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Respiré hondo un par de veces antes de salir del servicio. Tener que sonreír mientras servía copas a gente maleducada y estúpidamente rica era bastante agotador.

Me mudé a Roma un par de meses atrás para empezar de cero, aunque tampoco es que dejase atrás nada importante, nadie me echaría de menos.
Pero lo cierto era que marcharte a una ciudad cara sin ahorros era complejo, así que por eso me presenté al puesto vacante del club, pero no me cogieron. Buscaban a una persona de seguridad y yo reunía los requisitos: practicar o haber practicado algún deporte de contacto de manera federada. Yo boxeaba, no competía pero estaba federada y lo llevaba haciendo desde los doce años, pero pareció ser que el gerente pensó que daba más la talla de camarera, ya que no era muy grande y, según palabras textuales "tenía pinta de niña buena, y era un despropósito no poner esa carita detrás de la barra". En cualquier otra circunstancia le hubiese demostrado lo buena que era boxeando utilizándole como saco, pero en aquel momento necesitaba dinero para pagar el alquiler del cuchitril que había encontrado, así que, otra noche más, me tocaba aguantar a los niños ricos que salen por el centro de Roma a beber con dinero de sus padres.

Me puse tras la barra y fingí una de mis mejores sonrisas.

— ¡Giulia! —exclamó mi compañera—. Menos mal que has vuelto, esto se está llenando.

— Pues como todos los malditos viernes, Eva. —Suspiré.

— ¡Eh, guapa! —gritó un chico a mi lado—. ¡Dos gintonics, y rapidito!

Le maldije por dentro mientras le servía sin mirarle a la cara.

— Este no tiene pinta de niño rico. —Me susurró mi compañera.

Alcé la vista y me encontré con unos ojos intensos color café. Observé al chico unos instantes; llevaba los ojos delineados, un par de mechones castaños le caían, alborotados, por la frente. Llevaba una camisa desabotonada y se podían divisar varios tatuajes por su cuerpo.

— ¿Te cobras o qué? —Habló, borde.

Le cogí el billete y me giré hacia la caja.

— ¿Por qué? —le susurré a Eva—. ¿Porque lleva tatuajes y no lleva el pelo engominado? —reí—. Ese es peor incluso.

Cogí el cambio y se lo tendí.

— Quédatelo —sonrió, con superioridad mientras cogía las dos copas—. Seguro que lo necesitas más que yo.

¿Pero y este imbécil? Se largó, perdiéndose entre la multitud, dejándome con la boca abierta.

— ¿Qué pasa? —Me preguntó Eva.

— Toma —le tendí el dinero—. Mételo en el bote.

— Joder, guapo y generoso.

— Uy sí —reí sarcástica—. Un ser de luz el idiota ese.

Tuvimos una noche bastante ajetreada, como era previsible. Pero pude tener mi descanso de quince minutos, los cuales aproveché para salir a fumarme un cigarrillo.
Había bastante gente en la puerta, intentando decirle al portero que eran hijos de no se quién para saltarse la cola y entrar directamente en el local.

— ¡Que te apartes, gorila!

— ¡Tienes que hacer la cola, como todo el puto mundo, niñato!

Calé el pitillo sin hacer mucho caso a la riña, pues pasaba cada noche, era lo común. Pero en un momento dado vi de reojo mucho revuelo y me giré.
El chico que quería entrar a toda costa estaba enzarzado con mi compañero de seguridad, el cual estaba intentando quitárselo de encima, pero el niño rico era sorprendentemente grande y no le estaba siendo fácil.
No me lo pensé, tiré la colilla, la pisé y me acerqué los metros que me separaban de la pelea, donde ya se había formado un corro de gente, cogí al chico por el cuello de la camisa y sin que me supusiera esfuerzo alguno, tiré de él hacia atrás y se cayó al suelo.

If not for you · Damiano DavidStories to obsess over. Discover now