Después de la llanura y el páramo seco aparecían los valles marrones, calientes, distantes como pequeñas islas flotantes. Por acá y por allá en los valles aparecen como pequeños hongos unas tormentas distantes donde a veces salían, semejante a grietas o alfabetos divinos,relámpagos furiosos y violentos. A veces en el vacío absoluto del silencio se escuchaban los rugidos amenazantes de los truenos que parecían querer tragar el mundo inhóspito. La llanura era árida y muerta. El viajero contemplo algunos arboles resecos esparcidos iguales a negros monolitos. A pesar de que la tormenta parecía como la entrada gris-oscura y azulada del mar no existía indicios de un acercamiento en dirección hacia la llanura. Él también viajaba como una deidad errante. El viajero giró su caballo hacia lo que antaño fue un riachuelo y allí había un pequeño puente que era inexplicablemente natural. El mundo parecía más triste. La tierra destilaba un brillo o la ilusión de un brillo. Parecía más rubia mientras que el zenit del cielo se convertía en carmesí. Incluso algunas rocas inmensas alrededor como antiguos anfiteatros destilaban un color rojillo. Luego de algunas horas en uno de los taludes escarpados de uno de los valles sintió que estaba por abandonar ese país de los valles y llanuras desérticos. No hizo fuego y tampoco durmió; El caballo tampoco se quejo. Después de dos días se encontró con un océano de arena. Subió en las inmensas olas arenosas. Como si fuera un amigo de otras Eras se escuchó el eco de algo inclasificable... ¿ de un grito? Podía ser. En el abismo azul celestial vio lo que parecía ser un águila. No era el único ser vivo que había visto. Semanas atrás en el país de las llanuras y los valles descubrió que a través de aquel mosaico seco donde se acumulaba el calor hirviendo el aire como una especie de mar infernal emitiendo espejismos misteriosos formando imágenes de apariencias cuasi ilógicas o grotescas, vio lo que parecía un par de dos ancianos peleando debajo de un árbol. Se escuchaban sus peleas o los monólogos que exponían al viento. Por curiosidad se acercó pero como era de esperar cuando vieron que el Viajero se acercaba ellos trataron de huir. Y así como se acercó se fue.
En el atardecer encontró una gran roca en el desierto y cuando se acercó observó un poco indiferente la gran cabeza pétrea que era la roca. A unos kilómetros de la gran cabeza vio unos tótems grandes rotos y tirados en la intemperie. Más allá de los tótems que asemejan a las costillas de una ballena, descubrió lo que parecía los últimos vestigios de alguna gran ciudad tragada y hundida por el desierto mismo. Caminó y caminó por kilómetros y encontró un aparato singular. Las cáscaras parecían arrugadas y marchitas como hojas. '' Automóvil lo llamaban en los días antiguos''. ¿ Desde cuando caminaba con su leal caballo? desde que los días se denominaron días y las noches se llamaron noches. Desde antes que el mundo floreciera y muriera y floreciera y muriera de nuevo para florecer después. ''Tanta soledad!''. No obstante después de mucho tiempo tenía una misión. Iba a un encuentro importante. El viento silbó a su espalda. Acomodo el turban blanco. Desde lejos junto con su caballo parecía una figura espectral, un fantasma pálido.
Encontró la Ciudad de Hierro. En la avenida principal había un mercado inmenso y en algunos lugares contemplaba algunas agrupaciones de tiendas que parecían hormigueros abandonados. Cuando lo vieron, empezaron a esparcirse. Había grupos que corrían para esconderse. Se escuchaban diversos dialectos. Uno gritaba '' Azril ! Azril!''; otro con connotaciones parecidas '' Asrel, Asrel''.
En una casa entró exhausto un adolescente y le gritó al anciano que estaba en la cama '' Azrael, viene Azrael''. El viejo sonrió. Todos desaparecieron. No había nadie afuera. Solo una leve lluvia de polvo que en las calles parecía un manto. Todos se escondieron.
El Viajero bajó de su leal caballo. Entró en la casa.
El viejo que tenía la puerta de la entrada abierta escuchó las pisadas casi huecas del visitante. El anciano sonríe en ese preciso momento. Le invita al viajero a tomar asiento. El Viajero declina la petición.
El anciano aunque tenía aspecto de estar enfermo no lo parecía en absoluto en ese momento. Se podría decir que hay una alegría oculta mayor en cada sonrisa que le da al Viajero.
- Después de tanto tiempo Usted llegó-dijo el anciano.
- Así es- contestó el Viajero.
- Creo que la hora ha llegado. Usted va a dejar ser la Muerte.
-Eso me temo... sería imposible.
- ¿ Lo cree asi?
- Uno ha nacido, para tener ese peso, ese destino. Mi único descanso es olvidar después de largos periodos.
- Sin embargo ha venido hasta aquí...
- Porque me destinaron a venir hasta aquí.
- Por una razón.- dijo el anciano más sonriente que nunca.
-¿ Por qué?- dijo el viajero un poco preocupado.
- Le absuelvo. Está libre.
El Viajero en ese momento se levantó y se transformó en polvo. Incluso el caballo afuera desapareció.
