En todas las planillas de los periódicos imaginarios de Seúl de mi cabeza y mi fatalidad rezan los titulares que el mundo se va a acabar, aunque la realidad es que mi mundo empezó y terminó contigo.
Te veo en cada uno de mis espacios oscuros, como quien siempre se niega ante lo irrefutable -sabiendo que está mal- porque, aunque suene testarudo, se siente bien incluso en su equivocación. No sé si el día de mañana ya sea el último definitivamente hablando. Lo que sí sé es que he visto tantos finales en esta vida que ya estoy acostumbrado, aunque la esperanza de tu aparición siempre me alumbre el camino. La pregunta es la de siempre y la de nunca: ¿después de tanto nuestra tristeza podrá embonar en cada una de nuestras aristas? Es que ya no sé cuánto hemos cambiado, ni cuánto hemos recelado de nuestra propia historia. Ni cuánto nos ha arrebatado la circunstancia que siempre nos sabe sublimar.
No sé cuánto nos hemos incendiado. Al parecer aquí el amor exige corazones en llamas y eso fue lo que le dimos. Qué bonito encontrar esa gloria al final del camino, ¿no lo crees? Porque si al menos nuestros destinos se desviaron tanto, contar con esa dicha nos exime de cualquier adiós. Aunque nunca pudimos decirnos esto a los cuatro vientos, salvo de oído a oído, sabes bien que pertenecemos a quienes nos hacen abrazar a quien somos. Y a mí me llenó la vida abrazarme contigo, aunque después eso mismo me la quitara.
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Es el invierno más frío de Seúl. La brisa que viene de las montañas mece las cabezas de los alcatraces -que parecen cabezas de fósforos- y transforma el viento gélido en ráfagas de trazos de acuarelas amarillas.
Esto es todo lo que me legó mi padre antes de que se marchara de nuestras vidas. Para siempre.
Un campo lleno de tulipanes, tan extenso como la sombra de la nostalgia. Vaya, que soy un Telémaco con la gran diferencia de que mi padre no regresará ni a los 20 años ni a los 200.
Mucho menos después de que conozca la verdad. Porque en Seúl todo el mundo conoce los pecados de los otros. Y aunque el mío es una dentellada en la oscuridad, las personas podrían verlo como un monstruo capaz de acabar con la paz de sus confines.
El viento descarnado me sacude el pelo, que en esta época del año ya es más pajar que pelo. Tomo una larga inspiración -algo que no cuesta mucho trabajo dadas las circunstancias- y me encamino a la gran pila de agua con aspecto de un cuarzo traído del espacio. El agua empieza a fluir con sus movimientos convulsos y el rocío empieza a cubrir el aterciopelado espacio de las parcelas. Lo que sigue de la marcha del día es cortar y poner en cajas a los tulipanes. Porque en dos semanas habrá una subasta -la subasta más importante del año en toda Corea del Sur, en Seúl- y la rutina y los consejos de mamá siempre dictan que no se debe dejar todo para el último segundo.
El día pasa. El sol con sus revoluciones, las estrellas que se asoman, el cielo que parece una cueva con luciérnagas de fondo y las montañas grises que parecen grandes colmillos de lobos hambrientos. La noche se siente como un reposo.
Así que caigo rendido.
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Debí haberme preocupado. Debí haberme preocupado y debí haber
sabido que la calma no duraba para siempre. Pero era un chico feliz con lo
único que sabía hacer bien en su vida, estaba rodeado de tulipanes y solo
contaba con la bondad del sol y la placidez de las estrellas. No sabía de
maldades ni de odios, así que aquel rencor llegó a mi alma con un zarpazo
letal de una fiera enjaulada que por fin tenía a su presa de cerca.
Y me dejó la herida como única compañera en una larga marcha y no
sabía si entenderla como mi aliada o mi enemiga, ni interpretar su dolor o
su intención.
Debí haberme preocupado, pero no lo hice. No sabía que las personas
enterraban sus secretos y se llevaban a alguien más a su pasado para que el
presente los engullera por completo.
Debí haberme preocupado por encerrar en frascos todas las cosas que
me hacían felices sin darme cuenta. Porque debes saber que esa realidad
que tanto temíamos borró con su crueldad todo rastro de ti y de lo que
fuimos. Nunca lo imaginé -y nunca supe encerrar las estrellas que veíamos
en los telescopios, ni el calor de tu piel, ni las fotos que nos hacían sentir
eternos, ni esos tulipanes a los que les dimos color y nos dieron color de
vuelta-. Nunca supe encerrar nuestras primeras veces, que en este caso
fueron las últimas. Y así quedé solo, tan arrojado al mundo que cada segundo dolía. Sin esos recuerdos y sin esas personas ya no existía nada que me devolviera a la vida.
Yo conocía el lado bueno de las palabras. Dios, claro que lo conocía. Y
algo más peligroso: lo sentía. Cada palabra salida de tus labios era para mí
una bendición que cobraba realidad. Incluso tus silencios me los apropiaba
y los sentía poesía. Ahora, tan apartado de ti, solo deseo que nunca nadie te
quite esa magia que para mí funcionó para creerte eterno.
Así que ahora que ya sabes cómo es esta verdad que tanto me ha costado
aceptar, solo te pido un último deseo. Por favor, guárdame en tu recuerdo.
Es el único sitio donde los dos estamos a salvo. Guarda esa foto mía en el
atardecer junto a tu pecho y ahí descansaré. Ahí descansará toda nuestra
historia. Los dos sabemos que ningún monstruo la podrá mancillar mientras
la recordemos así. Fuimos la paz.
Recuérdalo siempre.
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Puedo sentir la llegada del inquilino, pero mis párpados no pueden abrirse. Solo hay un claro lunar. Mi pecho se siente frío. Es entonces cuando su presencia se siente más real. Recorre la manta hasta mi cuello. Un haz de calor me recorre.
Y sigo soñando.
