En mi jardín hay dos flores. No son las únicas que hay, pero sí las únicas que merecen especial atención. Una es hermosa, pintada con los colores del sol y del amanecer, grácil y elegante, pero que no brilla ni un ápice. La otra es fea, luce desgarbada y casi marchita, salpicada de morados y negros, empero por las noches brilla tanto como un aurora boreal. La soleada emite un olor repugnante, mientras que la horrenda huele como un paraíso. La pestilente tiene espinas y es de contextura recia. La aromática se siente aterciopelada y amable al tacto.
No puedo responder a preguntas como de dónde salieron, cómo, cuándo o por qué las planté. No tengo respuesta para ellas. Un día no estaban y al día siguiente aparecieron. Han tomado un rincón bastante particular justo encima de un pequeño montículo en el que sólo había hierba y un par de piedras. Algo que se puede apreciar bastante bien es que, aunque están al lado la una de la otra, son extremadamente diferentes, pero parecen complementarse a la perfección. Mientras que la flor más bonita emerge de un punto en el que la hierba se ha secado y la tierra se ha tornado polvo, la otra se nutre de un terreno más verde que nunca y tan rico en nutrientes que otras pequeñas flores y hasta hongos han empezado a crecer en sus faldas. También hay pequeños animales que han hecho de ese rinconcito su hogar.
Nunca he logrado entenderlas. Resulta obvio que han aparecido en mi jardín por alguna razón, pero desconozco cuál es o soy incapaz de averiguarla. Le he dado muchas vueltas a la cabeza desde que aparecieron. No ha resultado sencillo mantener unas teorías y descartar otras, ya que no tengo ni idea de cuáles son acertadas y cuáles una mamarrachada. Lo primero que pensé fue que había sido una broma de mal gusto por parte de algún impresentable. Después creí que sencillamente había sucedido, puesto que el propio terreno que cobija sus raíces ha cambiado con su aparición. Más tarde, en un arranque de locura, llegué a creer que las flores me habían elegido a mí para crecer conmigo. Ahora, finalmente, como no he conseguido presenciar consecuencias significativas de su presencia más allá de la misma, me limito a apreciar el fenómeno y a disfrutarlo cada día de mi vida. Sé, en el fondo, que si un día desaparecen o se marchitan me va a inundar la tristeza. ¿Cuántas veces habrá sucedido esto en el mundo? Me considero afortunado. Sí,también he considerado la posibilidad de que se esté gestando un monstruo bajo mi jardín, pero he preferido dejar ese pensamiento aparcado por mi propia salud mental. Eso me convertiría, de algún modo, en padre de una bestia, y no es alentador. Lo querría igual, de eso estoy seguro, pero sigue siendo desalentador.
Anoche observé algo por primera vez. La flor menos agraciada se había erguido significativamente. Siempre parecía estar encorvada, como si cargara con un gran peso encima. Su figura se había estilizado notoriamente y hasta sus hojas habían pasado de estar llorando a curvarse con elegancia hacia arriba. La otra flor, aunque no había perdido facultades, también se había movido. Ahora estaba algo más decaída, y sus colores parecían haberse aguado en la penumbra. Después, durante un instante, tuve la sensación de que la flor más oscura se movía delante de mis ojos. Parpadeé varias veces. El movimiento había cesado o nunca había existido. Me froté los ojos con los dedos y alcé la mirada al cielo. Era increíble observar el manto azul oscuro que se llenaba de incontables puntitos de luz. Anoche, sin embargo, no fue algo bello lo que vi. Fue un avión que, incluso desde tierra, claramente estaba cayendo envuelto en una luz anaranjada que dejaba una estela a su paso.
Mi sonrisa se borró de golpe cuando por fin lo entendí. En un momento dado pude apreciar una pequeña explosión en el avión que desencadenó en un fogonazo de luz importante. Bajé la mirada rápidamente hacia las flores y la negra, tal y como había sospechado, se había puesto a bailar. Bailar. Estaba bailando. Sus hojas se movían con gracia, como los brazos de una bailarina profesional, y su tronco iba y venía con la misma sutileza inocente. Y mientras la negra bailaba, sus colores se iban volviendo más y más claros y llamativos. Por el contrario, la flor más bella, se iba encorvando cada vez más y sus colores se iban apagando como si hubiera sido encerrada en la mazmorra del tiempo y éste hubiera hecho su trabajo.
Ahora ya entiendo por qué cada vez que algo malo me sucedía la flor menos agraciada se volvía más y más fea, y la más hermosa, más hermosa. Soy incapaz de recordar cuál flor ha sido la hermosa y cuál la fea, o si es que se han turnado más veces. Creo que el aroma de ambas me está confundiendo. Estoy mareado desde ayer. Las flores han cambiado, y ahora lucen igual que antes, pero plantadas en el lugar de la otra. Me he despertado asustado. Ayer tenía arrugas en la cara, pero mucha energía. Hoy tengo la piel de un bebé, pero apenas he podido levantarme de la cama.
Tengo miedo. Pero no las voy a arrancar. Ahora son parte de mí, y yo soy parte de ellas.
