamos por teléfono —seguí—. Le dije que me quedaría con el apartamento... Qué horror de decoración, por cierto —comenté tocando un rey de ajedrez tamaño gigante que parecía de porcelana—. Pensaba que no estaría amueblado.

—Señorita...

—Oh —me sonrojé. ¿Dónde diablos se habían quedado mis modales? Ah, ya recuerdo: en la almohada, que por cierto ya comenzaba a extrañar—. Perdón. Buenos días. Sarah, Sarah Sanz —le dije, extendiéndole la mano—. ¿Y el contrato?

Él miró mi mano como si fuera una amenaza y decidió ignorarla. Puede que mis modales se hayan quedado en la cama, pero los suyos se quedaron junto a la placenta al nacer. Qué carácter tan feo. Seguro por eso es agente de bienes raíces y no modelo, aunque debería tratar mejor a sus clientes. Se salva que yo necesito desesperadamente este apartamento, si no...

—Sarah —dijo, masticando mi nombre como si se le atragantara la paciencia.

Se supone que los humanos tenemos una vocecita interior que nos avisa cuando la estamos cagando. Pues la mía es un gordito en taparrabos que me grita: "¡Suéltalo! ¡Suéltalo que está buenísimo!" o algo así como "Tranquila, solo se vive una vez. ¿Crees que alguien recuerde los papelazos de tu tatarabuela?"

—Tranquilo, si se te quedaron puedo esperar —le dije con una sonrisa, intentando ser lo que a él no le enseñaron: amable—. Voy a dar un recorrido por la casa, quisiera ver los cuartos y el baño.

Lo que había visto hasta ahora me encantaba. Solo no me gustaba aquella decoración al estilo tablero de ajedrez: todo en blanco y negro, con una alfombra que imitaba las casillas. El espacio era amplio, había lugar para una gran sala y la cocina tenía una enorme isla... justo como siempre la soñé. Luego, un pasillo con dos puertas a cada lado. Supuse que eran habitaciones, cada una con baño propio y vestidor. Perfecto para Cruela y para mí.

Sin pensarlo, tomé por el pasillo y abrí una puerta.

—¡Madre mía! —exclamé llevándome las manos a la boca. Había una mujer dormida y completamente desnuda sobre la cama.

—¿Nunca escuchas a los demás? —gritó él, cerrando la puerta de un tirón.

Vaya, si la rubia no se despertó, le entrego mi corona de reina de los sueños profundos. Pero ahora solo me preocupaba una cosa: ¿Estoy en el apartamento correcto? Me daba pena hasta preguntar.

—Este no es el apartamento en renta, ¿verdad? —dije lentamente, sin mirarlo a los ojos, fingiendo mi mejor sonrisa nerviosa.

—No.

Me mordí el labio inferior. Ay, tierra, trágame. Aunque dadas las circunstancias, lo mejor era no decir nada.

—Tranquilo, sé dónde está la puerta.

—De hecho, me imagino que sabes hasta dónde guardo los cuchillos de mesa —dijo, siguiéndome hasta la sala—, ya que has detallado cada minúsculo fragmento de mi "horrible" decoración.

Ok... Este día va directo a mi interminable lista de papelazos.

POR TU SONRISAStories to obsess over. Discover now