Prólogo

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El reloj marcó las doce, momento idóneo para sus músculos ser invadidos por el frenesí al que les arrastraba la adrenalina. Un entumecimiento delicioso que inhibía hasta la capacidad de racionalizar debidamente la situación, aún en medio del delirio culposo consecuente en su condición. La ansiedad fue la siguiente en llegar a la reunión, repercutiendo en el latir de aquella tediosa vena en su frente, que se brotaba inocente al ser embarcado en el rugiente mar de la agonía. Con el transcurrir de las horas pudo notar al responsable de su creciente angustia, una que le corroía las tripas y le había llevado a arrancarse la piel de sus uñas. Del tamaño de un centavo se regodeaba orgullosa una fisura limpia que atravesaba el costado izquierdo del espejo, cortando en el camino al fino marco.
–No, no, no. –  Clamaba desesperado, caminando con zozobra de un lado para otro en la pequeña celda que tendía por derecho a llamar cuarto. Arrancando tajos de su grasoso cabello dorado carente de vitalidad deseando sentir el mismo ardor que en un inicio expandiéndose por su cabeza hasta adormecer su sien. Tomando nuevamente de rehén a su labio inferior que ya se había roto luego de ser víctima circunstancial de su desasosiego. No paraba de negar desesperado anhelando que esa pesadilla se acabara, soltara su corazón para respirar con tranquilidad. 
Experimentaba una creciente avalancha emocional cada que cavilaba en su imposibilidad de verla. Porque ella era la única que le escuchaba y entendía al manifestarse a través del espejo. Uno que con hojas de laurel bañadas en oro como corona de su delicado recuadro, resguardada al ahora mal herido cristal que le devolvía el tribulado reflejo de los atormentados ojos que poseía. Lo primero en lo que reparó fue en sus hebras desordenadas, con el cuero cabelludo expuesto en ciertas zonas y sus labios resecos separados debido a su respiración agitada, imagen que le dio la bienvenida a la primera vez que en un año al fin podría verse a sí mismo, y recordó por qué no añoraba observar su aspecto para nada.
No quería verse, la quería a ella. Esa necesidad era lo que realmente lo estaba empujando al inevitable desenlace que aguardaba paciente como depredador vigilante a su presa. Lo sabía, y eso incrementaba su miedo. Rasguñó la piel de sus brazos en un intento exasperado por aferrarse a algo, no importaba si era su delgado cuerpo mientras luchaba por mantener la calma. El torrente sinuoso que se desató sobre sus mejillas le hizo prestar mayor atención a sus ojos que tristes le devolvían la mirada. En lo que apreciaba al par de luceros que fueron marcados por la heterocromía desde antes de nacer, de estos, brotaban gruesas lágrimas que marcaban su propio rumbo ante la suciedad que cubría la carne.
Desde que dejó de tomar la respectiva medicación jamás se imaginó que su vida cambiaría tanto, que un solo acto de egoísmo podría llevarle a conocer a quien realmente le hacía  feliz y pensó jamás volver a ver esa expresión en su rostro alicaído. Estaba acostumbrado a la soledad, despreciado y rechazado por todos, inicialmente por su propia familia que prefería mantener las distancias como si aquella enfermedad fuera contagiosa. Le afectaba la facilidad con la que fingieron que no existía, que había muerto desde su diagnóstico. Aun en esas circunstancias, no podía evitar compadecerse de su madre, de lo que padecía a manos de quien verdaderamente se encontraba loco.

