Prólogo

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Hamilton, Toronto
Canadá

Hace 12 años

Observaba el exterior a través de la ventana del coche. Y veía el paisaje en movimiento.

Suspiré por la admiración del cálido color anaranjado de aquellas bellas hojas, que caían de los árboles a causa del viento.

Ignoraba el tan helado viento otoñal, solo observaba las hojas. Mamá estacionó en la acera, en frente de una casa grande, blanca y con dos pisos.

Y, como si fuera lo último que hiciera en mi vida, salí rápidamente del coche.

Admiré mi alrededor lleno de calma, con una espléndida sonrisa asomándose en mi pequeño rostro. Una vez que bajé, dejé que el viento helado me diera en la cara.

Mis mejillas estaban rojas al igual que la punta de mi nariz.

–Ve a pasear por ahí, Hannah– escuché que decía mi mamá con ternura y volteé la cabeza en dirección a ella para mirarla–. No te alejes demasiado.

Asentí, afirmando a las indicaciones de mi madre. Corrí hacia un montón de hojas tiradas en el suelo, ensuciándome la ropa por la tierra acumulada.

Me limpié rápidamente y troté hacia lo primero que ví; un bosque pequeño, lleno de arbustos con rosas marchitas.

Entré y miré mi alrededor; vacío. Exhalé todo el aire de mis pulmones por trotar y me senté contra un arbusto, mirando las hojas anaranjadas. Escuché un pequeño tarareo en voz baja y desvié la cabeza al lugar donde provenía el sonido, asustándome un poco.

Ví a un niño, se veía de mi edad. Tenía auriculares negros dibujados con calaveras, vestía de negro, tenía el cabello anaranjado y un pequeño arete en una de sus orejas.

Curiosa, me acerqué y apoyé un dedo en su hombro, ví que daba un respingo del susto y la comisura de mi boca se extendió en una sonrisa. Luego, ladeé la cabeza al ver que me miraba, de arriba a abajo, y tragué saliva ya que lo veía con el ceño ligeramente fruncido.

–¿Te asusté mucho?– pregunté, con las manos temblorosas.

Él, al ver eso, dejó de fruncir el ceño y sonrió leve pero no notorio. Luego, bajó sus auriculares para escucharme mejor.

–No, en lo absoluto– dijo, con una sonrisa juguetona.

Hice una mueca curiosa y me encogí los hombros, luego, tomé una hoja anaranjada y acaricié su torso.

–No me parece gracioso. Pensé que te asusté mucho.

–Estoy bien, no debes preocuparte–lo escuché murmurar, sentía que me miraba fijamente, eso me ponía nerviosa, pero en buen sentido–. ¿Cuál es tu nombre?

–Hannah.

–¿Como Hannah Montana?

Mi cara se convirtió en un tomate por el comentario, muchos me preguntaban eso.

–Sí, o no sé.

Levanté la mirada, observando que me veía fijamente.

–¿Tú? ¿Cómo te llamas?

–Mmm... Gavrel.

–Qué nombre tan raro.

–Agradezco el halago, Khanna–me dice, divertido.

–¿Khanna?–pregunté, confundida.

–Así se dice tu nombre en Rusia, o...–ladea la cabeza, su sonrisa se ensancha más al ver mi cara–te quedaría mejor "cara de tomate".

Escuché que reía a carcajadas y, como una tonta, me tomé las mejillas. –¡No es gracioso! ¡Hace frío!

Pero ví que su risa aumentaba, así que me rendí.

***

Después de un rato de juegos, burlas y risas, Gavrel me acompañó a casa. Nos despedimos estrechando nuestra mano y lo ví irse.

Me quedé contemplando a que llegara a su casa, que estaba justo al lado de la mía.

Antes de que Gavrel entrara a su casa, mamá me llamó, diciendo que el almuerzo estaba listo.

Le sonreí por última vez y él hizo lo mismo.

Mis mejillas se sonrojaron más de lo que ya estaban por su sonrisa ladeada y coqueta.

Luego me guiñó el ojo y cerró la puerta.

Me llevé una mano al corazón sonriendo de oreja a oreja y con la cara completamente roja, y entré.

Mi mamá tuvo que soportarme hablar de él todo el almuerzo. Suspiró profundamente al ver que acababa y me iba a la habitación.

Miré a mi ventana, él estaba en el marco de su ventana sonriendo y viéndome.

Creo que podría acostumbrarme a esto.

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⏰ Última actualización: Nov 29, 2022 ⏰

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