No obstante, su dama nocturna fue la excepción. Despejando sus noches de insomnio, fomentando la sonrisa en los agrietados labios que resguardaba a los dientes manchados por el hierro de su sangre, despertando en él la necesidad de vivir. Se negaba a creer que ella era parte del amargo amalgama que su mente entretejía, siendo lo único bueno que habría conocido alguna vez. Dependía de esa inexplicable alegría que iluminaba las zonas más oscuras de sus pensamientos, era adicto a escucharle reír y acompañarla a brillar. Y el saber que sucumbiría a la depresiva existencia que ya de por sí llevaba le enloquecía.
No supo cómo, pero dentro del estupor de su extraña amiga parálisis, justo cuando sus más horrorosas pesadillas se volvían realidad al entrar por la puerta de su mal cuidada habitación, ella atravesó la oscuridad como un rayo de luz, e inundándolo con su calidez le regaló una sonrisa  calmando sus nervios de inmediato. Ella era su salvación. Gracias a ella estaba vivo. Le regaló su tiempo a partir de esa primera vez a través del espejo, y él, por miedo a que se alejará jamás le preguntó de dónde venía o por qué estaba allí. Así funcionaba, el tampoco desearía responder aquellas preguntas. Pero ahora ella no estaba, a cinco para las doce pudo ver la grieta que finalmente marcaba los parámetros del abismo que se cernía por su cuerpo. 
Se adaptó a la apacibilidad que le rodeaba desde los trece. Al agrio aroma que su vestimenta despedía gracias a su poco aseo personal que realizaba empleando una pequeña cubeta que debía durarle toda la semana y un trapo desgastado que envolvía una panela de jabón, objeto tan simple que ni siquiera sentía como suyo. Conocía nada más los principios básicos de todo debido al abandono de una madre acobardada, que apenas supo que su primogénito no era normal le repudió hasta la muerte; condenándolo a su ausencia creció sin educación y con la dosis respectiva de medicamentos recetados aquella primera y única vez que fueron al psiquiatra, siempre aguardando en la puerta del ático en el que vivía. Escuchando siempre el ajetreo de “los de abajo”, como les llamaba, y aprendiendo de las voces ajenas lo poco que valía la pena conocer de la vida.
Veía a sus hermanos jugar en el patio trasero cerca de las tres, despertaba con la dulce voz de su madre de fondo anunciando la llegada de un nuevo día para aquellos que dormían bajo sus pies, algunas veces comía de las sobras que le eran selectas y mezcladas con condimentos demasiados picantes o salados para su gusto u otras veces sin sabor, pero comúnmente prefería dejar que estas se pudieran en una esquina de la pieza, un hábito que durante trece años convirtió al aroma a putrefacción en el antesala  de la tan común pérdida injusta que parecía seguirle por todos lados. La mujer de cabellera canosa parecía no darse cuenta del famélico estado del hombre en el que se había convertido su hijo mayor, pero sí era problemático el ruido y los pasos fuertes. Una ironía de la cual era más que consiente nuestro desdichado amigo.
Pero su padre, esa sí que era otra historia. No había madrugada que este no llegase ebrio y golpeando las paredes, muchas veces no solo estas eran víctimas desafortunadas del arrebato de aquel hombre. No supo si su exclusión era una ventaja, hasta que pudo descansar tranquilamente bajo la vigilancia tierna de la respirdona, pero había noches en las que los alaridos eran tan fuertes que temía tomar su medicación y amanecer muerto. Sin embargo, desde que había aparecido la dama en el espejo jamás tuvo que soportar imaginarse tales escenarios, se sumergía en un mundo de plenitud hasta que el reloj marcaba las seis de la mañana y se iba a descansar el cuerpo. Pues su mente, jamás descansaba.
La secuencia siempre era la misma, ella aparecía en cuanto el día marcaba su muerte y desaparecía cuando el sol naciente teñía el cielo con sus primeros rayos coloreando las nubes con colores pasteles. Y ahora que la noche estaba en su punto álgido, ella nunca más se dejó ver. Se culpó maldiciendo en voz alta, gimiendo al probar el dolor más angustioso para un ser humano, el emocional. Tras su paladar predominaba la resequedad inquebrantable de quien se sentía insatisfecho y las lágrimas secas sobre su piel le recordaban vilmente que no era merecedor de nada. El recordatorio no fue más que el belicoso aditivo del enajenado rencor, uno que añejado e indómito le poseyó.
La sangre corría febril bajo sus venas, y gritó, gritó hasta desgarrar sus cuerdas bucales. Gritó hasta quedarse sordo debido a un pitido enfermizo que se adueñó de sus oídos, y cegado por la desesperación se arrancó las orejas buscando el alivio. Sintiendo entonces el timbre martillando su cerebro con insistencia, justo tras sus ojos. Pensó que quizás había perdido la consciencia al sumirse en un pasado lejano en el que era testigo y no protagonista de las conversaciones con aquella hermosa mujer que llevaba por nombre “Demencia”, de la que se encontraba endemoniadamente enamorado y que comprendía sus necesidades más que nadie en el mundo. Pero fue devuelto a la realidad cuando un golpe seco dado por sí mismo a la pared le abstrajo.
Un nudo se instaló en su pecho al no poder oír y tampoco deseó ver lo que había hecho con el único objeto por el cual podía comunicarse con su amante secreta, por lo que clavó sus dedos en la cuenca de sus húmedos fanales deseando arrancarlos y de él emergió la ira. La más truculenta y salvaje de todas, el odio le envolvió en su absoluta complejidad llevándolo de la mano a arremeter contra todo lo que en su camino se atravesara, lanzó la estancia contra el espejo y en respuesta este estalló en pequeños pedazos que rugieron al caer al suelo, podía oler la sangre que surgió desde las esquinas de las paredes recorriendo la alborada lentamente hasta tocar el piso.
Los demonios que le perseguían golpeaban con furia las ventanas que tras cada golpe se agrietaron hasta detonar. Y si no fuera por la duda que se restregaba contra su piel, podría jurar que uno de ellos se hallaba sentado en una esquina de su habitación con imperturbabilidad, esbozando una brillante sonrisa que escondía la mayor parte de sus ojos pero no el brillo perverso que se sostenía como la única luz petulante que tendría permiso de poseer aquel pérfido ser. Intentó gritar nuevamente al verlo acercarse, sentía como el alma se había caído a sus pies, pero el ser fue interrumpido por el desenlace inevitable que nuestro desgraciado personaje percibirá insidioso. Su padre abrió el pequeño postigo que los separaba y emergió del suelo como una bestia sedienta de sangre.
¿No te dijo la puta de tu madre que no hicieras ruido, trastornado? –
Ya no importaba demonio alguno, o la despiadada consciencia de la perdida. Allí estaba su padre con el cinturón de siempre en la mano y el terrible hedor a alcohol que dio un fin estrepitoso a su ataque de psicosis, reemplazando cualquier pensamiento por el espanto. De inmediato tomó el rol que le correspondía, en el suelo con la cabeza gacha tal cual perro imploró un perdón sordo que veía la luz en su mente y fallecía en su boca al no poder emitir ruido alguno, rogó clemencia por sus pecados recibiendo la reprimenda más dolosa en décadas; tal era la magnitud de los azotes que el eco resonó por toda la casa junto a los sollozos amortiguados, secuela del esfuerzo riguroso de sus cuerdas bucales. El ebrio hombre parecía una inagotable fuente de brutalidad pues no le bastó con dejar caer el cinturón y la hebilla del mismo por donde fuera con tal de generar daño. Él lo quería matar.

¡Muere hijo de puta! ¡Todo es culpa tuya! ¡No generas más que dolor y gastos, escoria esquizofrénica! – Cada insulto ya estaba grabado a fuego en lealmente del chico, no hacía falta escucharlo para saber lo que ya saldría por la boca del monstruo que tenía por padre. Todo su cuerpo parecía querer explotar de dolor, así que cuando su cuello fue rodeado con aquella correa de cuero y sintió la insistencia de su padre por asfixiarlo se dejó hacer. Dejó de luchar una batalla que desde años atrás ya se encontraba perdida. Todo lo que consiguió fue refugiarse en la oscuridad hasta que ya no sintió más dolor.
Tuvo que morir para por fin ser libre; pero jamás se imaginó que no sería la vida, sino la muerte quién le daría otra oportunidad.

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⏰ Dernière mise à jour : Dec 20, 2022 ⏰

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